De “España viva” a “Make America Great Again”: Vox y la importación silenciosa del trumpismo

La ultraderecha española insiste en que su proyecto es estrictamente nacional, pero buena parte de su estrategia política reproduce el modelo que Trump convirtió en exportable: identidad, conflicto cultural y sospecha permanente hacia las instituciones

26 de Febrero de 2026
Actualizado a las 10:54h
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De “España viva” a “Make America Great Again”: Vox y la importación silenciosa del trumpismo
Abascal y Trump en una imagen de archivo

Durante años Vox defendió que su irrupción respondía únicamente a una anomalía española: el procés, la fragmentación política o el desgaste del bipartidismo. Sin embargo, observando su evolución con algo de distancia, resulta difícil ignorar hasta qué punto comparte métodos, prioridades y lenguaje con el fenómeno político que redefinió la derecha radical contemporánea. Donald Trump no solo ganó unas elecciones en Estados Unidos. estableció un manual político que hoy circula con notable facilidad por las democracias occidentales.

La política convertida en batalla cultural

La conexión no empezó con viajes oficiales ni fotografías compartidas, aunque también las hubo. Empezó antes, cuando la política dejó de organizarse alrededor de programas económicos para hacerlo alrededor de emociones colectivas. Trump entendió que el éxito electoral no dependía tanto de ofrecer soluciones complejas como de identificar enemigos reconocibles.

Vox ha recorrido ese mismo camino. El esquema es reconocible: élites progresistas, inmigración descontrolada, feminismo convertido en amenaza ideológica, medios de comunicación sospechosos y organismos internacionales presentados como poderes ajenos a la soberanía nacional. No se trata únicamente de coincidencias discursivas. Es una arquitectura política similar: mantener abierta una sensación de conflicto permanente que movilice electoralmente incluso fuera de campaña.

La política deja así de ser administración para convertirse en pertenencia. Uno de los paralelismos más evidentes aparece en la inmigración. Trump levantó su carrera prometiendo muros físicos y administrativos. Vox adapta esa narrativa al contexto europeo insistiendo en el colapso fronterizo y en la incompatibilidad cultural como argumento central.

El fenómeno migratorio deja entonces de discutirse en términos laborales o demográficos, algo especialmente llamativo en países envejecidos, para presentarse como una cuestión identitaria casi existencial. El debate cambia de terreno y, con él, las soluciones posibles.

Algo parecido ocurre con el cambio climático. Trump convirtió el escepticismo ambiental en una bandera política frente a lo que denominaba imposiciones globalistas. En España, Vox ha desarrollado un discurso paralelo contra determinadas políticas climáticas europeas, asociándolas al cierre industrial o al encarecimiento energético. La transición ecológica funciona electoralmente como símbolo perfecto de interferencia exterior: Bruselas decide, el ciudadano paga.

Pero quizá donde la influencia resulta más visible es en la llamada guerra cultural. El término “woke”, prácticamente inexistente en el debate español hace pocos años, ha pasado a ocupar un lugar central en el argumentario político de la extrema derecha.

Trump descubrió que combatir conceptos difusos, corrección política, feminismo institucional, diversidad, permitía agrupar malestares distintos bajo un mismo paraguas emocional. Vox reproduce esa lógica con notable eficacia, especialmente entre sectores jóvenes desencantados con la política tradicional.

La discusión deja entonces de girar sobre salarios o vivienda y pasa a hacerlo sobre símbolos, lenguaje o identidad nacional. Un terreno mucho más inflamable y, también, mucho más rentable electoralmente.

Existe además otro elemento menos visible pero más relevante: la relación con las instituciones democráticas.

Trump inauguró una estrategia basada en cuestionar la legitimidad de árbitros y procedimientos cuando estos contradecían sus intereses políticos. Tribunales, prensa o procesos electorales entraron en sospecha permanente. En España, Vox ha desarrollado una narrativa similar al denunciar con frecuencia un supuesto sesgo estructural del sistema político, judicial o mediático.

No implica necesariamente romper con las instituciones. Al contrario. La clave está en participar en ellas mientras se erosiona su credibilidad ante los propios votantes. Una desconfianza administrada cuidadosamente.

El parecido final quizá no esté en las propuestas concretas sino en el estilo. Trump entendió antes que muchos dirigentes europeos que la política contemporánea funciona como conversación constante. Conflicto diario, titulares inmediatos, polarización sostenida.

Vox ha asumido esa lógica casi al milímetro.

Porque el trumpismo, más que una ideología cerrada, terminó convirtiéndose en algo distinto: una forma de hacer política exportable. Adaptable a sistemas parlamentarios, idiomas y contextos nacionales distintos.

España, a estas alturas, ya no parece una excepción.

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