El negocio del chantaje acorrala a España

Sin disparar un solo tiro, Marruecos impone sus reglas a España ante un Gobierno atado de pies y manos que da concesiones infinitas sin recibir nada a cambio

09 de Septiembre de 2026
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Sanchez Marruecos 02

Las guerras ya no empiezan con cornetas, desfiles de tanques ni declaraciones solemnes en la radio. Qué va. La geopolítica moderna se juega en terreno de sombras. Se mide en el control de las fronteras, en el estrangulamiento económico calculado y en jugar al despiste con las normas. Es la guerra híbrida de toda la vida, pero en su versión más fina: no hace falta tirar un solo tiro si consigues paralizar las instituciones del vecino y minar su moral hasta que ceda. Es en ese escenario de presiones cruzadas, la relación entre Rabat y Madrid ha alcanzado un punto crítico.

Marruecos ha ido desplegando, desde los últimos años del franquismo, un catálogo de presión milimétrico: usa los flujos migratorios como quien abre un grifo, aprieta las tuercas diplomáticas a Ceuta y Melilla, busca petróleo cerca de Canarias sin preguntar a nadie y maneja la inteligencia a su antojo. Del otro lado del Estrecho, el gobierno de Pedro Sánchez ha reaccionado siempre igual: cediendo, mirando hacia otro lado y buscando un apaciguamiento que, lejos de calmar las aguas, ha dejado al descubierto una fragilidad pasmosa.

La clave de Rabat no es que tenga un ejército deslumbrante, que no lo tiene a pesar de la propaganda del lobby marroquí. No. Su verdadera fuerza es que se conoce al dedillo los puntos débiles de la política española.., y los sabe explotar muy bien.

Saben de sobra que una democracia occidental se pone a temblar en cuanto se le colapsan los servicios de acogida o la opinión pública se enciende en el telediario de la noche. Cuando Rabat afloja la vigilancia en la valla o mira para otro lado mientras miles de personas se tiran al agua para bordear los espigones de Ceuta o saltar las vallas de Melilla, no es un despiste. Es un botón político de máxima precisión. La imagen de las vallas desbordadas llega a Madrid como un balonazo en el estómago: divide a los partidos, satura a las fuerzas de seguridad y deja al Gobierno contra las cuerdas, respondiendo tarde y mal…, cuando responde porque en la mayoría de las ocasiones la reacción es agachar las orejas y abrir nuevamente la chequera.

A eso sumémosle el goteo económico. Las aduanas comerciales que no terminan de funcionar, los cierres que se eternizan o esas zonas marítimas exclusivas que de repente se solapan con las aguas de las islas Canarias... Todo está pensado para ir ahogando poco a poco a las regiones fronterizas. Marruecos aprieta, luego se vende como el socio antiterrorista indispensable sin el que Europa no puede vivir, y finalmente exige concesiones para devolver una calma que siempre es con fecha de caducidad.

La respuesta de Moncloa ha seguido el guion clásico del apaciguamiento. Aquel giro unilateral y antidemocrático con el Sáhara Occidental, un volantazo improvisado, sin debate parlamentario ni consenso de ningún tipo, se nos vendió como el principio de una era de paz y respeto mutuo.

Pues bien, la historia demostró el 30 de julio que las concesiones a cambio de nada no compran paz; solo le bajan el precio a la siguiente exigencia. En Rabat no vieron aquel gesto como un acto de madurez diplomática, sino como la confirmación de que el chantaje funciona.

Y claro, cuando la respuesta ante los desplantes, sean las reclamaciones sobre Ceuta y Melilla, el espionaje político o los pulsos diplomáticos, es el silencio o las palabras amables, la posición del país se va agrietando. España proyecta la imagen de ser incapaz de cuidar su propia frontera sur si no le dan el visto bueno desde fuera. Es más, las declaraciones del ministro de Exteriores de ayer son la mejor muestra de que están sometidos y actúan como el negro de la casa, tal y como describió a la perfección Malcolm X en los años 60.

Mientras tanto, Marruecos ha hecho los deberes en la geopolítica internacional. Se ha abrazado fuerte a Washington y ha sellado acuerdos militares y tecnológicos de primer nivel con Israel. Una jugada redonda que deja a la diplomacia española descolocada, en una soledad bastante incómoda donde incluso la OTAN prefiere mirar para otro lado cuando se le pregunta si protegería explícitamente a Ceuta y Melilla.

El mapa que nos queda es uno donde Rabat lleva la batuta. Decide cuándo apretar las tuercas, cuándo darle un respiro al Gobierno español para que venda un titular de calma en casa y cuándo volver a aflojar el grifo.

Pero esto va mucho más allá del barro partidista de cada día. Toca el corazón mismo del Estado. Porque un país que deja la defensa de sus límites territoriales a expensas de lo que decida un vecino extranjero, termina, sin darse cuenta, perdiendo el respeto a su propia soberanía.

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