Existe un experimento mental que los politólogos anglosajones han bautizado informalmente como el "test del escándalo comparado". Consiste en preguntarse qué le habría ocurrido a cualquier otro presidente europeo si se le hubieran abierto la cantidad ingente de causas judiciales que, en algunos casos, afectan a su entorno familiar. La respuesta, en el caso del Reino Unido, Alemania, Francia o los Países Bajos, es inequívoca: dimisión antes de que la tinta del informe se secara. En el caso de Pedro Sánchez, la respuesta es distinta: una carta a la ciudadanía, cinco días de retiro espiritual en Moncloa y una comparecencia solemne en la que el vuelve a colocarse como víctima, tal y como hizo cuando el PSOE (en la época en la que el Partido Socialista tenía poder de decisión, actuación y acción, poderes que Sánchez se encargó de destruir para blindarse) le puso de patitas en la calle.
La maquinaria de resistencia política que ha construido Sánchez no tiene precedentes en la democracia española y tiene muy pocos en el contexto europeo. No es resiliencia. Es algo cualitativamente distinto: la capacidad de transformar cada golpe en oxígeno, cada informe judicial en prueba de la conspiración, cada dimisión reclamada en evidencia del acoso de la derecha mediática. Una alquimia política que haría palidecer de envidia a los más curtidos líderes del populismo de extrema derecha y de extrema izquierda.
"Lo que en Londres, Berlín o París habría durado cuarenta y ocho horas, en Madrid se convierte en un relato de resistencia heroica frente a las supuestas cloacas del Estado."
El caso Leire Díez habría bastado en cualquier democracia consolidada de nuestro entorno para activar el protocolo de salida ordenada. No la caída en desgracia, no el juicio sumario en la plaza pública, sino simplemente el reconocimiento de que la acumulación de sospechas con fundamento judicial hace insostenible la posición institucional del presidente. Sánchez, en cambio, ha demostrado que la insostenibilidad es un concepto negociable sobre todo cuando se tiene la garantía de que alguien habrá que convierta la saga en un capítulo más del heroísmo resistente.
La teoría de la conspiración que ya no cuadra
Durante años, el relato oficial del sanchismo ha descansado sobre una arquitectura conceptual aparentemente sólida: existe una trama organizada, integrada por jueces conservadores, fiscales afines a la derecha, policías politizados, políticos de la derecha y de la ultraderecha y medios de comunicación hostiles, cuyo objetivo único y obsesivo es derribar al Gobierno legítimamente elegido. La trama existe. La trama actúa. La trama es España, o al menos la España que no acepta el resultado de las urnas. Ese es el mensaje que se repite una y otra vez.
El problema, cada vez más evidente, es que los folios de la Guardia Civil no los escribe la trama. Los escribe la Guardia Civil que, hay que recordar, tiene presunción de veracidad y ha encontrado indicios de algo más prosaico: contratos, correos, recomendaciones, influencias ejercidas desde la proximidad al poder. El tipo de documentación que, en otros tiempos no tan lejanos, el propio Partido Socialista esgrimió con contundencia moral para exigir la dimisión de presidentes del Partido Popular.
Conviene recordarlo porque la memoria histórica, aplicada a la política contemporánea, resulta sumamente ilustrativa. Cuando la UDEF y la Audiencia Nacional destaparon los grandes casos de corrupción del PP (Gürtel, Bárcenas, los sobresueldos en B, etc.), el entonces líder de la oposición Pedro Sánchez no habló de tramas judiciales ni de policías politizados. Habló de regeneración democrática. Exigió dimisiones. Creyó a pies juntillas los informes de los mismos cuerpos de seguridad cuya fiabilidad hoy pone sistemáticamente en cuestión. La coherencia, como la conspiración, es un concepto muy elástico en el universo sanchista.
"Cuando la UDEF investigaba al PP, sus informes eran la verdad. Ahora que investigan al entorno de Sánchez, a exministros o al PSOE, son la trama. La credibilidad de un organismo del Estado no debería depender de a quién investiga."
