Garzón recuerda que Irán financia comandos terroristas en suelo europeo

Durante su etapa en la Audiencia Nacional, el magistrado tuvo acceso a investigaciones sobre tramas de financiación chiíes

02 de Marzo de 2026
Actualizado a las 14:02h
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Una operación contra el terrorismo islámico en España
Una operación contra el terrorismo islámico en España

En sus tiempos como juez de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón tuvo información privilegiada y de primera mano sobre terrorismo islámico en nuestro país. Hoy, cuando Irán es atacado por Estados Unidos e Israel, el magistrado recuerda en TVE 1 que queda abierta la posibilidad de que esas unidades financiadas por Teherán puedan ser activadas en cualquier momento, sobre todo teniendo en cuenta que España forma parte de la UE, un organismo que ha mantenido una posición tibia contra los ataques injustificados ordenados por Trump y Netanyahu, y que dispone de bases norteamericanas en Rota y Morón, desde donde se lanzan los ataques aéreos contra el régimen de los ayatolás.

Cuando el periodista Javier Ruiz le pregunta si hay comandos terroristas en suelo español, Garzón es claro. “Es probable porque ya históricamente la hubo. La ventaja de cumplir años es tener experiencia. En los noventa ya hubo acciones terroristas de Irán que afectaron a España. ¿Qué va a impedir, si Al Qaeda ya lo hizo, que el sector chií pueda atacar intereses norteamericanos, israelíes y de aquellos países que presten apoyo a la operación? ¿Tendrán capacidad para ello? De hecho, Irán sí demuestra tener respuesta militar sostenida, al menos provisionalmente”. Garzón recuerda que el grupo terrorista Estado islámico (ISIS) nació tras la “erradicación de Sadam Husein”. “Fue entonces cuando sus guardias fundaron el ISIS. No es pura teoría rocambolesca. La situación es muy delicada, sumamente delicada, y si esto no se reconduce, puede tener implicaciones de seguridad en todo el mundo”.

El estallido de una guerra abierta entre Estados Unidos e Israel contra Irán ha reactivado en Europa un debate que aparece cíclicamente cada vez que Oriente Medio entra en una fase de máxima tensión: la posibilidad de que Teherán cuente con redes clandestinas, células durmientes o estructuras de apoyo logístico en territorio europeo capaces de actuar como instrumentos de presión o represalia. Aunque no existen pruebas públicas que confirmen la presencia de “comandos” operativos en España o en otros países de la Unión Europea, la preocupación no surge de la nada. Se alimenta de antecedentes históricos, de la complejidad de las redes de influencia iraníes y de la vulnerabilidad inherente de sociedades abiertas ante actores que combinan diplomacia, inteligencia y guerra híbrida.

En el siglo XXI, los conflictos entre Estados no se limitan a los frentes militares tradicionales. La guerra híbrida (una combinación de ciberataques, sabotajes, operaciones encubiertas, presión económica y campañas de desinformación) se ha convertido en una herramienta habitual para potencias que buscan influir sin desencadenar una escalada directa. Irán, sometido durante décadas a sanciones y presiones externas, ha desarrollado capacidades en este terreno, apoyándose en redes de aliados regionales y en estructuras que operan más allá de sus fronteras.

En este contexto, la idea de que Teherán pueda activar células o redes en Europa tras un ataque militar no es una afirmación factual, sino un escenario hipotético que algunos servicios de inteligencia europeos han contemplado en informes y evaluaciones de riesgo. La pregunta no es si Irán tiene comandos esperando órdenes, sino cómo podría reaccionar un Estado con capacidad para operar de forma asimétrica en un continente que alberga intereses estadounidenses, israelíes y aliados.

Europa no es un actor neutral en el conflicto. La presencia de bases estadounidenses, la cooperación con Israel en materia de seguridad y la participación en sanciones contra Irán convierten al continente en un espacio donde las tensiones globales se proyectan. España, con infraestructuras estratégicas como Rota y Morón, forma parte de esta ecuación.

Esto no significa que España sea un objetivo directo ni que existan comandos esperando actuar. Significa que, en un escenario de guerra, los países europeos deben evaluar su exposición a riesgos indirectos, desde ciberataques contra infraestructuras críticas hasta intentos de influir en la opinión pública mediante campañas de desinformación.

Irán mantiene relaciones con organizaciones y comunidades en distintos países europeos, algunas de carácter religioso, otras culturales o diplomáticas. Ha financiado a Hamás, la guerrilla palestina, y también a Hezbolá. Estos grupos han sido investigados en Alemania, Francia o los Países Bajos por actividades financieras o logísticas. Estas investigaciones no han demostrado la existencia de comandos operativos, pero sí han puesto de manifiesto que la presencia de redes afines a Teherán es un fenómeno complejo, que mezcla diáspora, actividad política, espionaje y, en algunos casos, estructuras de apoyo indirecto.

Para algunos analistas, estas redes podrían convertirse en un vector de presión en caso de escalada bélica. Para otros, se trata de estructuras defensivas o de influencia política sin capacidad operativa real. La falta de transparencia en torno a las actividades de inteligencia (tanto iraníes como europeas) alimenta la incertidumbre.

España no ha sido históricamente un objetivo prioritario de Irán ni de sus aliados regionales. Sin embargo, su pertenencia a la OTAN, su cooperación con Estados Unidos y su papel en misiones internacionales la sitúan dentro del marco estratégico occidental. Esto implica que, en un escenario de guerra, España debe contemplar riesgos que no existían en tiempos de paz, aunque estos no se traduzcan necesariamente en amenazas directas.

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