Leipzig, la ciudad de la extinta República Democrática Alemana, es decir, de la Alemania del Este, será testigo de un hecho histórico: un equipo de barrio que sigue funcionando como equipo de barrio jugará una final de competición europea. Lo nunca visto, al menos para el fútbol español y es un fenómeno que no se queda sólo en las fronteras de Vallecas, sino que prácticamente toda España sienta mañana que forma parte de un barrio con demasiados estigmas, muchos de ellos hiperbolizados, pero que siempre tiene los brazos abiertos a, literalmente, todo el mundo.
Quien firma este Ágora no es del Rayo, pero se siente del Rayo. No sólo por la final, sino porque los primeros años de mi infancia están en Vallecas, y eso deja marca.
Hasta el año 1984 viví en Vallecas, en la calle Camino de Valderribas. Fui al colegio de la Asunción en la calle Montseny y todos los fines de semana paseaba por el barrio con mi familia. Recuerdo perfectamente cuando pasábamos de Peña Prieta a la Avenida de la Albufera. Cuando llegábamos al campo del Rayo para mí, con mi mirada de niño, me parecía Maracaná. Aún no había visto el Calderón o el Bernabéu. El estadio me parecía enorme.
En esos años, un familiar directo hizo las pruebas para jugar en el Rayo. Hizo las pruebas. Le acompañamos mis padres y yo. Allí estaba sentado el que era entrenador, don Alfredo Di Stéfano. Finalmente, mi familiar se quedó entre los últimos seleccionados pero las circunstancias de la vida hicieron que no firmara por el equipo. Sin embargo, yo me llevé un pequeño tesoro al que tengo un cariño enorme: una insignia que llevaba en la solapa de la chaqueta y que me regaló el propio don Alfredo.
El tiempo ha pasado pero el Rayito está en el corazón, a pesar de no ser mi equipo. Ahora ha llegado a un lugar que nadie podía esperar, sobre todo porque la gestión que se hace del equipo no es la mejor o la que se merece el barrio de Vallecas. Pero ese es otro asunto y este Ágora no es, a día de hoy, el lugar para criticar a Martín Presa o unirse a la afición que cada partido grita mayoritariamente “Presa, vete ya”.
Mañana el Rayo será el equipo de toda España. Como lo fue en su momento aquel Alavés de Mané que a punto estuvo de derribar a todo un Liverpool en aquella final de la Copa de la UEFA, o aquel Villarreal que se quedó a un penalti de llegar a la final de la Champions League.
No será fácil porque el Crystal Palace es un club con mucho más presupuesto, con, en teoría, mejor plantilla con jugadores como Maxence Lacroix, Adam Wharton, Yeremy Pino, Brennan Johnson o Eddie Nketiah. Sin embargo, en una final no siempre ganan los favoritos. No hay más que recordar aquel Steaua de Bucarest que derrotó al Barça (bendito Duckadam). Y lo que no tendrá el Crystal Palace es casi 50 millones de personas arropando a un equipo, un país, España, que mañana será rayista, porque España, mañana, será vallekana.