La gran novedad de la sociedad actual no es que existan los bulos, sino que ahora viajan con la velocidad de un incendio y la precisión de una maquinaria política. En los últimos episodios de fuegos en Madrid, Ávila, Toledo y Castellón, las redes sociales han operado como una cámara de combustión perfecta: concentran miedo, amplifican sospechas y convierten cualquier imagen fuera de contexto en munición ideológica. En ese ecosistema, la extrema derecha no necesita demostrar nada; le basta con sembrar duda, fijar un enemigo y convertir la confusión en relato político.
La batalla ya no se libra solo en los montes. Se libra en los teléfonos móviles, en los grupos de mensajería y en el algoritmo que premia lo polémico por encima de lo verdadero. Una imagen borrosa, un audio antiguo, un vídeo de otro país o una portada manipulada pueden activar en segundos una narrativa de saqueo, conspiración o incompetencia que, una vez instalada, resulta mucho más difícil de desmentir que de fabricar. Y ese es el terreno donde prospera la extrema derecha digital: no tanto en la verificación de hechos como en la administración del resentimiento hacia un sistema que, tras la crisis de 2008, no ha sabido dar respuesta a las necesidades de los ciudadanos.
El caso de los incendios es paradigmático porque mezcla dos combustibles muy potentes para la desinformación. Por un lado, el miedo real de la población ante un desastre visible, devastador y emocionalmente poderoso. Por otro, la complejidad técnica de la gestión forestal, la extinción y la prevención, que abre espacios para que cualquiera convierta una maniobra de bomberos en prueba de maldad institucional. Así ocurre con el llamado “fuego técnico”, una táctica de extinción que los especialistas usan para quemar combustible vegetal de manera controlada y frenar el avance de las llamas. En redes, esa maniobra se presenta como si los bomberos provocaran el incendio. La realidad se invierte en un segundo y la mentira obtiene la ventaja de la primera impresión.
Lo mismo sucede con los vídeos sacados de contexto. Un audio de un “piloto español” hablando de vecinos que no dejan usar el agua de sus piscinas no describe la situación actual en Madrid, ni siquiera ocurrió en España. El material procede de una retransmisión chilena de 2023 sobre un incendio en Yumbel. Pero la cronología no importa cuando el objetivo no es informar sino contaminar el clima emocional. En esa lógica, la veracidad es secundaria; lo importante es instalar la sensación de que “algo raro” está pasando y que las instituciones no dicen toda la verdad.
La estrategia es vieja, pero hoy es más eficaz que nunca. La extrema derecha ha entendido que la política contemporánea se define menos por convencer con argumentos que por dominar la percepción. No hace falta ganar el debate técnico sobre incendios, energía, gestión del monte o planificación territorial. Basta con convencer a una parte del público de que los medios mienten o manipulan y el Estado oculta. Desde ahí, cualquier prueba objetiva queda degradada al rango de “versión oficial”.
Los bulos sobre supuestas recalificaciones de terrenos quemados para instalar renovables o proyectos urbanísticos son un ejemplo perfecto de esta ingeniería del engaño. La legislación española no permite ese atajo de manera automática; la Ley de Montes impone restricciones, y en el caso urbanístico el plazo general es de 30 años salvo excepciones justificadas por ley. Pero en la red la complejidad jurídica se sustituye por un eslogan: “queman el campo para llenarlo de placas solares” o “incendian para construir urbanizaciones”. Esa frase, por sí sola, funciona porque conecta con un malestar auténtico: la sospecha de que el territorio se utiliza como tablero de intereses opacos. El bulo se vuelve creíble porque toca una fibra social real, aunque la conclusión sea falsa.
La misma operación se repite con los aviones Canadair. Que se diga que “los compró Franco” no es un simple error cronológico; es una pieza de propaganda que persigue otra finalidad: asociar toda capacidad material del Estado a una herencia dictatorial o, al contrario, presentar una supuesta decadencia actual sin matices. Los datos del Ministerio de Defensa son claros: los primeros aviones fueron adquiridos en los años setenta, y buena parte de la flota operativa se compró ya en democracia. Pero la precisión histórica no compite bien con la épica ideológica. En redes, la simplificación gana terreno porque ofrece una lectura instantánea y emocionalmente cargada.
