La extrema derecha no necesita gobernar

Su victoria más profunda no consiste en ocupar ministerios, sino en conseguir que los partidos tradicionales acepten sus prioridades, empleen su lenguaje y conviertan sus prejuicios en políticas públicas

27 de Julio de 2026
Actualizado el 03 de agosto
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La extrema derecha no necesita gobernar
Abascal, líder de Vox, en una imagen de archivo.

Hace apenas unos años habría resultado difícil imaginar que una expresión como "prioridad nacional" pudiera aparecer con naturalidad en acuerdos de gobierno firmados por un partido que aspiraba a representar el centro derecha europeo. Hoy forma parte del vocabulario político sin provocar apenas sorpresa. Ahí reside uno de los mayores triunfos de la extrema derecha.

No necesita ganar unas elecciones para transformar un país. Tampoco necesita entrar en todos los gobiernos ni colocar a sus dirigentes al frente de los ministerios más importantes. Le basta con conseguir algo más discreto y, a menudo, más duradero. Que los demás comiencen a pensar dentro de los límites que ella ha establecido.

El poder no se mide únicamente por los cargos que se ocupan. También se reconoce en las preguntas que dominan la conversación pública, en las palabras que dejan de producir rechazo y en las políticas que adoptan quienes aseguran representar una derecha moderada.

Vox ha comprendido bien esa forma de influencia. Puede abandonar un gobierno autonómico, perder una votación o quedar lejos de la mayoría absoluta y, aun así, comprobar cómo sus ideas continúan avanzando. El Partido Popular hace buena parte del trabajo.

Los acuerdos autonómicos alcanzados este año entre PP y Vox en Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía han incorporado un mismo principio político, la denominada prioridad nacional. La expresión pretende reservar o favorecer determinadas prestaciones públicas para los españoles frente a las personas extranjeras y aparece acompañada de medidas contra el reparto de menores migrantes, la fiscalidad ambiental y las políticas estatales de vivienda. La prioridad nacional no es una medida técnica. Es una jerarquía moral entre quienes viven en un mismo país.

La vivienda inaccesible deja de explicarse por la especulación, la falta de parque público o los salarios insuficientes. La saturación sanitaria ya no remite a la debilidad de la atención primaria ni a la falta de profesionales. La extrema derecha ofrece una respuesta mucho más sencilla. Alguien de fuera está recibiendo aquello que debería corresponderte a ti.

Esa explicación es falsa, pero posee una enorme eficacia política. Transforma problemas complejos en agravios comprensibles, ofrece un culpable visible y evita discutir sobre quién acumula realmente la riqueza o quién se beneficia del deterioro de los servicios públicos.

El éxito de Vox reside en que el PP ya no se limita a pactar con ese discurso, empieza a incorporarlo. Durante años, la dirección popular sostuvo que su objetivo era atraer a los votantes de Vox sin asumir sus postulados. La operación ha terminado funcionando en sentido contrario. Es Vox quien condiciona el vocabulario, las prioridades y los límites de los acuerdos. El partido con más escaños aporta los presidentes autonómicos. La formación ultra marca cada vez más el rumbo político. Quien impone las condiciones esenciales de un pacto también gobierna, aunque no siempre figure en la fotografía oficial.

La influencia se extiende más allá de las instituciones. La inmigración ocupa un espacio creciente en el debate público español y el discurso de la derecha se ha endurecido durante los últimos meses, en paralelo a una intensificación de los mensajes xenófobos en las redes sociales. Cada delito cometido por una persona extranjera se convierte en materia de confrontación nacional. La nacionalidad del agresor adquiere una relevancia que desaparece cuando el acusado es español. Se construye así una estadística emocional en la que los casos seleccionados importan más que los datos generales.

El mecanismo necesita la colaboración de muchos actores. Los partidos colocan el mensaje. Las redes lo multiplican. Algunos medios lo convierten en espectáculo. Los adversarios políticos responden durante días dentro del mismo marco y ayudan a que el asunto elegido por la extrema derecha monopolice la agenda.

Una investigación comparada sobre las elecciones europeas de 2024 concluyó que los partidos de derecha radical obtuvieron en varios países una visibilidad mediática desproporcionada respecto a sus resultados electorales, especialmente durante las semanas decisivas de campaña. No hace falta compartir sus propuestas para contribuir a su centralidad. Basta con discutirlas sin descanso.

La extrema derecha también ha logrado alterar las políticas europeas. Su presión ha favorecido el endurecimiento de la política migratoria y ha contribuido al repliegue de parte de la agenda climática. Estudios recientes señalan que su influencia no depende solo de sus votos, sino de la disposición de los partidos conservadores a adoptar o amplificar sus posiciones para competir por el mismo electorado. Ahí se encuentra la responsabilidad principal de la derecha tradicional.

Vox no oculta lo que pretende. Quiere debilitar las políticas de igualdad, endurecer la política migratoria y revisar la memoria democrática. Detrás de todas esas propuestas aparece una misma concepción del país: una España menos plural, más uniforme y más desconfiada de quien considera diferente. El PP puede discrepar formalmente de algunas de esas posiciones, pero termina aceptando una parte sustancial cuando necesita sus votos. Cada cesión se presenta como una exigencia aritmética. Hasta que un día deja de parecer una concesión y empieza a parecer normalidad.

La izquierda tampoco puede limitarse a denunciar el avance ultra como si la indignación fuese una estrategia suficiente. Necesita responder a los problemas reales sobre los que crecen estas fuerzas. Hay barrios con servicios tensionados, trabajadores que sienten inseguridad económica, jóvenes que no pueden emanciparse y ciudadanos que perciben que las instituciones han perdido capacidad para ordenar el futuro. Negar ese malestar solo facilita que la extrema derecha lo traduzca a su manera.

La respuesta progresista no pasa por competir con la extrema derecha en el terreno del miedo. Pasa por demostrar que la inseguridad cotidiana tiene causas mucho menos simples y mucho más incómodas. La vivienda no escasea porque existan personas migrantes. Escasea porque durante años se aceptó que fuese tratada como un activo financiero. Los salarios no pierden poder adquisitivo por quienes llegan en patera, sino por un mercado laboral que sigue repartiendo la riqueza de forma profundamente desigual.

No se combate a la extrema derecha repitiendo sus diagnósticos con un tono algo más educado, también es necesario dejar de medir su éxito únicamente en las urnas. Puede perder votos y ganar influencia. Puede salir de un ejecutivo y mantener intactos sus acuerdos. Puede no presidir una institución y determinar qué asuntos se debaten dentro de ella.

La extrema derecha alcanza su victoria decisiva cuando sus adversarios aceptan que la política debe girar alrededor del miedo, la identidad y la exclusión.

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