Durante demasiado tiempo, Europa y España han tratado a Marruecos como a un socio al que había que premiar con concesiones para comprar estabilidad. Agricultura, pesca, fronteras, comercio, silencio sobre el Sáhara Occidental, tolerancia ante la presión migratoria: todo ha formado parte de un pacto implícito que descansaba en una idea tan cómoda como ingenua, la de que la prosperidad marroquí acabaría traduciéndose en moderación política. Pero el ataque (palabra que utilizó Pedro Sánchez) a Ceuta, el rearme acelerado de Rabat y la alianza cada vez más estrecha con Estados Unidos e Israel demuestran lo contrario. El apaciguamiento no ha moderado a Marruecos; lo ha fortalecido. Y cuanto más se le cede, más interpreta que puede tensar la cuerda un poco más.
La secuencia es difícil de ignorar. Mientras decenas miles de personas cruzaban a nado a las playas ceutíes, Donald Trump celebraba públicamente que una autopista en el Sáhara ocupado ilegalmente por Marruecos llevara su nombre. Mohamed VI agradecía el gesto como un reconocimiento histórico del territorio como parte de Marruecos. Cuatro días después, Pedro Sánchez se veía obligado a recordar algo que debería haber sido obvio y que, sin embargo, hoy suena casi defensivo: “Ceuta es una ciudad española”. La obviedad tiene su propia tragedia, porque esa frase, pronunciada como si fuera una línea roja indiscutible, revela que ya no estamos en el terreno de los consensos tácitos, sino en el de las reafirmaciones urgentes.
En la política exterior de España, el gran giro fue el reconocimiento de facto de la posición marroquí sobre el Sáhara Occidental, una decisión que Sánchez tomó sin el Parlamento y sin la oposición, rompiendo el equilibrio tradicional de la diplomacia española. Desde entonces, Marruecos ha entendido que la relación bilateral puede ser empujada en su favor con muy bajo coste. Primero obtuvo lo que quería en el Sáhara; después ha vuelto a colocar en la mesa la cuestión de Ceuta y Melilla. Próximamente, serán las Islas Canarias. La prensa oficialista marroquí ya habla con una naturalidad inquietante de Sebta (nombre que en Marruecos se le da a Ceuta), como si el siguiente paso de la geopolítica fuera una simple cuestión de tiempo. La realidad es más incómoda: España ha ido entregando piezas de su posición sin recibir a cambio una moderación duradera.
La lección es clara. Marruecos no rompe el contrato por accidente; lo rompe cuando el contrato deja de exigirle disciplina. Durante años, el intercambio tácito consistía en una combinación de prosperidad económica, acceso privilegiado al mercado europeo y tolerancia política a cambio de control migratorio y respeto a las fronteras. Ese acuerdo funcionó mientras Rabat necesitó parecer previsible. Pero hoy ese patrón se ha agotado. Marruecos ha descubierto que puede combinar la presión fronteriza con el crecimiento económico, la diplomacia con la coerción y la búsqueda de reconocimiento con una política exterior cada vez más dura. Si España y la UE siguen respondiendo con más concesiones, no estarán comprando estabilidad; estarán financiando el próximo ataque.
La razón por la que el apaciguamiento fracasa no es solo política, sino estructural. Marruecos ya no depende del viejo relato del país pobre que busca supervivencia. Ha pasado de una economía agraria de subsistencia a un agente exportador muy eficaz, profundamente integrado en la cadena de valor europea. Su PIB ha crecido con fuerza en dos décadas y su composición económica se ha transformado: la automoción, la energía, los componentes industriales y la logística han sustituido el peso relativo de sectores más tradicionales. Tánger Med, sus zonas francas y su capacidad de atraer inversión extranjera han convertido al país en un nodo de producción muy competitivo. Es decir, Marruecos se ha hecho más fuerte, pero no necesariamente más conciliador.
Esa fortaleza económica, sin embargo, no ha generado un incentivo automático hacia la moderación. Al contrario: ha dado a Rabat más margen para exigir más. La Unión Europea sigue absorbiendo la mayoría de sus exportaciones, con España y Francia como destinos centrales, y buena parte del milagro marroquí se apoya precisamente en esa relación privilegiada con el mercado europeo. El problema es que España y Bruselas han convertido esa dependencia en una coartada para seguir comprando tranquilidad a base de cesiones. La teoría era sencilla: si Marruecos vende mucho a Europa, tendrá interés en no desestabilizarla. La práctica ha demostrado otra cosa: también puede usar su interdependencia para condicionar a sus clientes.
