La historia de los movimientos sociales ha dado un vuelco imprevisto que pocos analistas se atrevieron a vaticinar hace una década. Lo que nació en los márgenes de la academia estadounidense de los años 90 como una teoría de liberación, fluidez y cuestionamiento de las normas rígidas, el movimiento queer, ha terminado por ejecutar, en la práctica, un desmantelamiento sistemático de las estructuras del feminismo real. Este proceso no ha sido accidental, sino el resultado de una mutación ideológica que ha desplazado el eje de la lucha política desde la realidad biológica del sexo hacia la subjetividad infinita del deseo y la identidad individual.
La victoria estratégica de la teoría queer reside en su capacidad para fragmentar el sujeto político "mujer". Al sostener que el sexo es una construcción social o un espectro irrelevante, se ha despojado al feminismo de su base material de análisis: la explotación de los cuerpos femeninos. Históricamente, el feminismo se fundó sobre la premisa de que las mujeres son oprimidas por ser mujeres, es decir, por poseer una biología que el patriarcado busca controlar para asegurar la reproducción y el trabajo no remunerado. Al declarar que el sexo es un "sentimiento" o una "asignación arbitraria al nacer", el movimiento queer dinamita el suelo sobre el que se levantaba la resistencia femenina.
Esta desmaterialización ha permitido que la extrema derecha encuentre un aliado inesperado en su lucha contra el avance de las mujeres. Mientras los sectores más reaccionarios buscan devolver a la mujer al ámbito doméstico mediante la apelación a la tradición religiosa o biológica esencialista, el activismo queer logra un resultado similar por la vía de la posmodernidad. El planteamiento es demoledor: si cualquiera puede ser mujer mediante una mera declaración de voluntad, la "mujer" como colectivo con intereses específicos y una historia de opresión común deja de existir en términos jurídicos y políticos. El borrado de las mujeres en el lenguaje, en las estadísticas y en los espacios reservados no es solo un conflicto de identidad; es una demolición controlada de las herramientas de resistencia femenina que el patriarcado llevaba siglos intentando desactivar.
Neopatriarcado del Siglo XXI
Este fenómeno ha cristalizado en lo que muchos sociólogos contemporáneos denominan el neopatriarcado del siglo XXI. Bajo esta nueva configuración de poder, el machismo ya no necesita presentarse con su rostro rudo y prohibitivo de antaño. Ahora le basta con apoyar, por acción u omisión, normativas que permitan la colonización de los espacios de seguridad de las mujeres (prisiones, vestuarios, refugios o competiciones deportivas) bajo el paraguas de un progresismo mal entendido. La extrema derecha machista observa con satisfacción cómo las leyes de autodeterminación de género generan una inseguridad jurídica que debilita las políticas de cuotas, la paridad y las leyes de protección integral contra la violencia de género.
La convergencia de intereses es asombrosa. Por un lado, el transactivismo queer aboga por la eliminación de la categoría "sexo" en favor del "género sentido". Por otro lado, el machismo más recalcitrante celebra que la especificidad de la mujer se diluya, pues una categoría que no puede definirse es una categoría que no puede defenderse. Al final del camino, el objetivo compartido por el machismo tradicional y el ala más dogmática del movimiento queer es idéntico: la desaparición de la mujer como clase sexual organizada y capaz de desafiar el poder masculino. Se trata de una pinza perfecta donde la vanguardia "identitaria" proporciona la justificación ideológica y la extrema derecha proporciona el marco de implantación social mediante el caos normativo.
Indefensión jurídica de la mujer
Uno de los puntos más críticos de esta transformación es la invasión de los espacios segregados por sexo. La lucha feminista logró, tras décadas de esfuerzo, el reconocimiento de que las mujeres necesitan espacios libres de la presencia masculina para garantizar su privacidad, su seguridad y su dignidad. Sin embargo, la lógica queer impone que el acceso a estos espacios no dependa del sexo biológico, sino de la identidad declarada. Esto ha abierto la puerta a situaciones que la extrema derecha utiliza como ariete para ridiculizar el feminismo y, al mismo tiempo, para normalizar la presencia masculina en ámbitos donde las mujeres son más vulnerables.
El impacto en el ámbito deportivo es un ejemplo paradigmático. La inclusión de personas con cuerpos masculinos en categorías femeninas no solo destruye la equidad competitiva, sino que envía un mensaje desmoralizador a las niñas y mujeres: vuestro esfuerzo y vuestros logros son secundarios ante la identidad de un tercero. El neopatriarcado celebra este desplazamiento, pues reafirma la superioridad física masculina bajo el disfraz de la inclusión. Lo mismo sucede en el sistema penitenciario o en los centros de acogida para víctimas de violencia sexual; la introducción de la "diversidad queer" en estos entornos prioriza el deseo individual sobre la seguridad colectiva de las mujeres que han sufrido traumas a manos de hombres.
Narcisismo identitario
La ironía histórica es punzante. El movimiento queer, autopresentado como la cima de la diversidad y la tolerancia, ha acabado funcionando como un mecanismo de control social que fomenta un narcisismo identitario paralizante. Al priorizar el sentimiento individual y la autopercepción sobre la opresión colectiva, se ha desactivado la conciencia de clase sexual. El feminismo siempre fue un movimiento colectivo; la teoría queer es un proyecto de hiper-individualismo neoliberal.
En este escenario, el machismo se reinventa. Ya no castiga a la mujer por desobedecer; simplemente redefine a la mujer para que la desobediencia sea imposible de articular. Si una mujer denuncia una agresión sexista por parte de alguien que se identifica como mujer, el lenguaje queer tacha la denuncia de "excluyente" o "fóbica". De este modo, el patriarcado logra lo que nunca antes pudo: que la víctima sea señalada como opresora por el simple hecho de nombrar la realidad de su agresión. La extrema derecha capitaliza este desorden, presentándose ahora como los únicos "defensores del sentido común" y de la biología, atrayendo a sectores de la sociedad que se sienten alienados por el delirio terminológico de la academia postmoderna.