El 12 de mayo, Florentino Pérez convocó una rueda de prensa urgente y pronunció la frase con la que llevaba semanas torturando a sus asesores de comunicación: "Lamento decirles que no voy a dimitir". Aquel "lamento" inicial, de una generosidad con el humor involuntario que pocas veces se ve a este nivel, resumía con perfecta economía el dilema del Real Madrid en 2026. El club más laureado del mundo terminaba por segunda temporada consecutiva sin un solo título, con un vestuario que llegó a las manos, un Barcelona campeón con catorce puntos de ventaja y una plantilla valorada en 1.360 millones de euros que resultó ser la más cara en quedar en blanco en la historia del fútbol. Y el presidente, lejos de irse, convocaba elecciones para seguir.
Lo que vino después fue digno del club: las primeras elecciones disputadas en veinte años, las primeras desde aquel lejano 2006 que expulsó brevemente a Florentino para que regresara en 2009 y no se moviera nunca más, concluyeron con una papeleta que el socio madridista debe ahora atravesar con la convicción de que cualquiera de las dos opciones disponibles tiene más de problema que de solución. De un lado, el presidente que lleva un cuarto de siglo confundiendo el club con su propiedad personal y que ha anunciado como gran baza de su proyecto a un entrenador que lleva once años sin ganar una liga nacional y que fue despedido del Fenerbaçe por no lograr clasificarse para la Champions.
La primera persona del singular
Existe un síntoma infalible del deterioro que provoca el poder sin límite temporal en cualquier institución: el uso sistemático de la primera persona del singular donde debería estar el plural. Florentino Pérez lleva años deslizando ese síntoma en sus intervenciones públicas con la naturalidad de quien ya no distingue entre él y el club. El caso más ilustrativo es su referencia al caso Negreira en la rueda de prensa, cuando dijo: "Yo llevo aquí no sé cuántas temporadas y solo he ganado siete Copas de Europa y siete Ligas, que podían ser 14 porque me las han robado". Ese "he ganado" y ese "me las han robado" son de una elocuencia que ningún analista político podría fabricar en un laboratorio. Los títulos son suyos. Los robos los ha sufrido él. El Real Madrid, en ese discurso, es un complemento circunstancial.
No es un lapsus ni una licencia retórica. Es la lógica natural de un mandato que empezó en el año 2000, que solo tuvo tres años de interrupción entre 2006 y 2009, y que suma ya más de dos décadas de presidencia ininterrumpida. Los mandatos excesivamente largos generan en sus titulares una sensación de propiedad que no es ideológica sino estructural: ocurre en los partidos políticos, en las federaciones deportivas y en los clubes de fútbol con idéntica mecánica. El presidente deja de ver la institución como algo que se le confía temporalmente y empieza a verla como algo que le pertenece, con todo lo que eso implica en términos de resistencia a la crítica, impermeabilidad al cambio y tendencia a interpretar cualquier cuestionamiento como una agresión personal.
La temporada 2025-26 es la quinta vez en lo que va de siglo que el Real Madrid termina sin grandes títulos. La plantilla más cara del mundo (1.360 millones de euros, según Transfermarkt) cerró el curso con cero trofeos y catorce puntos por debajo del Barcelona en LaLiga.
El Real Madrid lleva dos temporadas sin títulos. La anterior sin títulos importante fue 2020-21, bajo la presidencia del mismo Florentino Pérez. El club tiene un vestuario en el que se han producido peleas entre compañeros, broncas, empujones y dos entrenadores sucesivos (Xabi Alonso, al que no dejaron desarrollar un proyecto futbolístico muy sólido por el capricho de un jugador y Álvaro Arbeloa, un parche sin experiencia en la élite que no mejoró los resultados del tolosarra) que han salido del cargo con la sensación de haber sido desbordados por un grupo de jugadores que nadie logró unir. La respuesta de Florentino Pérez a dos años de colapso deportivo e institucional ha sido convocar elecciones para pedirle a los socios cuatro años más. Un hombre con más confianza en sí mismo que el Real Madrid en su propia plantilla.
"Cuando dices 'me han robado siete ligas', ya no estás siendo el presidente de un club. Estás siendo el dueño de una colección."
Mourinho, el regreso de lo que ya no funciona
Frente al eterno presidente, Florentino ha situado su gran argumento de campaña: José Mourinho como futuro entrenador. El anuncio llegó, con ese sentido del espectáculo que pocas veces abandona al presidente, en el preciso instante en que su rival Enrique Riquelme concedía una entrevista en El Hormiguero en la que anunció el fichaje del mejor delantero del mundo, el noruego Erling Haaland. Un vídeo de la candidatura de Florentino, la imagen de Mourinho con camiseta del Real Madrid y el lema "Moucha historia por hacer". La jugada era doblemente audaz: robaba la atención mediática del rival y prometía a los socios lo que la nostalgia tiende a percibir como una solución.
