Las grandes tragedias no solo quiebran vidas y comunidades; también alteran el clima emocional de una sociedad entera. El accidente ferroviario de Adamuz ha actuado como un detonante psicológico colectivo que va mucho más allá de la investigación técnica o de la depuración de responsabilidades. En el vacío de certidumbre que sigue al trauma, la extrema derecha ha encontrado un terreno fértil para desplegar una estrategia política basada en el miedo, con resultados visibles y preocupantes.
El tren, hasta ahora percibido como un espacio de rutina segura y normalidad cotidiana, pasó en cuestión de horas a convertirse en un símbolo de amenaza. Ese cambio no se produjo únicamente por la magnitud de la tragedia, sino por la rapidez con la que determinados discursos lograron transformar una excepción dramática en una sospecha generalizada. Antes de que los técnicos pudieran explicar qué ocurrió, antes incluso de que concluyeran las labores de rescate, el relato del colapso ya circulaba con fuerza en redes sociales y canales afines a la extrema derecha.
Desde el punto de vista psicológico, el mecanismo es bien conocido. Tras un shock colectivo, el cerebro humano prioriza la autoprotección frente al análisis. La necesidad de certezas inmediatas sustituye a la paciencia, y la emoción se impone al dato. En ese contexto, los bulos no necesitan ser verosímiles; basta con que sean coherentes con el miedo. No hay más que escuchar a la portavoz de Vox en el Congreso, Pepa Millán, cuando afirmó que en España viajar en tren no era seguro. La idea de una red ferroviaria insegura, de riesgos ocultos y de un Estado incapaz o mentiroso encajó con una predisposición social ya fatigada por años de crisis encadenadas.
El éxito de ese discurso se ha materializado en comportamientos concretos. Las cancelaciones de billetes y los vagones circulando semivacíos no responden a nuevas evidencias técnicas, sino a una percepción de peligro inducida. Se trata de un fenómeno sociológico clásico: cuando el miedo se comparte, se legitima. Ver a otros renunciar al tren refuerza la idea de que la amenaza es real, aunque no existan datos que la respalden. El miedo se convierte así en una profecía que se cumple a sí misma.
La extrema derecha no compite en el terreno del rigor, sino en el de la emoción. No busca explicar, sino instalar una sensación permanente de inseguridad. El accidente de Adamuz se convierte, en su relato, en la prueba definitiva de un sistema fallido, aunque la estadística siga mostrando que el ferrocarril es uno de los medios de transporte más seguros. En esa lógica, los expertos pasan a ser sospechosos, la prudencia técnica se interpreta como ocultación y cualquier mensaje institucional es leído como propaganda.
Este episodio revela también una crisis más profunda de confianza. Una parte de la ciudadanía está psicológicamente predispuesta a creer que todo funciona mal, que nadie dice la verdad y que las instituciones han perdido el control. La extrema derecha no ha creado ese estado de ánimo, pero lo ha explotado con precisión. Ofrece una narrativa simple, emocionalmente satisfactoria y políticamente rentable: hay caos, hay culpables y hay una élite que miente.
El resultado no es solo un problema de transporte o de comunicación pública. Es un síntoma de fragilidad democrática. Cuando el miedo sustituye al análisis y la percepción sustituye al dato, la sociedad se vuelve más vulnerable a discursos autoritarios. El tren vacío no es solo un vagón sin pasajeros; es una señal de hasta qué punto el miedo puede reorganizar comportamientos colectivos sin necesidad de nuevas realidades objetivas.