Feijóo se desliza hacia el trumpismo por miedo a Ayuso

La amenaza interna de Isabel Díaz Ayuso ha empujado al líder del PP a endurecer su discurso, asumir marcos de la ultraderecha y sacrificar la moderación que prometía para no perder el control del partido

09 de Julio de 2026
Actualizado a las 11:43h
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Trumpismo Ayuso Feijóo
Imagen creada con la herramienta Grok de IA

Alberto Núñez Feijóo llegó a la dirección del Partido Popular con una promesa muy concreta: restaurar la imagen de una derecha de gobierno, prudente, institucional y capaz de reconstruir puentes con el centro político. Pero la realidad interna del PP, marcada por el peso creciente de Isabel Díaz Ayuso, ha ido empujándolo en otra dirección. Hoy, el líder popular aparece cada vez más atrapado en una lógica defensiva que lo acerca al trumpismo y al populismo de ultraderecha, no por convicción ideológica sino por la necesidad de contener a la dirigente madrileña y evitar que su liderazgo quede cuestionado desde dentro.

Ese es el verdadero giro político que explica la evolución del PP en los últimos tiempos. Feijóo no solo compite contra Pedro Sánchez; compite también contra una forma de hacer política que Ayuso ha convertido en dominante dentro de su partido. La presidenta madrileña no necesita disputar formalmente la dirección nacional para condicionar sus movimientos. Le basta con mantener la presión, encarnar la dureza y presentarse como la voz que de verdad interpreta la irritación de la derecha. En ese contexto, cada intento de Feijóo por parecer moderado acaba siendo leído como una debilidad.

El miedo a parecer blando

La gran trampa para Feijóo es que su principal capital político, la moderación, se ha vuelto frágil dentro del ecosistema del PP. Ayuso ha logrado que una parte importante del partido identifique la firmeza con el choque, la centralidad con la tibieza y la ambición electoral con la confrontación permanente. Eso obliga al líder popular a corregir su perfil una y otra vez, no para ampliar su base social, sino para no quedar arrinconado por el ala más combativa de su propia formación.

Ese miedo a parecer blando está detrás de muchas de sus decisiones retóricas y estratégicas. Feijóo ha endurecido el tono, ha elevado la temperatura del debate y ha aceptado cada vez más el marco emocional que mejor funciona para Ayuso: la política como guerra cultural, el adversario como amenaza y la gestión institucional como un argumento insuficiente frente a la indignación movilizadora. El problema es que ese movimiento no solo lo acerca a la ultraderecha en el lenguaje; también lo aleja de la imagen de centralidad con la que quiso presentarse como alternativa.

Ayuso como poder interno

Isabel Díaz Ayuso no necesita controlar Génova para ejercer poder real sobre el PP. Su fuerza no reside únicamente en su presidencia autonómica, sino en haber construido una legitimidad interna que obliga a todo el partido a medirse con ella. Su influencia no es orgánica, sino hegemónica: marca el clima, fija el tono y define lo que dentro de la derecha parece audaz o cobarde.

Feijóo sabe que si se aleja demasiado de ese modelo corre el riesgo de ser visto como un dirigente débil o demasiado institucional. Pero si se acerca demasiado, empieza a perder el terreno que le permitiría ganar al votante moderado y al desencantado con la bronca política. Esa es la contradicción central de su liderazgo: necesita parecer más Ayuso para sobrevivir dentro del PP, pero necesita parecer menos Ayuso para gobernar fuera de él.

La consecuencia es un desplazamiento ideológico que se disfraza de pragmatismo. El PP dice adaptarse a la realidad, pero esa adaptación tiene una dirección muy concreta: endurecimiento del discurso, asunción de marcos identitarios y normalización de la confrontación como forma de identidad política.

El trampolín del trumpismo

El problema no es solo que Feijóo haya endurecido el tono. Es que ese endurecimiento adopta rasgos que recuerdan cada vez más al trumpismo: deslegitimación constante del adversario, simplificación extrema del conflicto, apelación emocional por encima del programa y una narrativa de choque permanente contra instituciones, medios y contrapesos.

Ese lenguaje no surge de la nada. Es el resultado de una competencia interna en la que la derecha más dura ha conseguido imponer parte de su marco cultural. Ayuso ha demostrado que la política de alta intensidad moviliza mejor que la moderación gris. Feijóo, en lugar de resistir ese empuje y defender una derecha institucional, ha optado en muchos momentos por imitar sus códigos para no quedar desarmado. Y cuando un líder moderado comienza a copiar a los radicales para no perder autoridad interna, la frontera entre contención y contagio se vuelve peligrosamente borrosa.

Ahí está la clave: Feijóo no se desliza hacia el trumpismo porque crea en él, sino porque lo necesita como respuesta a una amenaza de liderazgo. Ayuso lo ha empujado a ese terreno desde dentro del partido, y cada paso que da en esa dirección fortalece el poder simbólico de la presidenta madrileña.

La ultraderecha como idioma útil

En política, el problema no siempre es pactar con la ultraderecha; a veces lo más grave es empezar a hablar como ella. Feijóo ha ido asumiendo un lenguaje más áspero, más polarizado y más reactivo, que le permite disputar el espacio a Vox y, al mismo tiempo, no quedar expuesto frente a Ayuso. Esa estrategia puede parecer útil a corto plazo, pero tiene un coste alto: la derecha de gobierno se convierte en una derecha de agitación.

