Pedro Sánchez, atrapado en su propia trampa

La reacción ante las causas judiciales abiertas y las votaciones perdidas en el Parlamento, además de las tensiones crecientes con alguno de sus socios, podrían indicar que se prepara una nueva campaña de victimismo de cara a un posible adelanto electoral

29 de Noviembre de 2025
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Pedro Sanchez victimismo
Pedro Sánchez, en el Congreso de los Diputados | Foto: PSOE

El papel de víctima ha sido una constante en la trayectoria política de Pedro Sánchez. Desde los primeros pasos de su carrera hasta la presidencia del Gobierno, el líder socialista ha sabido presentarse como un resistente conspicuo frente a adversidades políticas, conspiraciones internas y ataques externos. Hoy, con un adelanto electoral como una opción previsible, este recurso retórico se está estructurando de manera más sistemática: el victimismo se erige como eje de comunicación, estrategia de marketing político y blindaje mediático. Pero las señales sugieren que, en 2025, esta fórmula afronta límites claros, tanto en términos de movilización electoral como frente al escrutinio jurídico.

El victimismo judicial

En los últimos meses, Sánchez ha enfatizado, de manera creciente, la narrativa de que su gobierno y su entorno familiar son objeto de una ofensiva judicial. Las causas que afectan a su esposa, Begoña Gómez, y a su hermano, David Sánchez, han sido presentadas, en distintas intervenciones públicas y mediáticas, como parte de un supuesto lawfare dirigido a minar su liderazgo. A ello se suman investigaciones vinculadas a decisiones gubernamentales, que se interpretan en Moncloa como intentos de desestabilizar la acción política del Ejecutivo.

En términos de marketing político, este victimismo tiene un doble objetivo: generar simpatía entre la base electoral y proyectar la idea de que cualquier crítica a su gestión tiene motivaciones persecutorias. Sin embargo, la acumulación de indicios en las investigaciones judiciales y policiales, que avanzan con ritmo constante y con documentación probatoria cada vez más sólida, plantea un horizonte distinto: no se trata de persecución política, sino de procedimientos legales.

Victimismo parlamentario

El control parlamentario del Gobierno se ha reducido a un equilibrio tan frágil que ahora se encuentra en minoría, tal y como se pudo comprobar en la última votación sobre la senda del déficit. Sánchez ha empleado esta situación como un recurso narrativo: la precariedad parlamentaria se convierte en símbolo de resistencia frente a un Congreso hostil. En discursos y entrevistas, se subraya la dificultad de gobernar con apoyos limitados, con coaliciones tensas y bloqueos legislativos constantes.

Este victimismo parlamentario busca trasladar al electorado la percepción de un líder acosado por las circunstancias institucionales, reforzando la narrativa de sacrificio personal por el bien común. Sin embargo, el cálculo político es arriesgado: la percepción de vulnerabilidad puede generar empatía, pero también proyecta una imagen de debilidad e incapacidad para construir consensos, un riesgo en un contexto electoral fragmentado.

Extrema derecha y la conspiración

Otro eje central de la estrategia comunicativa de Sánchez, que enlaza con las estrategias del populismo trumpista, es la construcción de un enemigo externo potente: la extrema derecha. La narrativa del sanchismo sostiene que existe una campaña de acoso sistemático, coordinada con medios de comunicación y ciertos sectores políticos, destinada a desestabilizar al Gobierno.

Al presentar a la extrema derecha como amenaza omnipresente, Sánchez no solo busca movilizar a su electorado tradicional, sino también consolidar una imagen de líder bajo ataque constante, reforzando la sensación de urgencia política y de necesidad de cohesión en torno a su figura. El riesgo, no obstante, es que esta retórica de conspiración es tan repetitiva y que pierde efectividad, especialmente entre votantes críticos que buscan que las propuestas se conviertan en hechos más allá de la dramatización de la confrontación.

Oposición y tensiones en el PSOE

Sánchez también ha utilizado el victimismo frente a los desafíos internos. La creciente (aunque soterrada) oposición dentro del partido, con voces críticas que cuestionan su estrategia y su liderazgo, se interpreta públicamente como un acto de deslealtad frente al proyecto sanchista.

Históricamente, Sánchez ha sabido convertir estas tensiones internas en relatos de resistencia heroica: cada desafío es presentado como un intento de socavar su autoridad, y su respuesta autoritaria como demostración de firmeza frente a intereses particulares. Esta narrativa refuerza su imagen de superviviente, pero va desgastando su credibilidad si la militancia se quita la venda y descubre que la fragmentación no es un ataque, sino un síntoma de gestión cuestionable.

Victimismo como marketing político

En conjunto, el victimismo actúa como una herramienta de marketing político: personaliza los conflictos, genera dramatismo y busca movilizar emociones más que razonamientos. El mensaje es claro: Sánchez afronta adversidades que van desde amenazas judiciales hasta conspiraciones políticas y mediáticas, y su liderazgo se define por la resistencia frente a estas fuerzas.

No es un fenómeno nuevo en la trayectoria del presidente. Desde su primer liderazgo del PSOE, pasando por su derrocamiento interno en 2016 y su posterior ascenso de la mano de José Luis Ábalos y Santos Cerdán, Sánchez ha cultivado consistentemente la narrativa del obstáculo externo que lo define. Su imagen de “resistente conspicuo” ha sido central para consolidar apoyos, proyectar fuerza y justificar decisiones polémicas.

Los límites del victimismo

Sin embargo, en la coyuntura actual, esta estrategia muestra signos de desgaste. Entre los votantes de izquierdas, el recurso al victimismo ha perdido capacidad de movilización. La percepción de que cada crítica se responde con dramatización y acusaciones de persecución genera fatiga, y sectores del progresismo ciudadano exigen claridad, propuestas y resultados concretos.

La estrategia del victimismo, que durante años funcionó como catalizador emocional, se enfrenta hoy a un electorado más crítico, informado y exigente. La repetición constante de la narrativa de ataque externo y conspiración corre el riesgo de ser percibida como artificiosa, debilitando la imagen de liderazgo que busca reforzar.

Análisis judicial cada vez más débil

Desde el punto de vista jurídico, las causas que afectan al entorno de Sánchez presentan un patrón preocupante para su narrativa de persecución política. Contrariamente a lo que sugiere la teoría del lawfare, los indicios recopilados en las investigaciones judiciales y policiales muestran una solidez creciente, sobre todo en los distintos casos que rodean el caso Koldo.

Las diligencias avanzan con documentación, testigos y pruebas materiales que apuntan a posibles irregularidades. A medida que los procesos progresan, se debilita el argumento de persecución política y aumenta la probabilidad de que los tribunales emitan resoluciones contrarias a los intereses del presidente. La evidencia indica que la acusación de lawfare funciona más como recurso político que como interpretación sustentada en hechos, y que el desenlace judicial podría desafiar la narrativa del victimismo.

El riesgo jurídico no es abstracto: afecta directamente la credibilidad política de Sánchez. Una estrategia basada en victimismo frente a causas judiciales con indicios sólidos corre el riesgo de ser percibida como manipulación, erosionando apoyos y reforzando la percepción de que las acusaciones no se deben a persecución, sino a comportamientos investigados con fundamentos.

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