Feijóo, más lacayo de Trump que demócrata de verdad

PP y Vox naufragan en un mar de contradicciones sonrojantes cada vez que sale a relucir el conflicto político que vive el país caribeño

06 de Enero de 2026
Actualizado a las 10:41h
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Feijóo con el candidato opositor venezolano Edmundo González
Feijóo con el candidato opositor venezolano Edmundo González

La derecha española (el bloque PP/Vox) lleva años utilizando a Venezuela como un campo de batalla simbólico para la guerra contra el sanchismo. Para ambos partidos, el país latinoamericano se ha convertido en un recurso retórico permanente, una especie de espejo en el que proyectar sus críticas al Gobierno español y, al mismo tiempo, un escenario donde exhibir una supuesta superioridad moral frente al “socialismo bolivariano”. Sin embargo, esta estrategia presenta errores, contradicciones e incoherencias que cada vez resultan más visibles para analistas, diplomáticos y observadores internacionales. La primera de ellas sin duda, apoyar la invasión norteamericana de Venezuela para secuestrar a Nicolás Maduro y su esposa y a su vez invocar una supuesta defensa de la democracia en el país caribeño. Ese malabarismo retórico es metafísica imposible.

Pese a ello, los de Feijóo (también los de Abascal) llevan días instalados en esa incongruencia sonrojante. Aplauden la operación de los Delta Force en suelo venezolano (una injerencia inadmisible denunciada por Naciones Unidas), se desgañitan tratando de convencer a la opinión pública española de que Maduro era un traficante de drogas peligroso y que había que eliminarlo, y acto seguido dan lecciones de Derecho internacional. No caen en la cuenta populares y voxistas de que adoptando el papel de lacayos de Trump están dando vía libre a que Estados Unidos invada cualquier país del mundo a la vieja manera fascista y con una sola justificación: su inmenso poderío militar y su codicia colonialista. Hoy ha sido Venezuela, mañana será México, Colombia o Cuba (también Groenlandia, un territorio soberano que, no lo olvidemos, forma parte de la Unión Europea). Hoy es el petróleo venezolano el tesoro del que se apodera, impunemente, Donald Trump; mañana serán los escasos y preciados recursos naturales de cualquier otro país de la Tierra. ¿De qué lado estará Feijóo cuando eso ocurra, de la legalidad internacional o del expansionismo casi hitleriano marca Trump? El PP está firmando su propia acta de defunción como partido democrático.

Uno de los errores más evidentes de las derechas españolas es la reducción de la crisis venezolana a un relato binario: dictadura versus libertad, chavismo versus oposición, tiranía versus democracia. PP y Vox presentan a Venezuela como un escenario donde solo existen dos bandos claramente definidos, ignorando la fragmentación interna de la oposición, las tensiones entre actores regionales, la evolución de la política estadounidense (marcada por una preocupante deriva totalitaria desde que Trump llegó a la Casa Blanca), y la complejidad social y económica del país. Esta simplificación puede ser útil para el discurso interno, pero no se corresponde con la realidad venezolana, donde conviven múltiples facciones, intereses y dinámicas que no encajan en un esquema tan rígido.

Otro punto de incoherencia es la idealización absoluta de determinados líderes opositores, especialmente María Corina Machado. PP y Vox la presentan como la única alternativa legítima al chavismo, ignorando que parte de la oposición venezolana cuestiona su estrategia, que su capacidad real de articular una transición es limitada, y que incluso gobiernos conservadores o aliados tradicionales de la oposición han adoptado posiciones más matizadas. Ahí el PP ha hecho otro de sus sonados ridículos internacionales. Mientras Feijóo y los suyos apostaban por Machado como el personaje elegido para liderar el supuesto proceso de transición a la democracia, el propio Trump renegaba de ella argumentando que no goza de la confianza del pueblo venezolano. Y ahí siguen, en el erre que erre, con María Corina.  Mientras países y actores internacionales (incluidos gobiernos que en el pasado apoyaron sin reservas a la oposición venezolana) han recalibrado su postura, PP y Vox mantienen un apoyo incondicional que no se ajusta a la evolución del contexto.

PP y Vox critican al Gobierno español por su supuesta tibieza ante el chavismo, pero cuando han gobernado tampoco han tenido una política exterior especialmente contundente hacia Venezuela. Durante los gobiernos del PP, no se rompieron relaciones diplomáticas con Caracas, no se impulsaron sanciones unilaterales, no se promovieron acciones de aislamiento extremo y se mantuvo una relación pragmática con el régimen de Maduro. Lo primero para el PP siempre fue la balanza comercial, la economía, el negocio y el dinero. La retórica actual, mucho más agresiva, contrasta con la práctica diplomática que el propio PP mantuvo cuando tuvo responsabilidades de Estado. Esta diferencia entre discurso y acción es una de las incoherencias más señaladas por analistas.

Pero quizá la incoherencia más evidente es que Venezuela se utiliza más para atacar al Gobierno español que para invocar los derechos de los venezolanos. PP y Vox recurren al país latinoamericano para asociar al PSOE y a Sumar con el chavismo, movilizar a su electorado, generar marcos emocionales de confrontación y reforzar la idea de que España está en riesgo de “venezolanización” o bolivarización comunista. El problema es que este uso instrumental desconecta el discurso de la realidad internacional. Mientras la Unión Europea, Estados Unidos y organismos multilaterales adoptan posiciones pragmáticas, PP y Vox mantienen un relato rígido que responde más a necesidades internas que a un análisis geopolítico. Ninguna derecha europea cae en ese tipo de contradicciones.

Vox, y en menor medida el PP, suelen defender la soberanía nacional y criticar la injerencia extranjera en los asuntos internos de los países. Sin embargo, en el caso venezolano apoyan sanciones duras, respaldan estrategias de presión externa y en ocasiones han avalado discursos que justifican intervenciones más agresivas. Esta postura contrasta con su defensa de la no injerencia cuando se trata de España, Marruecos, Cataluña o la Unión Europea.

Además, PP y Vox denuncian las violaciones de derechos humanos en Venezuela. Sin embargo, esta denuncia pierde fuerza cuando guardan silencio ante los abusos cometidos por Estados Unidos (sin ir más lejos los Delta Force mataron sin más a 32 guardias cubanos y al menos 16 militares venezolanos del anillo presidencial durante la operación estadounidense del pasado fin de semana). O se es demócrata para todo, o no es. La defensa de los derechos humanos, para ser creíble, debe ser coherente y universal, no selectiva.

Finalmente, uno de los errores más señalados es que PP y Vox no presentan una estrategia viable para la crisis venezolana. Su discurso se basa en condenas, exigencias maximalistas, apoyos simbólicos y eslóganes patrioteros vacíos de contenido. Pero no ofrecen una hoja de ruta diplomática para llevar la democracia a Venezuela, ni un plan de transición, ni una propuesta de mediación, ni una visión de cómo España podría contribuir a una solución negociada. Nada.

Más que una cuestión de política exterior, Venezuela se ha convertido, para la derecha española, en una herramienta de confrontación doméstica. Y aunque este enfoque pueda tener rédito político a corto plazo, también erosiona la credibilidad internacional de España y dificulta que el país desempeñe un papel constructivo en la búsqueda de soluciones para Venezuela.

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