El PP ya no discute solo sobre gestión, economía o administración territorial. Discute sobre identidad, amenaza, enemistad y pureza del bloque. Esa es precisamente la lógica que alimenta al populismo de ultraderecha: convertir cada debate en una confrontación moral y cada desacuerdo en una prueba de lealtad. Feijóo intenta usar ese registro como escudo interno, pero acaba reforzando el terreno donde Ayuso se mueve con más naturalidad.

La paradoja es brutal. Cuanto más adopta Feijóo el vocabulario de la dureza para contener a Ayuso, más legitima la idea de que ella tenía razón desde el principio. Cuanto más se desplaza hacia ese marco, más desdibuja la diferencia entre el PP que quería liderar y el PP que ahora parece obligado a perseguir.

La centralidad que se muere

Cuando Feijóo fue presentado como alternativa nacional, la promesa era clara: un partido menos estridente, más previsible y más capaz de volver a hablarle al votante que no soporta la polarización. Pero la presión de Ayuso ha ido vaciando esa promesa de contenido. No porque ella lo obligue de forma directa, sino porque su éxito interno convierte la moderación en una posición defensiva.

Feijóo ya no puede presentarse como el restaurador de la normalidad porque la normalidad que necesita para gobernar ha sido capturada por la lógica del conflicto. Y esa captura no viene solo de Vox o de Sánchez; viene también del peso de Ayuso dentro del PP. La presidenta madrileña ha demostrado que el ruido electoral rinde y que la dureza se premia. El líder gallego, en cambio, ha visto cómo su aspiración a la centralidad se descomponía en una sucesión de ajustes cada vez más cercanos al marco de la confrontación total.

La pérdida más grave no es táctica, sino simbólica. Un partido que se presenta como moderado pero se mueve con el lenguaje de la extrema derecha deja de ser percibido como árbitro y pasa a formar parte del incendio. Eso es lo que está ocurriendo con el PP de Feijóo.

Liderazgo condicionado

El liderazgo de Feijóo está cada vez más condicionado por lo que no puede hacer. No puede sonar demasiado templado por miedo a Ayuso. No puede parecer demasiado duro sin arriesgar su imagen de moderación. No puede romper con Vox del todo, pero tampoco puede abrazarlo sin reservas. No puede disputar el partido interno sin exponerse a una fractura, pero tampoco puede gobernar con plena autoridad mientras la presidenta madrileña siga marcando la conversación.

Esa falta de autonomía le obliga a moverse en un espacio cada vez más estrecho. Y en ese espacio, la inclinación hacia el trumpismo funciona como una solución de compromiso: si no puede derrotar a Ayuso por la vía de la autoridad institucional, intenta neutralizarla hablando su mismo idioma. El problema es que esa estrategia lo convierte menos en un líder propio y más en un traductor de la política que ella ya ha impuesto.

La amenaza para Feijóo no es solo perder poder orgánico. Es perder la capacidad de representar algo distinto. Y cuando un líder pierde su diferencia, empieza a depender del marco de su rival.

La derrota de la moderación

Si se observa el recorrido reciente del PP, la conclusión es incómoda: la moderación ya no manda en la derecha española. Puede ganar elecciones territoriales, puede ser útil en algunas autonomías y puede seguir siendo apreciada por ciertos sectores del electorado, pero no ordena el alma del partido. Esa función la ha asumido Ayuso, y Feijóo se ha visto obligado a adaptarse para no quedar descolocado.

Por eso su deriva hacia posiciones más duras no debe leerse como una simple estrategia de campaña. Es el reflejo de una debilidad estructural. La amenaza de Ayuso ha hecho que el líder del PP renuncie, parcial o temporalmente, a la posibilidad de construir una derecha menos contaminada por el populismo de ultraderecha. Y en esa renuncia se juega no solo el futuro de su liderazgo, sino la identidad misma del partido.

El resultado es un PP que quiere parecer institucional, pero actúa con reflejos cada vez más agresivos; que quiere presentarse como alternativa serena, pero adopta códigos que lo acercan al ruido; que quiere frenar a la ultraderecha, pero termina normalizando parte de su lenguaje para no ser devorado por ella desde dentro.

La sombra que manda en Génova

Ayuso no necesita ganar la batalla formal por el liderazgo del PP para imponerse ideológicamente. Ya lo ha hecho en buena medida. Feijóo, que llegó para cerrar una etapa de tensión, ha terminado atrapado en la lógica que ella personifica: confrontación, emocionalidad, desconfianza hacia la moderación y un uso cada vez más instrumental del miedo al adversario.

Esa es la verdadera transformación de la derecha española. No se ha producido solo por la presión externa de Vox o por la polarización del país, sino por la capacidad de una dirigente autonómica para convertir su estilo en hegemonía interna. Feijóo intenta sobrevivir a esa presión, pero cada concesión que hace lo acerca más a una versión de sí mismo menos sólida y más dependiente del clima ayusista.

La pregunta ya no es si Feijóo se ha endurecido. La pregunta es si todavía puede volver atrás sin perder el control del partido. Y esa duda, por sí sola, explica hasta qué punto la amenaza de Ayuso ha empujado al PP hacia un terreno donde la derecha de gobierno corre el riesgo de confundirse con la derecha de combate.

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