Francia goleará a España gracias a Mariano Rajoy

Entre el desatino diplomático y el desconocimiento del fútbol moderno, las reflexiones de Rajoy dinamitan la concordia de la Selección y regalan a la Francia de Deschamps la gasolina identitaria perfecta para las semifinales del Mundial

14 de Julio de 2026
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FRancia Mbappe
La Selección de Francia celebra el triunfo en cuartos de final | Foto: Federación Francesa de Fútbol

Mariano Rajoy es un gran aficionado al deporte y, en consecuencia, al fútbol y debería saber a la perfección que no hay mayor motivación para un equipo que lo negativo que llega del exterior. Quien está informado o vive desde dentro las tripas del mundo del balompié conoce miles de historias de vestuarios empapelados de arriba a abajo con recortes de artículos de prensa, portadas hirientes y tuits incendiarios en los que se critica despiadadamente el juego de un equipo, la capacidad de un técnico o el compromiso de un jugador concreto. Es la dialéctica telúrica del "ellos contra nosotros", ese motor psicológico indestructible que, tras una victoria épica en la prórroga o en los penaltis, se convierte en el grito colectivo de satisfacción que clama un "callamos muchas bocas".

Estamos en una Copa Mundial de Fútbol en la que España, por segunda vez en su historia, ha logrado alcanzar las semifinales. Un hito de dimensiones colosales que debería haber unificado a un país históricamente fragmentado detrás de la propuesta futbolística de Luis de la Fuente. Sin embargo, el caprichoso cuadro del torneo ha colocado en el camino de la Selección al rival más formidable posible: el país con la plantilla más peligrosa del planeta, dirigida por Didier Deschamps, un entrenador pragmático que sabe crear bloques de cemento armado por muchas estrellas de primer orden que tenga o deje de tener en la convocatoria.

Francia ya tenía suficiente motivación para querer devorar a España sobre el césped. Los dos últimos enfrentamientos oficiales entre ambas potencias habían caído de manera dolorosa del lado español, y futbolistas de la talla planetaria de Mbappé, Olise, Dembélé, Rabiot, Tchouaméni, Doué o Barcola no están ni de lejos diseñados para acumular derrotas consecutivas ante el mismo enemigo geopolítico y deportivo. La mecha de la rivalidad estaba encendida, esperando únicamente la chispa adecuada para convertirse en una llamarada de orgullo nacional.

Pero llegó Rajoy y se le fue la lengua cogiendo "temitas" de la subcultura de los memes de Instagram o TikTok. Mariano, ¿cómo se te ocurre escribir lo que has escrito?

Hay una ceguera voluntaria en la política de trazo grueso que confunde la pureza de la bandera con el árbol genealógico, ignorando que el gol de la victoria no entiende de partidas de nacimiento sino de talento y sudor.

Gasolina identitaria para el vestuario de Les Bleus

Además de los incuestionables tintes racistas o xenófobos con los que el propio Jean-Marie Le Pen lo habría gozado desde su tumba, el comentario del expresidente del Gobierno supone un desprecio directo y descarnado al sentimiento patriótico que puedan albergar esos mismos jugadores. Pero, sobre todo, deja en una posición profundamente incómoda a las principales figuras de la propia Selección Española. Según el peregrino razonamiento de Rajoy sobre la identidad, la pertenencia y los orígenes, ni Lamine Yamal (el joven prodigio que ha encandilado al planeta desde la banda derecha) ni Nico Williams (el puñal indomable del Athletic Club) serían verdaderamente españoles. Siguiendo ese mismo hilo argumental, tampoco lo sería Samu Omorodion, ese delantero clave para los esquemas estratégicos de Luis de la Fuente que solo la infortunada sombra de una lesión ha privado de disputar esta cita planetaria.

Reducir la españolidad de los atletas a una pureza de sangre caduca no solo demuestra una desconexión alarmante con la España diversa y pluricultural del siglo XXI, sino que revela una ignorancia supina sobre cómo funciona la mente de un deportista de élite. Regalarle a un vestuario plagado de estrellas de ascendencia africana o caribeña un discurso que cuestiona su legitimidad para representar a la camiseta que defienden es el favor táctico más grande que se le podía hacer al cuerpo técnico de la selección francesa. Didier Deschamps ni siquiera necesitará preparar la charla táctica del partido: le bastará con colgar las palabras del político gallego en el corcho de la caseta antes de saltar a calentar.

El espejismo de la Francia "pura"

Si nos vamos a la historia de la selección francesa, grandes e indiscutibles figuras del balompié mundial tampoco habrían sido franceses según la sesgada doctrina de Mariano Rajoy. La grandeza del fútbol francés no se explica sin la contribución de leyendas absolutas que han levantado Copas del Mundo y Eurocopas luciendo el gallo en el pecho.

Jugadores míticos como Marius Trésor (nacido en Guadalupe), Jean Tigana (nacido en Bamako, Malí), Luis Fernández (nacido en Tarifa, España) o Manuel Amoros (de raíces españolas) no encajarían en el rígido molde identitario del expresidente. Tampoco lo harían Bixente Lizarazu (orgulloso de sus raíces vascofrancesas), Patrick Vieira (nacido en Senegal), Youri Djorkaeff (de ascendencia armenia y kalmmyk), Marcel Desailly (nacido en Ghana), Lilian Thuram (nacido en Guadalupe), el mismísimo Zinedine Zidane (hijo de inmigrantes argelinos de la Cabilia), Christian Karembeu (nacido en Nueva Caledonia) o el propio Raymond Kopa, cuyo apellido real era Kopaszewski, hijo de inmigrantes polacos que picaron piedra en las minas del norte de Francia antes de que su vástago ganara el Balón de Oro y la Copa de Europa con el Real Madrid.

¿Acaso alguno de ellos sintió menos la camiseta tricolor que sus compañeros? ¿Acaso las arrancadas de Tigana en la Eurocopa de 1984 o la volea majestuosa de Zidane en la final de Saint-Denis en 1998 valieron menos para el pueblo francés por el origen de sus antepasados? La historia del fútbol continental está escrita con los nombres de la migración, la integración y el talento sin fronteras.

El aficionado que olvidó la regla número uno

Lo verdaderamente trágico del episodio firmado por el exlíder del Ejecutivo no es solo la torpeza analítica de quien pretende hacer sociología barata a través de un texto humorístico de red social. Lo grave es la profunda irresponsabilidad política de arrastrar a la Selección Española a una batalla cultural de trazo grueso en el momento de mayor exigencia deportiva de la década.

En un torneo donde los partidos se deciden por detalles de milímetros y por la fortaleza mental de los grupos, el entorno de La Roja se ve obligado a gestionar el ruido diplomático y los debates sobre extranjería en lugar de centrarse de forma exclusiva en cómo desactivar las vigilancias individuales sobre Mbappé o cómo presionar la salida de balón de Tchouaméni.

El aficionado Rajoy, el hombre que presumía de leer cada mañana la prensa deportiva con devoción franciscana, ha terminado cometiendo el error de principiante que cualquier entrenador de categoría regional intenta evitar a toda costa: regalarle al enemigo la causa sagrada que le faltaba para salir a morder sobre el campo. Cuando el balón eche a rodar en la semifinal, las palabras del expolítico gallego flotarán sobre el césped; solo queda esperar que el talento de los Lamine, Nico y compañía sea lo suficientemente deslumbrante como para tapar las vergüenzas de la dialéctica de quienes confunden el patriotismo con la exclusión.

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