Hay aprendizajes que no se olvidan porque no se aprenden en los libros, sino en el temblor de una conversación, en la incomodidad de no saber qué decir, en el desconcierto de descubrir que el otro no está ahí para obedecer; por eso inquieta comprobar que una parte de los adolescentes ha empezado a sustituir ese territorio incierto por una compañía que no exige nada, no discute nunca y, sobre todo, no existe.
Se diría que cada época encuentra su forma particular de evitar el esfuerzo de convivir con los demás, y la nuestra, tan sofisticada en apariencia, ha decidido perfeccionar la huida hasta convertirla en una experiencia casi elegante, donde el vínculo se programa, se ajusta y se apaga con la misma facilidad con la que se cierra una aplicación.
Las llamadas novias de inteligencia artificial no representan una revolución sentimental, sino una simplificación extrema de lo que significa relacionarse, una versión pulida de una aspiración antigua que consiste en eliminar del otro todo aquello que incomoda, empezando por su voluntad. No hay rechazo, no hay discrepancia, no hay ese pequeño sobresalto que recuerda que delante hay alguien con vida propia, y en esa ausencia se instala una calma que no es armonía, sino vacío.
Lo verdaderamente revelador no es que existan estas tecnologías, sino que encuentren en algunos adolescentes una aceptación tan natural, casi entusiasta, como si la idea de un vínculo sin resistencia respondiera a una expectativa ya instalada. Porque cuando alguien declara que prefiere una relación donde puede controlar la conversación, no está describiendo una herramienta, está dibujando un modelo de relación.
Ese modelo, tan cómodo como inquietante, no se queda en el terreno de lo virtual. Se aprende, se interioriza, se convierte en una forma de mirar al otro. Y cuando llegue el momento, porque llega siempre, de enfrentarse a una persona real, con su autonomía intacta y su capacidad de decir no, esa expectativa de control puede transformarse en frustración, en incomprensión, en esa irritación sorda que nace cuando el mundo no se ajusta a lo que uno cree merecer.
Amar, en su sentido más elemental, consiste en aceptar que el otro no está bajo nuestro dominio, que puede contradecir, exigir, desaparecer incluso, y que precisamente en esa incertidumbre se construye el vínculo. Sustituir ese aprendizaje por una simulación donde todo está garantizado no solo empobrece la experiencia, sino que la deforma.
Hay en esta tendencia algo que remite a esquemas demasiado conocidos, aunque ahora aparezcan envueltos en una estética futurista. La figura que se proyecta en estas relaciones no discute, no interpela, no introduce conflicto, y esa ausencia no es neutra. Es una forma de relación donde el equilibrio desaparece antes siquiera de plantearse.
La tecnología, en este caso, no impone nada, simplemente ofrece lo que se le pide, y lo que se le está pidiendo con una naturalidad inquietante es una compañía sin voluntad, una presencia que acompaña pero no condiciona, que escucha pero no cuestiona. Ese tipo de vínculo no prepara para la convivencia, sino para el dominio o, en el mejor de los casos, para una soledad cómoda.
Se podría pensar que se trata de una fase pasajera, de un juego adolescente sin mayores consecuencias, pero los aprendizajes afectivos rara vez son inocentes. Se acumulan, sedimentan, construyen expectativas. Y cuando esas expectativas se trasladan a la vida real, el desencuentro no es solo probable, sino inevitable.
Porque la realidad, por fortuna, no funciona como una inteligencia artificial. Las personas llegan tarde, se equivocan, discuten, cambian de opinión y, en ocasiones, se van. Todo eso forma parte del mismo proceso que permite reconocer al otro como un igual y no como una extensión de uno mismo.
Renunciar a ese aprendizaje no es una simple comodidad, es una forma de empobrecer la experiencia humana, de reducirla a un simulacro donde nada duele, pero tampoco nada transforma. Y en esa aparente perfección se esconde, quizá, la más antigua de las carencias.