Moreno Bonilla retiene el poder y pierde la autonomía

El PP gana las elecciones andaluzas pero queda obligado a negociar con Vox. Fin al relato de una derecha moderada capaz de gobernar sola

17 de Mayo de 2026
Actualizado el 18 de mayo
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Moreno retiene el poder y pierde la autonomía

Juanma Moreno ha ganado Andalucía, pero ha perdido una cosa que tal vez valía casi tanto como la victoria, la posibilidad de gobernar sin explicar cada día su relación con Vox.

Esa es la novedad profunda del resultado. El PP sigue siendo la primera fuerza, conserva la Junta y confirma que Andalucía ha dejado de ser aquel territorio sentimentalmente inexpugnable para la izquierda. Pero la victoria ya no tiene la limpieza política de una mayoría absoluta. Ahora depende de otros. Y esos otros no son un socio cualquiera.

Son Vox.

Durante ya más de 7 años, Moreno Bonilla construyó su poder sobre una ficción eficaz, la de una derecha tranquila, administrativa, casi desideologizada, capaz de gobernar con apariencia de centro mientras desplazaba lentamente el modelo andaluz hacia posiciones cada vez más conservadoras. Rebajas fiscales, deterioro sanitario, más espacio para lo privado, menos ambición redistributiva. Todo ello sin grandes aspavientos, sin gritos, sin excesos retóricos.

Su éxito consistía precisamente en eso. En hacer política de derechas sin parecer demasiado de derechas. Pero la aritmética ha terminado donde terminan muchas ficciones políticas. En la necesidad.

Y cuando el PP necesita a Vox, Vox deja de ser un elemento externo al sistema y pasa a convertirse en una pieza del gobierno posible. No importa si entra formalmente en el Ejecutivo o si condiciona desde fuera. El resultado práctico será el mismo: cada presupuesto, cada ley y cada reforma tendrán que atravesar el peaje ideológico de la extrema derecha.

Moreno podrá hablar de estabilidad, pero esa estabilidad tendrá precio.

La experiencia de otros territorios ya ha mostrado cuál suele ser ese precio. Allí donde el PP ha necesitado a Vox, la negociación no se ha limitado a consejerías, cargos o presupuestos. Ha afectado también al lenguaje público, a la igualdad, a la memoria democrática, a la inmigración, al clima, a la cultura y a la propia idea de derechos colectivos.

La extrema derecha no entra en las instituciones sólo para gestionar. Entra para cambiar el marco.

Y ese es el verdadero problema para Moreno. Hasta ahora podía presentarse como una barrera frente a Vox. A partir de ahora tendrá que presentarse como alguien capaz de domesticarlo. Es una posición mucho más débil.

Porque Vox no necesita ganar Andalucía para influir en Andalucía. Le basta con ser imprescindible.

La mayoría absoluta permitía al PP exhibir una derecha autosuficiente. Una derecha que podía pedir votos útiles para evitar pactos incómodos. Una derecha que miraba a Vox por encima del hombro, como quien acepta su existencia pero no depende de ella. Ese tiempo se ha terminado.

Ahora Moreno Bonilla entra en el mismo territorio político que otros dirigentes populares, el territorio de la dependencia. Y esa dependencia tendrá consecuencias.

Las tendrá para la sanidad pública, porque Vox no va a presionar para reforzar lo común, sino para seguir profundizando en la lógica de menos Estado y más privatización. Las tendrá para las políticas de igualdad, porque la extrema derecha lleva años intentando desmontar consensos básicos sobre violencia machista y derechos de las mujeres. Las tendrá para la memoria democrática, porque Vox no oculta su hostilidad hacia cualquier política pública que incomode el relato blanqueado del franquismo. Las tendrá para la inmigración, porque ese será probablemente uno de los grandes campos de presión ideológica.

La pregunta ya no es si Moreno pactará con Vox. La pregunta es cuánto está dispuesto a ceder para seguir gobernando.

El PP intentará vender la negociación como responsabilidad institucional. Dirá que Andalucía ha votado cambio, estabilidad o continuidad. Dirá que no hay alternativa. Dirá que hablará con todos. Pero el fondo será mucho más simple. La derecha sólo conserva el poder si acepta incorporar a la extrema derecha al perímetro real de decisión.

Ese es el límite de la moderación andaluza.

Y también una advertencia para Feijóo. Andalucía era el escaparate más cómodo del PP. El lugar donde podía decir que su partido ganaba solo, frenaba a Vox y gobernaba sin sobresaltos. Si incluso allí la mayoría se vuelve insuficiente, el relato nacional cambia. Ya no se trata de elegir entre PP o Vox, sino de asumir que votar al PP puede acabar significando abrir la puerta a Vox.

Moreno ha ganado, sí. Pero su victoria confirma precisamente aquello que el PP intenta negar en Madrid, que la frontera entre ambas derechas es mucho más porosa de lo que conviene admitir.

La oposición, por su parte, sale derrotada pero no sin argumentos. Durante la campaña advirtió del riesgo de que Andalucía entrara en el ciclo de pactos que ya condiciona otros gobiernos autonómicos. Ahora ese riesgo deja de ser hipótesis. Se convierte en legislatura.

El problema es que no basta con tener razón después. La izquierda andaluza no logró transformar el malestar sanitario, social y económico en una alternativa suficiente. No consiguió convertir las listas de espera, la precariedad, el encarecimiento de la vivienda o el deterioro de los servicios públicos en una mayoría política. Esa incapacidad pesa tanto como la victoria del PP.

Pero el resultado también abre una nueva fase.

Porque a partir de ahora Moreno ya no podrá esconderse detrás de la imagen del gestor amable. Cada cesión a Vox tendrá dueño. Cada retroceso tendrá firma. Cada silencio ante la extrema derecha será también una decisión política.

Esa será la gran diferencia con la legislatura anterior.

Antes, Moreno podía administrar sus contradicciones con comodidad. Ahora tendrá que gobernar dentro de ellas.

Andalucía no ha expulsado al PP del poder, pero le ha quitado la coartada más valiosa que tenía,  la de una derecha que no necesitaba a la extrema derecha para mandar.

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