La nostalgia es comprensible. Mourinho estuvo en el Madrid entre 2010 y 2013 y ganó sólo una Liga, una Copa del Rey y una Supercopa de España. Son títulos reales. El problema es que aquello ocurrió hace trece años y la trayectoria posterior del técnico portugués ofrece poco argumento para el optimismo. Mourinho lleva más de once años sin ganar una liga nacional en ningún país. Su última Premier League fue con el Chelsea en 2015. Después vinieron dos etapas en el mismo club con resultados decepcionantes, el Tottenham sin títulos, la Roma con una Conference League que nadie consideraba el horizonte máximo del club, el Fenerbahçe donde acabó segundo en la liga turca sin ganar ni un solo encuentro ante los dos rivales históricos del campeonato (Besiktas y Galatasaray), y el despido fulminante en agosto de 2025 después de que su siguiente equipo le eliminara de la Champions. El club que le eliminó era el Benfica. Y el Benfica, apreciando la ironía del fútbol, lo contrató tres semanas después.
Mourinho fue despedido del Fenerbahçe en agosto de 2025 tras no lograr la clasificación para la Liga de Campeones. Era la séptima vez que un club le despedía. Su último título de liga nacional fue la Premier League con el Chelsea en la temporada 2014-15.
Hay entrenadores que evolucionan con el juego y hay entrenadores que esperan que el juego vuelva a ellos. Mourinho pertenece sin discusión posible a la segunda categoría, y el fútbol de 2026 no tiene ninguna intención de volver. Lo que en 2004, cuando revolucionó el Chelsea y luego el Inter, era una innovación táctica (el bloque bajo, la transición rápida, el control del vestuario mediante la gestión de la presión) lleva años siendo un manual antiguo en un deporte que se ha movido hacia el pressing alto, la posesión orientada y la versatilidad posicional. Los mejores equipos del mundo en 2026 no se parecen a ningún equipo de Mourinho. Y los equipos de Mourinho de los últimos años no se parecen a ningún equipo ganador.
En el Real Madrid, específicamente, Mourinho ya demostró en su etapa anterior que su modelo genera división con una eficiencia poco habitual. Los tres años, entre 2010 y 2013, incluyeron un enfrentamiento abierto con Iker Casillas, tensiones con Sergio Ramos, guerras públicas con la prensa y un ambiente de vestuario que nadie describió como ejemplar, salvo Álvaro Arbeloa. El Madrid de 2026 llega a las elecciones con un vestuario ya roto, con jugadores que se pelean a puñetazos, con egos que tres entrenadores consecutivos no pudieron gestionar. Introducir en ese escenario a un técnico cuya metodología de liderazgo se basa históricamente en el conflicto como herramienta de motivación parece una apuesta arriesgada para quien no tenga el estómago muy bien templado.
"Proponer a Mourinho como solución al caos del vestuario del Madrid de 2026 es como prescribir gasolina para apagar un incendio. Técnicamente es un líquido."
El problema que ninguno resuelve
La verdadera pregunta que las elecciones del Real Madrid dejan sin responder no es quién gana el 7 de junio. La pregunta es si alguno de los dos candidatos tiene un diagnóstico correcto del problema. Y la respuesta, examinando sus propuestas, genera dudas razonables.
Florentino Pérez ha construido su campaña sobre el argumento de que es el único que puede gestionar la institución, que su historial de títulos habla por sí solo y que los socios que le cuestionan no entienden la complejidad del modelo de club que él ha creado. Es el argumento del gestor indispensable, el mismo que usan todos los presidentes perpetuos cuando la realidad empieza a contradecirles. El historial de títulos existe, pero los títulos pertenecen a los equipos de Zidane, al trabajo de Ancelotti, al talento de Modric, de Kroos, de Cristiano Ronaldo y de Benzema: el presidente pone los recursos y toma las decisiones de fichajes, pero la confusión entre el aporte del gestor y el mérito del deportista es precisamente el problema de quien lleva demasiado tiempo en el cargo.
El candidato alternativo, el empresario Enrique Riquelme, ha presentado un proyecto con Raúl como director deportivo y Erling Haaland como gran estrella. Tiene el mérito de ser diferente pero tiene que ganarse al socio y derribar la maquinaria interna que ha implementado Florentino Pérez durante dos décadas. Pero la elección de Mourinho, un técnico en franca decadencia competitiva cuya última liga nacional la ganó cuando Vinicius Jr tenía doce años, es un gran error. La frescura institucional del cambio se contamina cuando el cambio propone como gran novedad a alguien que lleva dos décadas en el fútbol europeo sin terminar de convencer desde que dejó el Inter en 2010.
Lo que el Real Madrid necesita, con dos temporadas en blanco y un vestuario que absolutamente dividido, es probablemente algo que no está en ninguna de las dos papeletas: un proyecto de reconstrucción a largo plazo (algo que en el Madrid no es posible porque el único resultado válido es la victoria), una dirección deportiva con autonomía real, un entrenador que entienda el fútbol de 2026 y una estructura institucional donde el presidente sea el gestor de un club y no el propietario de una colección de trofeos.