Las pruebas acumuladas en distintas causas judiciales han ido debilitando progresivamente la coherencia del relato conspiratorio. No porque los jueces sean impecables, que en España no lo son sobre todo en las instancias superiores, sino porque la magnitud de lo documentado ya no cabe en el marco de la persecución política. Cuando son decenas de miles de folios elaborados por peritos de distintos cuerpos, en distintas causas, con distintos instructores, el argumento de la confabulación empieza a necesitar tantos conspiradores que la conspiración resulta estadísticamente improbable. Las conspiraciones reales, como cualquier secreto bien guardado, no involucran a miles de funcionarios.
El problema del después: nadie espera en la puerta
Pero hay una dimensión del análisis que los comentaristas políticos abordan con menos frecuencia que los escándalos judiciales, y que sin embargo podría ser la clave explicativa más honesta de la resistencia sanchista: Pedro Sánchez no tiene adónde ir. Cuando fue justamente defenestrado en 2016, fue incapaz de encontrar trabajo en el sector privado, tanto en España como en el extranjero.
No se trata de un juicio de valor sino de una descripción del mercado laboral. El currículum del presidente, fuera de la política, es brevísimo. Su experiencia profesional privada de mayor entidad se reduce a aproximadamente medio año de docencia como suplente en la Universidad Camilo José Cela, institución privada de Madrid, antes de que su carrera política absorbiera toda su energía y tiempo. No es una trayectoria que abra muchas puertas en los consejos de administración de las grandes corporaciones nacionales o multinacionales.
Y esas puertas, las que podría haber abierto su paso por la Presidencia del Gobierno, él mismo se ha encargado de cerrarlas con particular entusiasmo. Sánchez ha mantenido una relación tormentosa con prácticamente todos los sectores empresariales de relevancia: la banca, las energéticas, las grandes constructoras, las plataformas tecnológicas, los medios privados de comunicación. La retórica del enfrentamiento con los poderes económicos, tan útil electoralmente, genera un rastro de animadversión corporativa que se convierte en un problema concreto cuando llega el momento de pasar de la tribuna parlamentaria al despacho ejecutivo.
El circuito habitual de salida para los ex presidentes europeos (consejos de organismos supranacionales, puestos en instituciones de la Unión Europea, cargos en la estructura de la OTAN) tampoco se presenta como una opción cómoda. Sus posicionamientos sobre la ampliación de la OTAN o el incremento del gasto militar, sus equilibrios geopolíticos con actores que generan incomodidad en Bruselas y Washington, y su estilo de liderazgo, que no siempre ha cultivado la discreción que agradecen las instituciones internacionales, han generado un capital de recelo difícil de convertir en una candidatura institucional competitiva.
"Un ex presidente con medio año de experiencia privada, enfrentado a todos los sectores empresariales y con vetos en los organismos internacionales, tiene muy pocas razones para entregar las llaves de Moncloa voluntariamente."
La conclusión, expresada con la frialdad del análisis, es la siguiente: para Sánchez, Moncloa no es solo el poder. Es también la protección. Es el único entorno en el que su trayectoria tiene valor de mercado, en el que su experiencia resulta directamente aplicable y en el que su red de relaciones funciona como activo y no como pasivo. Abandonarla voluntariamente, en ausencia de una alternativa laboral y vital estructurada, no es solo una derrota política. Es un salto al vacío profesional.
Resistir es la única estrategia
Todo ello configura un panorama en el que la dimisión voluntaria resulta estructuralmente imposible, independientemente del volumen de folios judiciales, del número de escándalos que se acumulen o de la presión que ejerzan la oposición parlamentaria o la ciudadanía movilizada. No porque Sánchez sea un político sin escrúpulos, que sus actos muestran que lo es, sino porque su arquitectura de supervivencia ha sido construida sobre la premisa de que no existe plan B.
Los que esperaban que el peso de los expedientes judiciales doblegara su voluntad de permanencia llevan años equivocándose en el mismo sentido. Sánchez ha sobrevivido a su propio partido, a mociones de censura, a elecciones que perdió, a escándalos que habrían liquidado a cualquier líder de su entorno geopolítico y a niveles de desgaste que los politólogos consideraban incompatibles con la continuidad en el cargo. Seguirá sobreviviendo porque resistir no es para él una táctica. Es la única estrategia que conoce y, paradójicamente, la única que le funciona.