Alberto Núñez Feijóo ha pedido unir el voto del centroderecha en torno al Partido Popular con un argumento tan clásico como revelador: el temor a Vox. Lo hizo en Huesca, en un mitin concebido más para ordenar el espacio ideológico propio que para disputar el del adversario. La paradoja es evidente, alerta del crecimiento de la ultraderecha mientras adapta su estrategia a ese crecimiento, en un movimiento que dibuja la evolución del PP desde la moderación prometida hacia un terreno cada vez más condicionado por su competidor.
El mensaje del “desahogo útil” no es nuevo en la política española, pero sí adquiere otra dimensión cuando quien lo pronuncia es un dirigente que llegó al liderazgo del PP prometiendo reconstruir el centro político. Dos años después, la apelación al voto útil funciona como reconocimiento implícito de que la hegemonía conservadora ya no se decide en el centro, sino en el perímetro que marca Vox.
Feijóo describió a un electorado “cabreado, frustrado y con ansiedad”, términos que no solo retratan un clima social sino también una forma de entender la movilización política basada en la emocionalidad negativa. Sin embargo, el líder popular pidió que ese enfado no se traduzca en un “puñetazo en la mesa”. La advertencia contiene una contradicción de fondo: se invoca el malestar para activar el voto y, al mismo tiempo, se teme que ese malestar se fugue hacia opciones más radicales.
La intervención incluyó ironías sobre José Luis Rodríguez Zapatero —“Bambi ha muerto”— y una simplificación del tablero electoral aragonés en dos bloques: “el desgobierno que quiere Sánchez o la presidencia de Azcón”. No es un recurso inocente. La política de bloques, que el PP criticó durante años por polarizadora, se ha convertido ahora en un instrumento habitual de su campaña.
El desplazamiento no es solo retórico. Al afirmar que el Gobierno busca “fortalecer a Vox”, Feijóo adopta una narrativa que evita una pregunta incómoda: por qué el crecimiento de la ultraderecha se produce principalmente dentro del espacio conservador. Culpar al adversario permite esquivar el debate sobre la permeabilidad ideológica entre ambos electorados.
El centro prometido que nunca llegó
Cuando Feijóo sustituyó a Pablo Casado, el PP habló de “reencuentro con la centralidad”. Hoy ese concepto apenas aparece en el vocabulario del partido. En su lugar, domina la lógica de la concentración del voto y la advertencia contra la dispersión.
La apelación al voto útil suele emerger cuando una formación percibe riesgo real de fragmentación. En ese sentido, el discurso de Huesca suena menos a liderazgo seguro que a operación de contención electoral.
Azcón como
El respaldo entusiasta al candidato aragonés, Jorge Azcón, fue presentado como la única opción capaz de garantizar estabilidad. Pero la insistencia en esa idea deja ver otra inquietud, y es que la posibilidad de que el PP necesite nuevamente a Vox para gobernar. La experiencia autonómica reciente ha demostrado que esa cooperación ya no es excepcional.
El argumento de que un buen resultado de Vox favorecería al presidente del Gobierno revela hasta qué punto el PP ha interiorizado un marco defensivo. No se trata solo de competir con la izquierda, sino de impedir que la derecha se le escape por el flanco más duro.
La estrategia del antagonismo permanente
Feijóo también cargó contra la supuesta ausencia del Ejecutivo en campaña y anticipó un “peor resultado de la historia” para los socialistas en Aragón. Son afirmaciones habituales en periodo electoral, pero su acumulación responde a una estrategia reconocible: elevar el tono para convertir la elección en un plebiscito nacional.
Ese mecanismo tiene efectos colaterales. Cuanto más se nacionaliza una contienda autonómica, más se reduce el espacio para el debate sobre políticas concretas (financiación, servicios públicos, transición energética) y más se refuerza una política de identidades enfrentadas.
Entre la moderación declarada y la práctica política
Feijóo insiste en proyectar una imagen de solvencia institucional, pero su discurso se mueve en un terreno cada vez más áspero. La dureza verbal, las simplificaciones binarias y la apelación constante al miedo electoral configuran una oposición que ha optado por la confrontación como método estructural.
No es solo una cuestión de estilo. Cuando el principal partido conservador adopta parte del marco cultural de la ultraderecha (la idea de bloqueo permanente, la sospecha sobre las instituciones, la dramatización política) contribuye a desplazar el eje del debate público.
La llamada al voto útil resume ese tránsito. Pretende ordenar el espacio conservador, pero también evidencia que el liderazgo de Feijóo se define hoy más por la gestión de sus tensiones internas que por la construcción de una alternativa nítida de gobierno.
En ese escenario, el PP aparece atrapado en una ecuación difícil: necesita diferenciarse de Vox sin alejarse demasiado de sus votantes. Y mientras intenta resolver esta situación, la política española sigue moviéndose hacia un terreno más polarizado, donde la moderación se invoca con frecuencia pero se practica cada vez menos.