La farsa de la "Europa fuerte" salta por los aires en Ceuta

Marruecos vulnera la integridad europea cuando quiere y recibe premios millonarios de la Comisión. Anatomía de la traición que convirtió la soberanía de la UE en un chiste

14 de Septiembre de 2026
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Kaja Kallas. Europa farsa

La firmeza moral de la Unión Europea depende de hacia dónde mire la brújula. Cuando los tanques rusos cruzaron la frontera ucraniana, la UE no dudó. En cuestión de días cayeron sanciones masivas, se congelaron fortunas de oligarcas y los líderes europeos cerraron filas en defensa de la soberanía de Ucrania. Pues bien, basta desplazarse unos miles de kilómetros al sur, hasta la frontera de Ceuta, para que esa energía punitiva se disuelva en una tibieza que da casi vergüenza ajena.

Conviene recordar un detalle que a veces parece olvidarse en las capitales del norte: Ceuta no es un puesto avanzado perdido en la nada. Es, con todas las de la ley, la frontera exterior de la propia Unión Europea. Sin embargo, cuando Rabat decidió abrir la mano para que miles de personas cruzaran a la desesperada dentro de una estrategia de guerra híbrida, la respuesta de Bruselas fue un tímido suspiro. Reproches en voz baja y llamadas ambiguas a la calma.

El doble rasero salta a la vista. La determinación absoluta que se exhibe en el flanco oriental contra el Kremlin se convierte en un encogimiento de hombros cuando el desafío llega desde el norte de África. Frente a la amenaza rusa, la UE se erigió en defensora irrestricta del derecho internacional y de las fronteras sagradas. Pero cuando la frontera vulnerada es la de un país socio en suelo africano, los diplomáticos prefieren llamar al diálogo y pedir contención. Usar el drama migratorio como arma ha resultado ser una jugada redonda para Marruecos. Ha doblado el brazo a Europa sin tener que pegar un solo tiro.

¿Por qué esa diferencia? Muy sencillo: Bruselas se ha vuelto rehén voluntaria de Mohamed VI. Lo mismo que "el que no debe ser nombrado".

Para los estrategas europeos, Marruecos es el portero indispensable. El que guarda las llaves del control migratorio y frena el extremismo en el Sahel. Esa dependencia le da a Rabat un cheque en blanco. Mientras a Moscú se le asfixia justamente con embargos comerciales, a Marruecos se le envían cheques millonarios de fondos comunitarios para "proteger" unas fronteras que las propias autoridades marroquíes abren y cierran según sople el viento político.

Esta pasividad envía una señal peligrosa. Al no imponer sanciones ni tocar los acuerdos comerciales cuando se viola la integridad territorial de un Estado miembro, Europa valida la efectividad del chantaje. En Ceuta y en el resto de España la sensación que queda es amarga: parece que para Bruselas hay ciudadanos y territorios comunitarios de primera y de segunda clase.

Por su parte, la diplomacia española lleva tiempo atrapada en una red de intereses cruzados: pesca, comercio, energía... y "el que no debe ser nombrado" ha preferido la vía del apaciguamiento antes que exigir una respuesta contundente a sus socios en Bruselas. Pero el apaciguamiento rara vez funciona a largo plazo. Solo ha servido para alimentar nuevas presiones sobre Ceuta, Melilla o los límites de las aguas en Canarias. Al final, Europa ha caído en su propia trampa. Al externalizar el control de sus fronteras a regímenes autoritarios, les ha regalado la llave de su tranquilidad.

Rabat conoce perfectamente las debilidades del club comunitario. Sabe que el grifo de la inmigración es un mando a distancia muy eficaz para conseguir lo que quiere, ya sea sobre el Sáhara Occidental o sobre los territorios españoles. Si la UE es incapaz de defender con uñas y dientes las fronteras de sus propios socios frente a un aliado incómodo, la famosa "Europa geopolítica" no pasará de ser un eslogan bonito impreso en un folleto diplomático.

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