El empleo como anomalía política

El mercado laboral mejora sin pedir permiso y deja sin discurso a una política que necesita que las cosas vayan mal para poder explicarlas

01 de Febrero de 2026
Actualizado el 02 de febrero
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El empleo como anomalía política

España termina 2025 con menos paro que ruido. No es una metáfora: es un problema político. Durante años, el mercado laboral fue el argumento final de cualquier discusión. El dato que cerraba debates, tumbaba gobiernos y justificaba reformas con cara de inevitables. Ahora no sirve para eso. Y cuando un argumento deja de servir, la política se queda sin guion.

La tasa de paro ha bajado del 10%. No pasaba desde antes de la crisis financiera. En otro momento habría sido un acontecimiento. Hoy es un dato incómodo, casi molesto. No porque sea malo, sino porque llega sin drama, sin sacrificio visible, sin relato. Simplemente está ahí. Y no hay nada que incomode más que una realidad que funciona sin pedir permiso.

Los ocupados superan los 22,4 millones, la población activa roza los 25 millones y los contratos indefinidos crecen a un ritmo que hace cinco años se habría considerado propaganda. Pero no es propaganda. Tampoco es un rebote ni un espejismo postpandémico. Es persistente. Y lo persistente, en política, acaba siendo sospechoso.

El problema de que las cosas funcionen

Hay algo inquietante en que el empleo mejore sin que nadie sepa cómo discutirlo. Más de 16 millones de personas tienen contrato indefinido. La temporalidad cae a niveles que antes solo aparecían en comparativas europeas que siempre perdíamos. Y el reparto del empleo entre hombres y mujeres empieza, por primera vez, a parecerse a un país normal. Eso debería ser una buena noticia. Y lo es. Pero también es un problema narrativo.

Porque la precariedad era un relato útil. Explicaba el malestar, justificaba la resignación y mantenía a la gente en modo supervivencia. Cuando la precariedad deja de ser norma, pasan cosas raras: la gente planifica, protesta menos por miedo y vota con más calma. Y eso descoloca a quienes preferían un electorado agradecido por cualquier migaja.

El paro juvenil sigue siendo alto, sí. Pero marca mínimos desde la crisis financiera. Los hogares con todos sus miembros ocupados superan los 12 millones. Los hogares con todos en paro caen a niveles de hace casi veinte años. No son titulares de apertura, pero son estructura. Y la estructura es lo único que, cuando cambia, cambia de verdad.

Cuando el dato no obedece

La derecha política y mediática ha probado con todo: discutir la metodología, hablar de “calidad del empleo” sin mirar los contratos, denunciar maquillaje sin señalar el espejo. Pero el problema no es el número. Es que el número se repite. Un trimestre puede ser casual. Cuatro son una tendencia. Y una tendencia sostenida empieza a parecer una política pública, que es justo lo que algunos necesitan que no parezca.

Este mercado laboral no es perfecto, pero funciona razonablemente. Y eso obliga a revisar dogmas que parecían naturales: quizá el empleo no mejora cuando se recorta, sino cuando se regula; quizá el crecimiento no depende de abaratar despidos, sino de reducir el miedo. Ideas peligrosas en un país que convirtió la precariedad en cultura empresarial.

El dato más interesante no está arriba, sino debajo: crece la población activa. Más gente quiere trabajar porque trabajar vuelve a tener sentido. Cuando el empleo deja de ser una trampa y empieza a parecer un plan, la gente regresa. Y eso explica más cosas que muchos análisis electorales.

España entra en 2026 con menos paro que en los últimos 17 años, más empleo estable que en toda su democracia y un mercado laboral que, por primera vez, no se rompe al primer viento. La paradoja es simple: cuanto mejor funciona, más nerviosa se pone la política que necesita que no funcione. Porque hay modelos que viven del fracaso ajeno. Y cuando el fracaso desaparece, se quedan sin nada que decir.

 

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