Los multimillonarios se quitan la máscara y presumen de su xenofobia

Jim Ratcliffe, acusó recientemente a los migrantes de haber “colonizado” Gran Bretaña, Elon Musk respalda abiertamente a fuerzas antiinmigración en Europa mientras promueve, desde su plataforma X, voces que denuncian la “decadencia civilizatoria”

16 de Febrero de 2026
Actualizado el 17 de febrero
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Trump multimillonarios hambre
Donald Trump ríe junto a los hombres más ricos del mundo en una cena privada en la Casa Blanca | Foto: The White House

Según publicó el Financial Times, un banquero les confesó tras la victoria de Trump “me siento liberado. Ya podemos decir ‘retrasado’ y ‘cobarde’ sin miedo a que nos cancelen… es un nuevo amanecer”. La frase carece de la elegancia cínica de aquel “la avaricia es buena”, pero resume con brutal claridad el espíritu de época que atraviesa a las élites económicas y mediáticas occidentales.

Lo que algunos denominaron “cambio de ambiente” no fue una mera alternancia política. Fue la normalización de una retórica de desprecio, dirigida contra mujeres, migrantes y minorías, pronunciada sin eufemismos por quienes concentran riqueza y poder. Si antes esos discursos circulaban en privado (como demuestran los archivos vinculados al caso Epstein) hoy buscan deliberadamente la luz pública.

La victoria de Trump no creó ese lenguaje. Pero sí lo desinhibió, otorgándole una legitimidad política que lo proyecta más allá de los márgenes.

Multimillonarios y xenofobia

El multimillonario residente en Mónaco, Jim Ratcliffe, acusó recientemente a los migrantes de haber “colonizado” Gran Bretaña. La afirmación era estadísticamente errónea, pero políticamente reveladora. Durante años, se sostuvo que el sentimiento antiinmigrante era consecuencia de la precariedad económica. La tesis fue invocada para explicar la victoria de Trump en 2016 y el referéndum del Brexit.

Sin embargo, los datos contradicen esa narrativa simplista. Encuestas recientes muestran que los sectores más acomodados figuran entre los más preocupados por la inmigración. La hostilidad no responde necesariamente al miedo material, sino a la percepción de pérdida de estatus simbólico en sociedades crecientemente diversas.

El caso de Elon Musk resulta paradigmático. El hombre más rico del mundo respalda abiertamente a fuerzas antiinmigración en Europa mientras promueve, desde su plataforma X, voces que denuncian la “decadencia civilizatoria”. No se trata de desposesión económica, sino de una batalla por la hegemonía cultural.

Retorno de un racismo desacomplejado

En el Reino Unido, el fenómeno adquiere contornos inquietantes. Según datos policiales, se registraron 116.000 delitos de odio en Inglaterra y Gales (sin contar Londres) hasta marzo de 2025, con un incremento respecto al año anterior y una quinta parte vinculada a violencia directa.

El ministro de Sanidad, Wes Streeting, advirtió que se estaba volviendo “socialmente aceptable ser racista”, tras múltiples episodios de abuso contra personal del NHS. El diagnóstico coincide con el del analista Sunder Katwala, director del think tank British Future, quien habla abiertamente de un retroceso en materia de racismo.

El desplazamiento de los límites del discurso es palpable. Se debatió públicamente si es exprimer ministro Rishi Sunak es “inglés”. El exministro Robert Jenrick lamenta no ver “otra cara blanca” en barrios de Birmingham. La ex primera ministra Liz Truss dialoga en espacios digitales con figuras que cuestionan la plena ciudadanía de británicos de minorías étnicas, además de participar en el aquelarre ultraderechista de la CPAC.

Lo que hace dos generaciones habría sido políticamente tóxico, hoy se discute en prime time.

Radicalización permanente

La mutación del discurso no puede comprenderse sin analizar la infraestructura digital que lo amplifica. La extrema derecha opera en una economía de la atención donde la provocación es moneda de cambio. Para captar audiencia, el mensaje debe ser cada vez más extremo. Se produce así un efecto de trinquete: lo impactante de ayer se vuelve insuficiente hoy.

El supremacista estadounidense Nick Fuentes ejemplifica esta lógica. Tras agotar el rendimiento de la negación del Holocausto, redobló la apuesta con llamamientos explícitos a enviar a las mujeres a “gulags de reproducción”. Sus palabras circularon en la plataforma Rumble y fueron previamente legitimadas por entrevistas en el programa de Tucker Carlson.

La frontera entre marginalidad y mainstream se difumina. Musk, desde X, promueve voces radicales británicas como el entorno de Tommy Robinson, desplazando incluso a figuras consideradas duras como Nigel Farage hacia la categoría de “moderadas”.

El medio condiciona el mensaje: algoritmos que premian la indignación, plataformas que reducen la moderación y audiencias que demandan espectáculo ideológico.

Pandemia, conspiración y resentimiento

A esta dinámica se suma el impacto de la pandemia. El confinamiento y la hiperconectividad favorecieron la radicalización de minorías intensamente digitalizadas. El discurso antivacunas funcionó como puerta de entrada a teorías conspirativas más amplias, muchas de ellas con trasfondo xenófobo o antisemita.

El reciente aumento de incidentes antisemitas en el Reino Unido, con picos tras ataques violentos contra sinagogas en Manchester, confirma que la retórica no queda confinada al espacio virtual. Se traduce en agresión concreta.

Inmunidad liberal

Existe, sin embargo, un riesgo adicional: la complacencia. Los datos también muestran que la mayoría de la población británica mantiene actitudes tolerantes. Esa mayoría silenciosa alimentó la creencia de que el racismo pertenecía al pasado, que era una reliquia superada.

Pero los prejuicios no desaparecen; se repliegan y esperan condiciones favorables. Y cuando voces poderosas, desde magnates hasta influencers, los legitiman, resurgen con rapidez.

Geopolítica del resentimiento

Lo que está sucediendo en la actualidad no es únicamente una crisis cultural o ideológica. Es parte de una reconfiguración geopolítica del discurso occidental, donde la polarización interna debilita la cohesión democrática. La convergencia entre élites económicas desinhibidas, plataformas digitales desreguladas y actores políticos populistas configura un nuevo equilibrio.

El lenguaje importa. Cuando el 0,01% más rico proclama sentirse “liberado” para insultar sin consecuencias, no estamos ante una anécdota. Estamos ante un desplazamiento normativo: la erosión deliberada de los límites que sostienen la convivencia plural.

Las democracias liberales no se derrumban únicamente por golpes de Estado. También pueden degradarse lentamente, cuando el desprecio se convierte en espectáculo y el racismo en opinión respetable.

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