El accidente ferroviario de Adamuz no solo ha sacudido la agenda institucional española. Ha actuado, también, como un acelerador político que coloca a Alberto Núñez Feijóo y al Partido Popular ante una disyuntiva estratégica de fondo: endurecer el discurso hasta aproximarse al estilo confrontacional que encarna Isabel Díaz Ayuso o reafirmarse como un partido de gobierno democrático, capaz de alcanzar consensos de Estado con el Ejecutivo y con el PSOE en momentos de crisis.
La tragedia ha irrumpido en un contexto de polarización creciente, donde cada suceso grave se convierte en munición para una guerra política permanente. En ese terreno, la derecha española se debate entre dos almas. Una, ruidosa y eficaz en redes, que bebe del trumpismo adaptado al ecosistema madrileño, con un lenguaje de choque, deslegitimación institucional y señalamiento del adversario como enemigo moral. Otra, más clásica y menos vistosa, que aspira a ocupar el centro del tablero, asumir la lógica de la responsabilidad y proyectar solvencia gubernamental.
Para Feijóo, Adamuz es una prueba de estrés. La gestión de una tragedia con víctimas mortales exige prudencia, respeto institucional y coordinación, virtudes poco compatibles con la retórica de la sospecha permanente. Sin embargo, la presión interna empuja en dirección contraria. El éxito comunicativo de Isabel Díaz Ayuso, su capacidad para marcar agenda con mensajes simples y emocionalmente cargados, ha creado un incentivo perverso dentro del partido: competir en radicalidad con Vox para no perder tracción mediática.
El riesgo es evidente. Convertir una catástrofe en un campo de batalla político inmediato puede ofrecer réditos a corto plazo, pero debilita la credibilidad de quien aspira a gobernar. En otras democracias europeas, los grandes partidos conservadores han aprendido que la imitación del populismo de extrema derecha termina por normalizarla y, a la larga, reforzarla. La experiencia internacional es clara: cuando la derecha tradicional adopta el marco ultra, pierde el centro sin consolidar los márgenes.
El accidente ferroviario de Adamuz ha puesto sobre la mesa cuestiones técnicas, responsabilidades administrativas y tiempos de investigación que no admiten consignas. De ahí que la reacción del PP sea observada con lupa. Puede apostar por exigir explicaciones desde el rigor institucional, esperando a los informes técnicos y reclamando mejoras estructurales en seguridad ferroviaria o puede optar por el relato de la negligencia sistémica, alimentando una narrativa de decadencia estatal que conecta con la retórica trumpista de la desconfianza total.
El dilema no es solo discursivo; es identitario. Feijóo llegó a la dirección del PP prometiendo desradicalizar la política después de la etapa de Pablo Casado, recuperar la centralidad y ofrecer una alternativa previsible y europea. Adamuz mide hasta qué punto esa promesa sigue vigente o ha quedado subordinada a la lógica de la confrontación constante. En juego está la posibilidad de reconstruir consensos básicos en infraestructuras, seguridad y transporte, ámbitos donde la cooperación entre partidos ha sido históricamente un activo del sistema.
La figura de Ayuso funciona como polo gravitacional. Su estilo conecta con un electorado movilizado por la indignación y la épica del conflicto. Pero trasladar ese modelo al ámbito nacional implica asumir sus costes: ruptura del diálogo, deslegitimación de los árbitros técnicos y politización extrema del dolor. Para un líder que aspira a La Moncloa no es muy rentable ganar volumen pero perder estatura. En política, como en los ferrocarriles, los desvíos mal calculados pueden llevar muy lejos del destino previsto. Adamuz ha señalado el cruce. Ahora toca elegir la vía.