La política puede parecer por momentos un lago tranquilo. Miras la superficie y no pasa nada. Sin embargo, por debajo hay corrientes que te arrastran antes de que te des cuenta. Eso mismo es lo que transmiten los datos más recientes sobre el mapa político español. No se trata de esas encuestas semanales donde un partido sube o baja un punto por una mala declaración. No. Esto huele a movimiento de placas tectónicas.
La coincidencia de dos grandes barómetros, el de 40dB publicado por El País y la Cadena SER, junto al trabajo de campo de GAD3 para ABC, ha hecho saltar los plomos en la Moncloa y en Ferraz. Aunque, si somos honestos, en la sede del Partido Popular tampoco deberían descorchar el champán tan rápido. La extrema derecha ya no pide paso con timidez ni espera pacientemente en la antesala; está dispuesta a derribar la puerta de un golpe con Santiago Abascal vestido de Chuck Norris mientras el centro derecha parece encantado de abrirle paso, sin reparar en un pequeño detalle: el invitado planea echar al dueño y quedarse con el edificio entero.
Los números no dejan mucho margen a la imaginación. Tras el ataque híbrido del pasado 30 de julio en Ceuta, el bloque PP-Vox amplía distancias y acaricia un horizonte de mayoría absoluta incontestable. Pero detrás de la aparente euforia conservadora se esconde un veneno de digestión muy lenta para Alberto Núñez Feijóo, mientras la izquierda encaja un golpe que expone las vergüenzas de su propio desgaste.
Si se analiza con lupa el sondeo de 40dB, el dato impresiona. Por primera vez en nuestra democracia reciente, la suma del PP y Vox rebasa con holgura la barrera psicológica del 50% de los votos. Los populares se quedan en un 32,4 %, mientras que la formación de Santiago Abascal escala hasta el 17,8%. La brecha entre los dos grandes bloques no para de crecer.
Pero no nos quedemos solo en el titular grande, como hace el gobierno sanchista con los datos económicos. Mientras el crecimiento del PP se frena, o sufre pequeños rasguños, según la lente con la que se mire, es la extrema derecha la que se está quedando con todo el cabreo de la calle.
El informe de GAD3 para ABC remata la jugada proyectando una cifra demoledora: 202 diputados para la suma de las derechas en el Congreso. Un rodillo en toda regla. Pero cuando desbrozas ese número, salta a la vista el verdadero fenómeno: Vox sube como la espuma. Y no se alimenta solo del enfado ciudadano por la gestión en la frontera; también pesca en el río revuelto de aquellos votantes decepcionados que ven en la dirección del PP una cierta tibieza.
Ahí reside la gran trampa para el Partido Popular. En la sede de la calle Génova llevan meses convencidos de que la fruta madura del poder les caerá en las manos por pura ley de la gravedad. Creen que el desgaste de Pedro Sánchez es un proceso irreversible y que a ellos les basta con poner cara de circunstancias y esperar su turno.
Pero la historia reciente de Europa nos demuestra que los pactos con la derecha radical nunca salen gratis. Al comprar los marcos de Vox, al asumir su lenguaje bronco sobre migración, fronteras o seguridad, al tragar con la prioridad nacional, el PP se mete de lleno en un laberinto del que difícilmente saldrá ileso.
Seamos claros: Vox no aspira a ser un socio júnior educado que levante la mano cuando se le ordene para sostener un gobierno moderado, que es lo que, desde el otro lado ideológico han hecho Podemos y Sumar. Su objetivo es otro. Quiere devorar al PP desde dentro, convertir el espacio del centro derecha en un erial y obligar a los populares a bailar siempre al ritmo que marque su agenda. Exactamente lo mismo que está sucediendo en Alemania, Francia e Italia. Cada vez que el PP cede un palmo de terreno discursivo para que no se le escapen votantes por la derecha, lo único que consigue es validar el discurso de sus rivales. Ese ligero bajón que le detecta GAD3 al PP, mientras Abascal se dispara, no es un aviso cualquiera. Es la confirmación de que el cazador puede terminar convertido en pieza cobrada dentro de su propia cacería.
La izquierda destrozada
Al otro lado del cuadro ideológico, el paisaje es desolador. La izquierda vive uno de sus momentos de mayor desorientación desde que tenemos uso de memoria democrática. El PSOE cae hasta su suelo electoral de la legislatura, un 26,1% según GAD3, que se traduciría en apenas 105 escaños, y un 27,6 % según 40dB. La factura que la ciudadanía le está pasando a Moncloa por la gestión de Ceuta, le economía real y por la parálisis legislativa es cada vez más elevada. A Pedro Sánchez le está saliendo carísima sus pactos para mantenerse en el poder.
La clásica estrategia de Sánchez, esa resistencia a prueba de bombas apoyada en giros guionizados a última hora, parece haber agotado la paciencia de las clases populares. El relato de Moncloa choca de frente con la frustración de un ciudadano que vio a las instituciones desbordadas ante un ataque en toda regla de una potencia extranjera contra España. La sensación de improvisación constante ha terminado por minar a sus propias bases, que empiezan a refugiarse en la abstención o en la apatía más absoluta, cuando no hacia el PP e, incluso, Vox.
Pero el drama progresista no se acaba en los despachos del PSOE. Si los socialistas están tocados, sus socios de coalición rozan directamente la irrelevancia. Aquellas fuerzas que hace unos años prometían asaltar los cielos y poner patas arriba la política del país se han quedado en meras sombras.
Sumar apenas retendría entre un 5,7% y un 7% de las papeletas, lo que en el mejor de los casos significa nueve tristes diputados. Podemos, los "asaltacielos" certifica su lenta e inexorable marcha hacia la marginalidad, estancado alrededor del 3% y peleando por conservar apenas dos asientos en el Congreso.
Su peso en los grandes debates de Estado se ha vuelto invisible. Atrapados en peleas internas e incapaces de marcar la agenda del Gobierno, estos partidos han perdido la capacidad de ilusionar a quienes en su día vieron en ellos un motor de cambio. Y claro, sin una izquierda alternativa fuerte que empuje, el bloque progresista se queda sin aire. El votante desencantado no encuentra a dónde ir dentro de su espacio ideológico, y eso le deja la autopista libre a la marea conservadora.
La fotografía que nos dejan estos sondeos no es un simple episodio pasajero. Es el anticipo de lo que se nos viene encima. Si la tendencia no cambia, España se encamina hacia un viraje profundo liderado por una extrema derecha desacomplejada que ya no necesita disimular sus cartas. Mientras el Partido Popular sonríe pensando en su regreso a Moncloa, la sombra de su propia fagocitosis avanza a pasos agigantados. Y mientras tanto, en el otro lado, el edificio de la izquierda muestra grietas en cada muro, víctima de sus propios errores y de unos socios que se han vuelto invisibles cuando más falta hacían.
Añadir DiarioSabemos como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.