La ética según Feijóo llega siempre después del cálculo político

El líder del PP presenta su acuerdo con UPN como una victoria moral mientras sigue pendiente una explicación sobre los pactos, los silencios y las contradicciones que su partido ha acumulado durante los últimos años

14 de Octubre de 2026
Actualizado a las 12:20h
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La ética según Feijóo llega siempre después del cálculo político

La política tiene una larga tradición de palabras desgastadas por el uso. Pocas han sufrido tanto como la palabra ética. Por eso llama especialmente la atención que Alberto Núñez Feijóo haya decidido presentar el acuerdo electoral entre el Partido Popular y UPN no solo como una buena noticia política, sino como una buena noticia ética. La afirmación tendría una apariencia razonable si no fuera porque llega de un partido que lleva años practicando una geometría variable en materia de pactos, principios y líneas rojas, dependiendo casi siempre de dónde estuviera situada la posibilidad de alcanzar el poder.

Cuando la ética aparece en campaña

La ética suele comportarse de una manera curiosa en determinados sectores de la política española. Rara vez ocupa el centro del debate cuando se negocian gobiernos autonómicos, cuando se alcanzan acuerdos de conveniencia o cuando determinadas alianzas permiten conservar cuotas institucionales de poder. Sin embargo, adquiere un protagonismo extraordinario cuando se trata de cuestionar a los adversarios.

Eso es precisamente lo que ha ocurrido con las declaraciones de Feijóo. El líder popular ha aprovechado el acuerdo con UPN para construir un discurso basado en la superioridad moral de su espacio político frente al bloque progresista, presentando la alianza como una demostración de principios y de coherencia democrática. El problema es que la memoria política suele ser bastante más incómoda que los argumentarios de campaña.

Una ética con frecuentes excepciones

Durante los últimos años, el Partido Popular ha demostrado una notable flexibilidad cuando las circunstancias electorales así lo requerían. Ha pactado, gobernado o dependido parlamentariamente de fuerzas a las que posteriormente ha presentado como incompatibles con sus propios principios. Ha modificado discursos territoriales según la comunidad autónoma en la que se encontrara. Ha defendido una cosa en Madrid y otra distinta en función de las necesidades políticas de cada territorio.

Todo eso forma parte de la normalidad democrática y probablemente sea inevitable en cualquier sistema parlamentario. Lo que resulta bastante más complicado de sostener es que esas prácticas desaparezcan de repente cuando llega el momento de hablar de ética. Porque si algo ha demostrado la política española en los últimos años es que la moral partidista suele ser mucho más exigente con los demás que consigo misma.

Navarra 

Feijóo ha vuelto a convertir Navarra en uno de los grandes escenarios de confrontación política contra Pedro Sánchez. Dentro de la estrategia del PP, Navarra ocupa un lugar especialmente relevante porque permite activar algunos de los marcos discursivos que mejor funcionan entre su electorado, especialmente aquellos relacionados con Bildu y con los acuerdos parlamentarios que han sostenido la actual mayoría progresista.

Sin embargo, el problema de convertir permanentemente determinados territorios en símbolos políticos es que se termina sustituyendo la realidad por el relato. Y los ciudadanos suelen vivir en la realidad, no en los relatos.

Mientras los partidos intercambian acusaciones sobre quién representa la verdadera legitimidad democrática, los problemas que preocupan a la mayoría de la población continúan siendo bastante más terrenales. La vivienda, los salarios, las pensiones, la sanidad o el coste de la vida no desaparecen porque se invoque una épica constitucionalista ni porque se multipliquen las referencias a agravios del pasado.

La paradoja del Partido Popular

Existe una paradoja que acompaña a buena parte del discurso actual del PP. Mientras reclama una regeneración ética de la política española, evita con frecuencia someter a ese mismo escrutinio sus propias decisiones. Mientras denuncia determinados acuerdos parlamentarios, guarda silencio sobre otros que le han resultado políticamente útiles. Mientras habla de principios inquebrantables, adapta con notable facilidad su estrategia a las necesidades de cada momento.

No se trata de una característica exclusiva del Partido Popular, la política está llena de contradicciones y precisamente por eso sorprende que la apelación a la ética se formule con semejante contundencia. Porque cuanto más rotunda es una proclamación moral, más inevitable resulta que los ciudadanos examinen el historial completo de quien la pronuncia.

Mucha moral y poca política

Lo más llamativo de las declaraciones de Feijóo quizá no sea el acuerdo con UPN, que entra dentro de la lógica habitual de cualquier proceso electoral. Lo verdaderamente significativo es la necesidad de envolver una decisión estratégica en un discurso casi redentor.

En un momento en que España afronta desafíos complejos y debates de enorme profundidad social, la dirección popular parece seguir convencida de que la confrontación moral resulta más rentable que la discusión programática. Y sin embargo la política democrática rara vez se resuelve en el terreno de las proclamaciones éticas, se resuelve en otro lugar. En el de las propuestas concretas, las decisiones verificables y la capacidad para responder a los problemas reales de la ciudadanía. Por eso quizá la cuestión relevante no sea si el acuerdo entre PP y UPN es ético o no.

La cuestión relevante es por qué, cada vez que se aproximan unas elecciones, algunos dirigentes,  y en concreto Feijóo, parecen sentirse mucho más cómodos hablando de la moral de los demás que explicando con detalle qué harían ellos si alcanzaran el Gobierno.

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