Feijóo se enfrenta al juicio final de las elecciones y a la guillotina de Génova

Acorralado por el incomprensible aguante electoral de Pedro Sánchez pese al desgaste institucional del gobierno, el líder del PP afronta las urnas del 29 de noviembre sin margen de error y bajo la amenaza latente de un relevo interno muy violento

28 de Octubre de 2026
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Feijóo Ayuso Cayetana
Alberto Núñez Feijóo junto a Isabel Díaz Ayuso y Cayetana Álvarez de Toledo en la presentación de la candidatura de Madrid | Foto: Partido Popular

La sede nacional del Partido Popular, en el número 13 de la calle Génova, vive un silencio que oculta un murmullo de sables, un ruido que evoca las vísperas de las grandes purgas de la derecha española. Hay una consigna no escrita pero grabada a fuego en el código genético del PP. El partido no nació para la resistencia heroica en la oposición ni para consolarse con victorias amargas que no abran las puertas del Palacio de la Moncloa.

Alberto Núñez Feijóo lo sabe mejor que nadie. El político gallego, que abandonó su feudo de mayorías absolutas inexpugnables para devolver el poder al PP, afronta la cita electoral del próximo 29 de noviembre sumido en un juicio sumarísimo. Solo sirve un veredicto: ganar y gobernar. Cualquier otro resultado que no culmine con la investidura del líder popular equivaldrá a su sentencia de muerte política.

La cuestión que asfixia a la cúpula conservadora roza lo incomprensible para los estrategas de la sede del PP. En los papeles de la teoría política, el marco no podría resultar más idóneo para una victoria aplastante de la oposición. El Ejecutivo liderado por Pedro Sánchez acumula un desgaste institucional sin precedentes salpicado por causas judiciales de corrupción en el entorno de la Presidencia, del gobierno y del PSOE, cuestionado por la gestión de la seguridad fronteriza y de la soberanía nacional tras el ataque híbrido marroquí contra Ceuta y cercado por una marea de indicadores sociales que reflejan la destrucción de las clases medias. La tasa de paro vuelve a repuntar.

La precariedad laboral se enmascara tras la alta mortalidad de los contratos indefinidos de corta duración y la inflación acumulada ahoga las economías domésticas en un contexto de salarios estancados y pobreza relativa al alza. Sin embargo, el guion no se está cumpliendo. La diferencia en las encuestas no solo no se ensancha a favor de los populares, sino que el PSOE muestra una inquietante capacidad de resistencia y amaga con una remontada de última hora.

El enigma del resistente

Los gabinetes de análisis de la oposición no hacen más que preguntarse por qué no cae el Gobierno. La estrategia de desgaste masivo desplegada por el Partido Popular en los tribunales, los parlamentos y las plazas no ha logrado asestar el golpe de gracia a la arquitectura del sanchismo. El electorado progresista, que en otros ciclos políticos reaccionaba castigando a las siglas de izquierda mediante la abstención punitiva, ha desarrollado un mecanismo de inmunización frente a los escándalos que atenazan al Gobierno como antaño sucedía con la base de votantes de la derecha. La amenaza de la llegada del bloque conservador en alianza con la extrema derecha funciona como un aglutinador de máxima eficacia capaz de neutralizar el descontento económico y amortiguar el impacto de las acusaciones de corrupción.

Esta capacidad de aguante ha desconcertado a una dirección popular que confiaba en que la mera acumulación de sumarios judiciales y el malestar ciudadano por la pérdida de poder adquisitivo provocarían un vuelco electoral por aplastamiento. Al no producirse ese desplome del bloque gubernamental, el liderazgo de Feijóo ha empezado a transmitir síntomas de fatiga y desencanto. La imagen de prudencia y previsibilidad técnica que convirtió al expresidente de la Xunta en el referente de la estabilidad institucional se percibe hoy por sectores clave de su propio partido como un exceso de tibieza incapaz de frenar el impulso del sanchismo. La moderación del Feijóo de Galicia, pensada para captar el voto desencantado del centro socialdemócrata, ha terminado varada en tierra de nadie en una contienda dominada por la polarización extrema.

La sombra de un relevo fulminante

En este ambiente cargado de tensión, las fuentes internas de la sede de la calle Génova consultadas por Diario Sabemos admiten sin ambages que el clima interno se ha vuelto irrespirable. La frase "se están afilando los cuchillos" ha dejado de ser una metáfora periodística para convertirse en la descripción precisa de los movimientos tácticos que ejecutan los distintos barones territoriales y corrientes del partido. Dentro de la formación conservadora no hay espacio para las derrotas dulces ni para las segundas oportunidades. Si la noche del 29 de noviembre la suma de la derecha no alcanza los escaños necesarios para desalojar a Pedro Sánchez, la autoridad de Feijóo se disolverá de forma instantánea y abrirá un proceso de sucesión acelerado que amenaza con ser despiadado.

Los sectores más beligerantes del partido sostienen en privado que la estrategia de Feijóo ha fracasado en la contención de su flanco derecho. La dispersión del voto conservador sigue actuando como un seguro de vida para el bloque progresista en las circunscripciones de tamaño medio. Por esta razón, la corriente que gana adeptos con vistas a un eventual escenario de repetición o adelanto electoral posterior apuesta de manera decidida por una sustitución del cabeza de cartel. El diagnóstico del ala dura es diáfano. La única forma de garantizar una mayoría incontestable para la derecha pasa por colocar al frente de la candidatura del PP a un perfil político desacomplejado, agresivo en el combate ideológico y capaz de drenar de forma masiva los apoyos de Vox para unificarlos bajo las siglas históricas de la formación.

Una de las fuentes consultadas señala lo sucedido en la noche de las elecciones de 2023 y cómo rulaba por los grupos de WhatsApp internos el mensaje “Con Ayuso, esto no habría pasado” mientras Feijóo saludaba desde el balcón de Génova con la presidenta de la Comunidad de Madrid diferenciándose del resto con su traje rojo y con las masas de simpatizantes gritando “¡Ayuso, Ayuso, Ayuso!” en las mismas narices de un Feijóo al que se le veía derrotado. Han pasado más de tres años de aquella imagen, pero la guillotina sigue sobre el cuello del presidente del PP.

Hegemonía perdida

El drama de Feijóo radica en que se encuentra atrapado en una tenaza ideológica de difícil resolución. Para llegar al Gobierno necesita mantener abierta la vía del pragmatismo que le permita seducir al votante moderado. Sin embargo, ese mismo discurso posibilista deja expedito el camino para que la extrema derecha capitaneada por Santiago Abascal capitalice la indignación de las capas populares y los sectores más identitarios. Los intentos de la dirección nacional del PP por alternar la dureza discursiva con gestos de pacto institucional solo han servido para proyectar una sensación de desorientación estratégica. Sus rivales la aprovechan sin piedad.

Mientras Sánchez apura sus opciones de victoria explotando la movilización de su base y sacando pecho de las cifras macroeconómicas de empleo, Feijóo se ve obligado a librar una guerra en dos frentes simultáneos: golpear la línea de flotación del PSOE y vigilar la retaguardia frente a las embestidas de sus socios potenciales y de sus propios compañeros de filas. Los círculos financieros observan con inquietud esta parálisis de la derecha española. Son conscientes de que un fracaso de los populares el 29-N sumiría al espacio conservador en un terremoto orgánico de consecuencias imprevisibles para la gobernabilidad del país.

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