Europa queda en manos de neofascistas y neocomunistas

Las fuerzas de centroizquierda y centroderecha han pasado de vertebrar las democracias europeas a convertirse en meros figurantes de un choque ideológico implacable

22 de Septiembre de 2026
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Alice Weidel AfD Europa

La ineptitud, la ineficiencia y el desapego hacia las necesidades reales de los ciudadanos, sobre todo en un escenario de crisis continuadas y concatenadas, tiene un coste político muy grave. Eso es lo que, tal y como sucedió en la Europa de la década de los 30 del siglo XX, se está viviendo en la actualidad en la gran mayoría de los países de la Unión Europea

Durante más de siete décadas, Europa vivió convencida de algo que parecía escrito en piedra: los gobiernos se construían desde el centro. La moderación traía prosperidad, y ese turno apacible entre socialdemócratas y conservadores servía para frenar cualquier arrebato radical.

Pues bien, ese viejo consenso ha saltado por los aires. Hoy, pasear por los centros del poder en París o Berlín es respirar el aire enrarecido de una época que se apaga. El espacio templado donde antes se pactaba el futuro ha sido engullido por un clima tenso, agresivo y profundamente dividido.

La prueba más clara la acabamos de ver en Alemania. Los comicios en Mecklemburgo-Pomerania Occidental y en Berlín han dejado temblando a la Cancillería. Por un lado, la ultraderecha de AfD arrasó rozando el 38% de los votos en el noreste, dejando a la histórica CDU fuera del parlamento regional tras no llegar ni al 5%. Una humillación en toda regla. Por otro, en las calles de la capital, la izquierda radical de Die Linke se llevó el gato al agua con más del 25%, prometiendo expropiar a grandes fondos y tomar el control del alquiler.

¿El centro? Desaparecido. Ni supo leer la rabia de la calle ni logró movilizar a nadie. Para entender este descalabro, sin embargo, no basta con mirar las encuestas de ayer. Hay que rascar un poco y volver a las cicatrices que dejó la Gran Recesión de 2008. Aquella crisis no solo congeló cuentas bancarias; rompió el contrato social con el sello y la firma de la tecnocracia moderada.

Cuando los bancos cayeron, tanto el centroizquierda como el centroderecha respondieron exactamente igual: dinero público para salvar el sistema financiero y tijeretazos drásticos para el ciudadano de a pie. Sanidad, educación, pensiones... Daba igual a quién votases, el menú de la austeridad era el mismo. A la gente le quedó una sensación amarga: la de que las cosas importantes no se decidían en las urnas.

En esa grieta de desconfianza fue donde germinó todo. Los extremos solo tuvieron que señalar con el dedo. La izquierda radical convirtió el rescate bancario en su gran bandera de denuncia; la ultraderecha, por su parte, convirtió la prisa económica en miedo cultural, proteccionismo y fronteras cerradas. Y el centro, que pedía paciencia mientras las clases medias se apretaban el cinturón, se convirtió a ojos de la gente en el rostro del estancamiento.

Mirad si no a Francia. La tierra del "frente republicano" se encamina hacia una segunda vuelta donde los moderados corren el riesgo de ser meros espectadores. Las encuestas señalan un pulso brutal entre Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon. El proyecto liberal de Emmanuel Macron se desmorona en facciones enfrentadas, el Partido Socialista es absolutamente insignificante, lo mismo que Lso Republicanos, mientras el electorado, harto de reformas a la fuerza, parece dispuesto a probar lo que sea con tal de cambiar de rumbo.

Al final, nos topamos con un panorama diabólico. Los extremos tienen fuerza de sobra para bloquear leyes y condicionar el debate, pero carecen de puentes para formar mayorías estables. ¿Y qué hacen los partidos tradicionales ante este terremoto? Copiar los discursos de los radicales para intentar salvar los muebles, validando, sin querer, las ideas de sus rivales.

La moderación ya no vende. El amortiguador que garantizó la paz social durante tres generaciones se ha agrietado, y Europa se adentra en terreno desconocido, a merced de un descontento que nadie sabe muy bien cómo apagar.

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