El Partido Popular vuelve a ganar en Castilla y León y Alfonso Fernández Mañueco mejora su resultado electoral, pero el tablero político apenas se mueve. Tras casi cuarenta años de gobiernos del mismo partido en la Junta, la comunidad repite una escena conocida. El PP gana sin mayoría y Vox conserva la llave de la gobernabilidad. La victoria que Alberto Núñez Feijóo celebra en clave nacional deja intacta una realidad incómoda. Castilla y León sigue sin conocer la alternancia política desde 1987.
Castilla y León votó continuidad. No fue una sorpresa. Tampoco lo fue el modo en que esa continuidad se construye. El Partido Popular ganó las elecciones autonómicas con 33 procuradores y algo más del 35% de los votos. Dos escaños más que en 2022. Un resultado suficiente para celebrar en Génova y para que Alfonso Fernández Mañueco aspire a renovar su mandato.
Pero el resultado también confirma lo que ya se sabía antes de abrir las urnas. El PP sigue sin poder gobernar en solitario.
Vox vuelve a quedar por debajo del veinte por ciento, lejos del salto que buscaba en la campaña, pero mantiene una posición determinante en las Cortes de Castilla y León. Sus catorce procuradores vuelven a convertir al partido de Santiago Abascal en árbitro de la legislatura. La escena se repite. Mañueco deberá volver a negociar con Vox para seguir en el poder, exactamente igual que ocurrió tras las elecciones de 2022.
Casi cuatro décadas de poder
La política autonómica de Castilla y León tiene una peculiaridad que con los años ha dejado de parecer extraordinaria. El Partido Popular gobierna la Junta desde 1987. Desde entonces el poder ha pasado por distintos presidentes, pero siempre dentro del mismo partido.
Son casi cuarenta años de gobierno ininterrumpido.
En ese tiempo el PP ha pasado de las amplias mayorías absolutas de los años noventa y principios de los dos mil a una posición más ajustada que le obliga a pactar para mantenerse en el poder. Las cifras hablan por sí solas. Hubo legislaturas con más de cuarenta procuradores populares y mayorías incontestables. Hoy el partido se mueve en torno a la treintena de escaños. La hegemonía continúa, pero el desgaste del tiempo se nota.
La continuidad prolongada tiene efectos políticos y también culturales. Las instituciones se acostumbran a un mismo color, las redes de poder se consolidan y la alternancia empieza a percibirse como una excepción improbable en lugar de como un funcionamiento normal de la democracia.
El PSOE mantiene una posición sólida, aunque insuficiente para disputar el gobierno. Los socialistas logran 30 procuradores y superan el treinta por ciento de los votos. Suben ligeramente respecto a 2022 y resisten en un escenario en el que el espacio progresista llega fragmentado y con menos actores que en elecciones anteriores. La desaparición parlamentaria de otras fuerzas de izquierda deja a los socialistas como única referencia de ese bloque en las Cortes autonómicas. Aun así, la aritmética no alcanza.
La victoria que Feijóo quería
En la dirección nacional del PP la noche electoral se interpretó rápidamente en clave estatal. Alberto Núñez Feijóo ha convertido cada cita autonómica en una pieza más de su estrategia para erosionar al Gobierno central. El relato es sencillo. El PP gana y el PSOE no gobierna. Pero el resultado de Castilla y León ofrece matices que ese relato simplifica.
El Partido Popular gana, sí, pero sigue dependiendo de Vox para gobernar. El partido de Abascal no desaparece del tablero y mantiene capacidad de presión. Y el PSOE, lejos de hundirse, conserva un suelo electoral estable.
La victoria popular existe, pero no es un vuelco político.
Feijóo dedicó buena parte de la campaña a criticar la estrategia de Vox en otros territorios y a presentar al PP como la única opción capaz de garantizar estabilidad institucional. El mensaje funcionó parcialmente. Vox no logró el crecimiento que buscaba. Pero para gobernar Castilla y León, Mañueco necesita precisamente al partido al que Feijóo señalaba como factor de bloqueo.
En la política autonómica hay, además, una cuestión que rara vez aparece en los discursos de la noche electoral. La alternancia es una forma de higiene democrática. No porque un partido deba perder necesariamente, sino porque la rotación en el poder permite revisar inercias y renovar instituciones. Castilla y León lleva casi cuarenta años gobernada por el mismo partido. En ese tiempo han cambiado gobiernos en España, en Europa y en la mayoría de las comunidades autónomas. La Junta ha seguido en las mismas manos.
El resultado de estas elecciones confirma esa continuidad. El PP vuelve a ganar, Mañueco intentará renovar su mandato y Vox volverá a tener un papel decisivo. Castilla y León mantiene el mismo equilibrio político que arrastra desde hace años. Una comunidad donde el Partido Popular sigue ganando elecciones, y donde el cambio político continúa siendo una posibilidad siempre aplazada.