Más de dos horas al día en redes: un hábito mayoritario que empieza a pasar factura

Más de un tercio de los adultos pasa más de dos horas al día en redes sociales, es un modelo de consumo que empieza a dejar rastro en la salud y en la vida pública

10 de Febrero de 2026
Actualizado a las 11:15h
Guardar
Más de dos horas al día en redes: un hábito mayoritario que empieza a pasar factura

Las redes sociales ya no ocupan ratos muertos: ocupan tiempo central. Según los últimos datos de la Sociedad Española de Neurología, más del 35% de la población adulta en España pasa más de dos horas diarias conectada a estas plataformas. Y más del 70% supera con holgura lo que los especialistas consideran un uso razonable. No es una moda, es una rutina.

El dato no sorprende, pero sí inquieta cuando se ordena. Solo tres de cada diez personas limitan su uso diario a menos de media hora. El resto se mueve en franjas que van de la hora larga al consumo intensivo: un 8% reconoce pasar entre cuatro y seis horas al día, y otro 3,5% supera ese umbral. Más tiempo que muchas jornadas laborales parciales, más tiempo que el dedicado a leer, a hacer ejercicio o, sencillamente, a no hacer nada.

La neurología no habla aquí de moral ni de nostalgia analógica. Habla de efectos medibles. A partir de las dos horas diarias, el uso de redes se considera abuso, con impactos claros en la ansiedad, el sueño, la atención y la capacidad de concentración. No es una alarma genérica: es una constatación clínica. El cerebro no distingue entre ocio inocuo y estimulación constante cuando esta se vuelve permanente.

La brecha generacional (y de género)

El consumo no es homogéneo. Las mujeres utilizan más las redes que los hombres y lo hacen durante más tiempo. Casi cuatro de cada diez superan las dos horas diarias. Entre los jóvenes de 18 a 34 años, el dato es aún más contundente: el 63% pasa más de dos horas al día conectado, y uno de cada diez supera las seis. En el otro extremo, la población mayor apenas se asoma o lo hace de forma contenida.

La diferencia no es solo cultural, es estructural. Las plataformas han colonizado los espacios de socialización juvenil y buena parte de la conversación pública. No se entra solo a mirar: se entra a existir, a no quedar fuera, a no perder el hilo. El resultado es un uso prolongado que no siempre se percibe como tal.

Hay un elemento clave que distingue a las redes del resto de pantallas. No es solo el tiempo, es la lógica de recompensa inmediata. La televisión puede ocupar horas, pero no exige interacción constante ni responde a estímulos personalizados. Las redes sí. Están diseñadas para retener, no para acompañar. Para fragmentar la atención, no para sostenerla.

En el caso de los menores, el problema es aún más delicado. Los especialistas advierten de alteraciones en el neurodesarrollo, en las áreas vinculadas a la motivación, los afectos y el sistema de recompensa. No se trata de demonizar la tecnología, sino de reconocer que la exposición temprana y prolongada tiene costes que empiezan a reflejarse en el aumento de la ansiedad, la depresión y las conductas autolesivas.

España aparece de forma recurrente en los estudios europeos como uno de los países donde niños y adolescentes pasan más tiempo en redes sociales. Cuatro horas diarias de media en edades escolares no es un exceso puntual: es una pauta. Y las pautas, cuando se normalizan, dejan de percibirse como problema incluso cuando lo son.

La recomendación médica es moderación: menos de dos horas diarias de ocio digital, alternadas con actividades no mediadas por pantallas. Suena simple, casi obvio. Pero choca frontalmente con un modelo económico que vive del tiempo capturado, no del tiempo bien empleado.

No estamos ante una cuestión individual de fuerza de voluntad. Estamos ante un ecosistema que compite por atención con una eficacia inédita. El debate ya no es si usamos demasiado las redes, sino qué tipo de vida queda fuera mientras las usamos.

Lo + leído