En este punto, el rearme marroquí cambia por completo el cálculo estratégico. Durante la última década, Rabat ha invertido con una lógica clara: adquirir capacidades que le permitan proyectar fuerza, disuadir a sus rivales y mejorar su posición negociadora con España, Argelia y el conjunto del entorno mediterráneo. Los sistemas que ha incorporado (Apache, HIMARS, ATACMS, Barak-MX, drones israelíes, submarinos en estudio y cazas F-35) no son solo piezas de un inventario más moderno. Son instrumentos de una arquitectura militar que se orienta a la superioridad regional y a la capacidad de acceso negado, es decir, a impedir o dificultar que otro actor imponga libremente su voluntad en el espacio de interés marroquí.
La participación de Estados Unidos e Israel en ese proceso es decisiva. Washington proporciona respaldo político y acceso tecnológico; Tel Aviv aporta sistemas, inteligencia, doctrina y una relación de cooperación militar que eleva de forma cualitativa la capacidad de Rabat. El resultado es un Marruecos que ya no solo compra armas: compra posición, credibilidad y autonomía operacional. Si a eso se suma la compra de los F-35, la perspectiva para España cambia de categoría. Ya no hablamos de un vecino inquieto, sino de una potencia regional que puede hacer sombra a las capacidades españolas en ámbitos concretos, sobre todo si la comparación se hace en el Mediterráneo occidental y en la frontera sur.
La pregunta, entonces, no es si Marruecos tiene derecho a modernizar sus Fuerzas Armadas. Lo tiene. La pregunta es si España y la UE pueden seguir leyendo esa modernización como una invitación a la cooperación o si deben entenderla como una advertencia. Porque cuando un país que ya emplea la presión migratoria como herramienta política se rearma con alta tecnología estadounidense e israelí, el margen para la ingenuidad se evapora. La combinación de coerción híbrida y rearme convencional no es un detalle. Es una señal de intención.
El ataque a Ceuta ha demostrado, además, que la presión migratoria no es un asunto separado del poder militar y económico. Es su prolongación en otra esfera. Marruecos sabe que la frontera es el punto donde España es más vulnerable, y sabe también que cada crisis migratoria tiene efectos que van más allá de la gestión humanitaria. Deteriora la imagen del gobierno de turno, desordena el debate europeo, enfrenta a los socios de la UE entre sí y obliga a España a justificar su capacidad para controlar una frontera que es al mismo tiempo nacional y europea. Si eso coincide con la consolidación de una potencia económica y la adquisición de medios militares avanzados, el resultado es un escenario donde el apaciguamiento ya no compra estabilidad; solo pospone la próxima crisis.
La retórica europea de la “prosperidad marroquí” como bien compartido ha perdido eficacia porque ya no explica el comportamiento de Rabat. Sí, Marruecos exporta más, produce más, atrae más inversión y está mejor integrado en las cadenas industriales europeas que hace veinte años. Pero esa prosperidad no se traduce en una convergencia de valores ni en una reducción de su ambición territorial y geopolítica. La calidad institucional sigue siendo frágil, la sociedad civil ha retrocedido en influencia y el poder real sigue concentrado en una élite estrechamente vinculada a la monarquía. El progreso económico existe, pero no ha domesticado al régimen.
Por eso España y la Unión Europea deben abandonar la idea de que el objetivo principal es “gestionar” a Marruecos con paciencia. Ese enfoque ha sido útil para evitar rupturas abruptas, pero no para corregir el patrón de fondo. Cada vez que se premia a Rabat con concesiones, el mensaje que recibe es que la presión funciona. Y cuando la presión funciona, se convierte en rutina. El resultado no es una vecindad más estable, sino una vecindad en la que el vecino aprende que siempre puede subir la apuesta un poco más.
Frente a eso, la única respuesta racional es una combinación de firmeza económica, claridad política y capacidad de disuasión. España no necesita buscar la confrontación por gusto, pero sí dejar de replegarse cada vez que Marruecos avanza. La UE tampoco puede seguir subvencionando la integración marroquí mientras Rabat explota su posición para erosionar la frontera sur europea. Si el comercio con Europa es el gran motor de la economía marroquí, entonces Europa dispone de influencia real. Lo que no puede hacer es usarla para comprar calma temporal. Debe usarla para fijar límites.
La frontera, al final, es una prueba de poder. Y en esa prueba España ha cedido demasiado. El Sáhara ya fue el primer gran aviso. Ceuta y Melilla son el siguiente. Si Europa sigue premiando la ambigüedad marroquí con más cooperación y menos exigencia, acabará descubriendo que la prosperidad de Rabat no ha comprado estabilidad, sino capacidad de chantaje. Y cuando un país se rearma, se integra económicamente y aprende que la presión funciona, el apaciguamiento deja de ser pragmatismo. Pasa a ser una forma elegante de rendición.
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