Los españoles sufren la Nochebuena más cara de la historia

La percepción de pérdida de poder adquisitivo se intensifica cuando el encarecimiento afecta a rituales familiares y culturales.

24 de Diciembre de 2025
Actualizado el 26 de diciembre
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Españoles cena navidad
Foto: FreePik

La ley básica de la economía, es decir, cuando la demanda se dispara, los precios la siguen, rara vez se manifiesta con tanta crudeza como en la cesta de la compra navideña de este año, que registra una subida media del 21%, la más alta de la que se tiene constancia reciente. No se trata únicamente de un encarecimiento notable, sino de uno extraordinariamente rápido. Hasta finales de noviembre, los precios acumulaban un aumento cercano al 8%. Desde principios de diciembre, en apenas dos semanas, se añadió otro 11%, concentrando el impacto justo cuando los hogares cerraban menús, invitaciones y presupuestos. El resultado ha sido un golpe directo al bolsillo y a la percepción de bienestar económico.

Esta inflación no distingue categorías. Pescados, mariscos, carnes, bebidas, embutidos, quesos y dulces han experimentado subidas generalizadas, aunque no homogéneas. El símbolo de este desajuste es el percebe, cuyo precio se ha disparado cerca de un 91% en apenas dos meses, convirtiéndose en el emblema del exceso. Le siguen otros productos estrechamente ligados al imaginario festivo, como la pularda, la sidra, las gambas, la merluza, el besugo o el pavo, todos con incrementos de dos dígitos. La lógica es clara: cuanto más asociado está un alimento a la excepcionalidad navideña, mayor es su inflación. No es irracionalidad del mercado, sino microeconomía pura aplicada a un consumo emocional y poco sustituible.

Sin embargo, incluso en este contexto de encarecimiento récord, la inflación muestra matices. Existen productos que han resistido mejor la presión de la demanda y que permiten a los consumidores adaptar sus decisiones sin renunciar del todo a la celebración. Algunos mariscos, determinadas carnes menos icónicas, pescados de cultivo o bebidas tradicionales como el vino y el cava han registrado aumentos mucho más moderados. Incluso en el apartado dulce, ciertos productos han mantenido precios estables o han bajado ligeramente. El mensaje implícito es relevante: la inflación castiga más al simbolismo que a la alimentación en sí misma.

Desde una perspectiva más amplia, esta subida navideña funciona como un amplificador de tensiones estructurales ya existentes. A los mayores costes energéticos y logísticos se suman las expectativas inflacionarias y la capacidad de los distribuidores para trasladar precios en momentos de alta disposición a pagar. La Navidad actúa como un acelerador, revelando hasta qué punto el consumo festivo reduce la elasticidad del gasto. Aunque los indicadores macroeconómicos apunten a una moderación de la inflación general, el consumidor recuerda los picos, no las medias, y esos picos suelen coincidir con fechas emocionalmente cargadas.

El efecto psicológico no es menor. La percepción de pérdida de poder adquisitivo se intensifica cuando el encarecimiento afecta a rituales familiares y culturales. De ahí que asociaciones de consumidores como ASUFIN insistan en una idea tan antigua como eficaz: planificar es la mejor defensa frente a la inflación. Pensar los menús con antelación, priorizar el producto frente a la marca, evitar platos preparados y optar por elaboraciones sencillas pero bien ejecutadas no es solo una estrategia doméstica, sino una respuesta racional a un entorno económico adverso. Incluso el recurso a ultracongelados, correctamente tratados, aparece como una herramienta legítima para contener el gasto sin sacrificar calidad nutricional.

En última instancia, la Navidad más cara de los últimos años deja una lección que va más allá de estas fiestas. Muestra cómo la inflación se infiltra en las tradiciones, cómo el mercado detecta y explota los picos emocionales de la demanda y cómo los hogares se ven obligados a reajustar prioridades. En este contexto, el verdadero lujo ya no reside en el producto más exclusivo de la mesa, sino en llegar a enero con las cuentas bajo control. Porque, a diferencia de los dulces navideños, la inflación no se acaba cuando se desmonta el árbol.

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