La política española lleva décadas funcionando con una máxima no escrita pero ampliamente compartida entre quienes la practican: en el sanchismo, la lealtad tiene precio y ese precio lo fija siempre quien ostenta el poder. Pedro Sánchez ha demostrado a lo largo de su trayectoria política una capacidad singular para anteponer su supervivencia a cualquier vínculo sentimental o histórico, y el caso de las joyas de José Luis Rodríguez Zapatero podría convertirse en la prueba de fuego más exigente de esa doctrina.
El hallazgo de 103 piezas de lujo valoradas en 1,3 millones de euros en una caja fuerte oculta en el despacho del expresidente, durante un registro de la Unidad de Delitos Económicos y Financieros, ha desencadenado una crisis política de consecuencias aún impredecibles. No porque la justicia haya dictado ninguna condena, sino porque el daño se está produciendo en el único terreno que verdaderamente importa en la política contemporánea: el de la percepción pública.
El arma disciplinaria que el PSOE tiene
Lo que pocos recuerdan en medio del fragor mediático es que el PSOE dispone de una arquitectura disciplinaria perfectamente articulada para hacer frente a situaciones como la que protagoniza Zapatero. Su Código Ético interno prohíbe de manera explícita que cualquier afiliado acepte regalos, obsequios o favores procedentes de personas relacionadas con su actividad política cuando puedan generar un conflicto de interés. La norma no distingue entre militantes de base y expresidentes del Gobierno. La letra es clara, aunque su aplicación depende de una voluntad política que, hasta ahora, brilla por su ausencia. El momento llegará cuando Sánchez se sienta acorralado. Entonces se vuelve peligroso y no duda en activar la guillotina.
El régimen disciplinario del partido va más lejos. Las faltas graves pueden castigarse con la suspensión de militancia de hasta dieciocho meses, mientras que las consideradas muy graves pueden suponer una sanción de entre dieciocho meses y tres años, acompañada de inhabilitaciones para ejercer cargos orgánicos o públicos. Son instrumentos que existen, que están escritos y que el partido podría activar si algún día Sánchez considerara que el coste de no hacerlo supera al de hacerlo.
Esa ecuación, y no la justicia interna ni los principios éticos, es la que en última instancia determina el comportamiento de Sánchez ante este tipo de crisis.
Zapatero, el referente moral que se convirtió en problema
Durante años, Zapatero ha ejercido como conciencia moral del socialismo español. Su figura era convocada cada vez que el PSOE necesitaba recordar que alguna vez tuvo un relato de transparencia y buen gobierno creíble. El propio Sánchez lo utilizó como aval simbólico en momentos de debilidad. Ahora, esa misma figura se ha convertido en una carga que el sanchismo no sabe cómo gestionar sin herirse a sí mismo.
La paradoja es especialmente cruel porque fue el propio Zapatero quien en 2005 aprobó un Código de Buen Gobierno que obligaba a los altos cargos a ceder al patrimonio del Estado los regalos de mayor significación institucional. Ese código, publicado en el BOE, recogía en su punto sexto el compromiso explícito de rechazar cualquier obsequio que fuera más allá de los usos habituales de cortesía. Décadas después, el juez del caso Plus Ultra abre una pieza separada ante la ausencia de trazabilidad fiscal sobre unas joyas que, según la versión más reciente del expresidente, serían un regalo del rey Abdullah de Arabia Saudí en 2007.
Al margen del desenlace penal, y aunque los expertos en transparencia señalan que el código de 2005 no tenía carácter jurídicamente vinculante, el daño político es de una naturaleza diferente: Zapatero está incumpliendo su propia doctrina.
Sánchez y el cálculo frío del sacrificio político
Quienes conocen bien a Pedro Sánchez advierten de algo que sus adversarios suelen subestimar: su capacidad para tomar decisiones políticamente dolorosas cuando el escenario le obliga a ello. Se trata de una mezcla de crueldad ideológica y pragmatismo radical que ha marcado toda su carrera, desde su primera victoria interna en el PSOE hasta su ascensión al poder tras la moción de censura. Sánchez no es sentimental cuando se trata de supervivencia política.
El problema con Zapatero es que el coste del sacrificio todavía no está claro. Abrirle un expediente disciplinario o suspenderle la militancia podría reportar beneficios concretos, como desactivar el argumento de la oposición y recuperar cierta credibilidad en el discurso de regeneración democrática que el Gobierno necesita para sobrevivir. Pero también implicaría reconocer implícitamente que algo grave ha ocurrido en la casa socialista y abrir una herida interna de consecuencias difíciles de calcular.
Por eso Sánchez, de momento, opta por una estrategia de contención que combina la defensa cerrada del expresidente con el lanzamiento de balones fuera hacia Aznar, González o cualquier otro expresidente del PP. La portavoz del partido reiteró que Zapatero seguirá siendo "un gran referente moral", mientras la dirigente valenciana Diana Morant se preguntaba públicamente qué joyas tendría Aznar, en un ejercicio de y tú más que evidencia la ausencia de una respuesta política sólida.
El silencio que acusa
Lo que más daño está haciendo a Zapatero no es la investigación judicial, sino su propio silencio. Que el expresidente se negara a despejar dudas en su primer interrogatorio ante el juez Calama, y que haya admitido no tener documentación para acreditar el origen de las joyas (ahora la está buscando), alimenta una narrativa de opacidad que choca frontalmente con la imagen de transparencia que él mismo contribuyó a construir durante su mandato.
El propio Zapatero lo reconoció en un comunicado que resulta revelador: "Lo más doloroso es saber que mucha gente puede sentirse defraudada si cree las cosas que se afirman de mí". La frase, leída entre líneas, contiene una lucidez política infrecuente. El expresidente sabe que el juicio que verdaderamente importa no se celebra en la Audiencia Nacional, sino en la opinión pública, en la propia militancia socialista y sanchista que lo idolatró, y que ese tribunal ya ha empezado a deliberar.
La lealtad se vuelve un lujo político
La cuestión que flota sobre Ferraz no es si Zapatero es culpable. Eso lo determinará la justicia. La pregunta real es cuánto tiempo puede permitirse Sánchez seguir pagando el coste político de defenderle sin que esa defensa se convierta en un lastre. Y en esa ecuación, la historia del sanchismo ofrece pocas garantías de lealtad incondicional.
El PSOE tiene los mecanismos. Tiene el Código Ético. Tiene el régimen disciplinario. Tiene la capacidad de abrir expedientes y suspender militancias. Lo que aún no ha calculado Pedro Sánchez es si el momento político en que activar esas herramientas ha llegado, o si todavía merece la pena seguir apostando por un expresidente cuya figura, que durante años fue un activo, comienza a parecerse cada vez más a un pasivo que el partido no puede permitirse sostener indefinidamente.
En política, como en tantas otras cosas, la lealtad es una inversión. Y Sánchez, mejor que nadie, sabe cuándo una inversión ha dejado de ser rentable.