Ese patrón se repite con la portada falsa atribuida a un gran diario, la supuesta noticia sobre recortes a la prevención de incendios. El montaje no solo busca atacar al Gobierno; busca destruir cualquier mediación institucional. El mensaje implícito es más profundo que la acusación concreta: “ni siquiera la prensa debe ser creída”. Ese es el gran triunfo de la extrema derecha digital: convertir la sospecha en método y el descrédito en identidad política. Una vez que todo parece manipulado, ya no hace falta presentar alternativas sólidas. El rechazo a las élites, a la prensa y a los organismos públicos se transforma en la única certeza compartida.
La desinformación también explota la ansiedad tecnológica. Cuando circulan mensajes sobre el complejo de comunicaciones de la NASA en Robledo de Chavela, destruidas supuestamente por el incendio, lo que se alimenta no es solo la exageración, sino una fantasía de catástrofe total. La agencia explicó que los daños fueron sobre todo exteriores, sin daños estructurales relevantes. Pero el rumor de que una instalación “está destrozada” se ajusta mejor al imaginario de crisis absoluta que muchas cuentas quieren promover. El objetivo no es describir el incendio; es fabricar un país a punto de colapsar.
En paralelo, aparecen acusaciones contra la Guardia Civil, los brigadistas o las organizaciones de rescate animal. Se sostiene que los bomberos “encienden fuegos”, que la Guardia Civil “no hace nada” o que una ONG “roba animales” en las zonas afectadas. Cada una de esas piezas cumple una función: romper la confianza en quienes están sobre el terreno y convertir el operativo público en un escenario de sospecha. Si el cuerpo que combate el incendio es presentado como cómplice, la autoridad deja de existir. Y sin autoridad, la red se llena de salvadores improvisados, de cuentas con miles de seguidores y de una legión de opinadores sin más legitimidad que su capacidad de viralización.
Aquí está el núcleo político del problema. La extrema derecha no utiliza las redes solo para difundir mensajes; las usa para desordenar el espacio público. Su ventaja no consiste en tener más verdad, sino en explotar mejor la lógica emocional del algoritmo. Las plataformas no premian la complejidad, sino el impacto. Y nada impacta más que una injusticia supuesta, una traición imaginaria o un complot atribuido a “los de siempre”. La mentira se expande porque es simple, indignante y útil para un relato de confrontación permanente.
La extrema derecha ha convertido esa asimetría en una ventaja política. Mientras el periodismo intenta explicar, contextualizar y corregir, sus operadores digitales convierten cada evento en una pieza de confrontación cultural. El incendio ya no es un incendio: es prueba de abandono del campo, de conspiración ecológica, de incompetencia estatal, de traición ideológica o de colapso de la civilización. En ese salto de significado reside su eficacia. No importa que la explicación sea falsa; importa que sea compatible con una visión del mundo que desconfía del Estado, de la prensa y de cualquier forma de complejidad.
Lo más inquietante es que este mecanismo no solo afecta a votantes convencidos. También contamina a ciudadanos desorientados, cansados o poco atentos, que consumen contenido fragmentado sin distinguir entre una fuente verificada y una pieza diseñada para provocar. En un contexto de incendios, la emoción hace el resto. El miedo reduce el umbral crítico, la rabia busca culpables y la red ofrece culpables listos para consumir. Así se fabrica una opinión pública vulnerable, una comunidad política expuesta a la manipulación continua.
Por eso la lucha contra los bulos no puede limitarse a rectificar una imagen o corregir un audio. Hace falta entender que estamos ante una guerra cultural digital en la que la desinformación es un instrumento de poder. La extrema derecha no necesita tomar el control de los medios clásicos si logra dominar la circulación de relatos en los espacios donde la gente ya no contrasta. Ese es su terreno favorito: el mensaje corto, la indignación inmediata, la sospecha permanente y la deslegitimación de cualquier fuente con autoridad.
España lucha contra los incendios, pero también afronta un incendio informativo. Uno que no quema hectáreas, pero sí confianza; que no arrasa bosques, pero sí la capacidad colectiva de distinguir entre realidad y manipulación. Y mientras las instituciones siguen obligadas a responder a las llamas físicas, tanto la izquierda como la derecha democrática tienen que aprender a combatir las otras: las que se propagan en una pantalla, las que se alimentan del miedo y las que la extrema derecha convierte, una y otra vez, en capital político.
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