Hay políticos que ocupan el espacio como una tormenta y otros que lo atraviesan como una brisa que apenas mueve las cortinas. Alberto Núñez Feijóo pertenece a esta segunda categoría, esa en la que todo parece razonable, educado, bien dicho… y, sin embargo, deja una sensación extraña, como de conversación que no acaba de empezar nunca.
Feijóo tiene algo de hombre que siempre llega con el traje planchado, incluso cuando el día viene torcido.
Habla despacio, mide cada palabra, coloca las frases con una precisión casi artesanal, como quien ordena copas en una vitrina. No levanta la voz, no se descompone, no se permite un gesto de más. Es una política de superficie lisa, sin aristas, sin manchas visibles. Una estética de la corrección que, vista desde lejos, resulta incluso reconfortante.
Pero cuando uno se acerca, ocurre otra cosa.
Las palabras están ahí, sí, pero parecen deslizarse sin agarrarse a nada. Como si evitaran el compromiso, como si siempre hubiera una salida lateral, una pequeña puerta entreabierta por la que retirarse sin hacer ruido. No es que no diga nada, es que nunca termina de decir algo que incomode de verdad.
Ese es su talento.
Y también su límite.
Durante años, en Galicia, ese estilo funcionó como funcionan los relojes antiguos en las casas tranquilas: marcando el tiempo sin sobresaltos, sin estridencias, sin que nadie se pregunte demasiado por el mecanismo. Allí la política podía permitirse esa cadencia, ese tono casi doméstico, donde gobernar consistía, en parte, en no alterar demasiado el paisaje.
Madrid es otra cosa.
Aquí la política entra por las ventanas abiertas, levanta papeles, mueve las cortinas y obliga a sujetar los muebles. Aquí no basta con parecer sensato; hay que decidir, hay que marcar posición, hay que asumir el riesgo de equivocarse delante de todos. Y es ahí donde Feijóo parece caminar con cierta incomodidad, como quien pisa un suelo que no reconoce del todo.
Entonces recurre a lo que mejor sabe hacer, esa moderación envolvente, esa forma de hablar que suena siempre razonable, incluso cuando no se sabe muy bien qué está proponiendo. Critica sin herir, discrepa sin romper, promete sin comprometerse demasiado. Es una política que se sostiene en el equilibrio, pero un equilibrio que, a veces, parece más una forma de evitar la caída que de avanzar.
Hay en su manera de estar algo casi notarial.
Como si su papel fuera certificar lo que ocurre, no transformarlo.
Mientras tanto, el país se mueve en otra dirección. La política se ha vuelto más áspera, más directa, menos tolerante con los silencios largos y las frases que no llevan destino. Y en medio de ese ruido, Feijóo mantiene su tono, como si confiara en que la calma, por sí sola, terminará imponiéndose y puede que durante un tiempo funcione.
Pero la calma, cuando es excesiva, también puede parecer otra cosa, como una forma educada de no entrar en el conflicto, de no elegir del todo, de mantenerse en una zona cómoda donde nada se rompe… pero tampoco nada cambia. Ese es el riesgo.
Que la prudencia se convierta en refugio.
Que la moderación se transforme en una especie de anestesia política donde todo suena bien, todo parece correcto y, sin embargo, no deja huella. Como esas conversaciones largas en una sobremesa donde se habla mucho y, al final, nadie recuerda exactamente de qué. Feijóo parece confiar en que la política puede hacerse así, sin levantar demasiado polvo.
Como si gobernar fuera una cuestión de estilo. Pero hay momentos en los que el estilo no basta.
Y entonces la pregunta aparece, inevitable, casi como una incomodidad que no se puede esconder bajo la alfombra: qué hay detrás de esa calma tan perfectamente construida.
O, dicho de otra forma más sencilla, qué ocurre cuando llega el momento de hacer algo más que parecer que se sabe hacerlo.