La vivienda no admite otro voto para salir del paso

El Congreso tendrá que decidir sobre un decreto que protege a inquilinos vulnerables y prorroga contratos en un país donde uno de cada tres hogares de alquiler soporta un esfuerzo excesivo. La responsabilidad política no termina en votar sí o no

29 de Septiembre de 2026
Actualizado a las 9:56h
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El decreto de vivienda llegará al Congreso con una crisis del alquiler que obliga a los partidos a explicar qué soluciones ofrecen y qué consecuencias tendrá su voto
Manifestación por el derecho a la vivienda digna

Hay votaciones parlamentarias que permiten esconderse durante unos días detrás de una disputa competencial, una diferencia técnica o una enmienda que no llegó a tiempo. Con la vivienda empieza a resultar mucho más difícil. El problema ha crecido demasiado, afecta a demasiadas personas y dispone de demasiados datos como para reducirlo otra vez a la aritmética de Pedro Sánchez, Junts, Podemos, PP o Vox.

El Gobierno pretende aprobar este martes un real decreto ley que tendrá que ser convalidado posteriormente por el Congreso y cuya redacción se ha negociado hasta prácticamente el último momento. Entre las medidas planteadas figuran prórrogas extraordinarias de contratos de alquiler, protección frente a desahucios de hogares vulnerables, mayor regulación de los alquileres de temporada, medidas fiscales para propietarios e inquilinos y actuaciones destinadas a impedir que determinadas viviendas abandonen el mercado residencial. Pero existe algo que no está pendiente de ninguna negociación, la magnitud del problema.

El Banco de España calcula que el 32,5% de los hogares que viven de alquiler a precio de mercado destina más del 30% de su renta neta a pagarlo. Entre los menores de 35 años alcanza el 34,2%. En Madrid sube al 41,3%, en Barcelona al 43,5%, en Málaga al 46,7% y en Sevilla al 46,8%. Los jóvenes que quisieran emanciparse formando un hogar de dos personas con ingresos semejantes tendrían que dedicar, de media, el 36,5% de su renta neta al alquiler, con esfuerzos cercanos al 50% en algunas de las grandes ciudades. No son cifras de un sindicato de inquilinos ni de un partido situado a la izquierda del Gobierno. Son cálculos del Banco de España.

España tiene un problema que no inventó este decreto

El problema tampoco consiste únicamente en que los alquileres sean caros. El INE preguntó en 2025 a los jóvenes de entre 26 y 34 años por sus condiciones de acceso a la vivienda y encontró que el 44,3% continuaba viviendo con sus padres. Entre quienes permanecían en el domicilio familiar, el 47,3% señaló como principal razón que no podía permitirse comprar o alquilar una vivienda. Entre quienes habían buscado casa sin conseguir cambiar de residencia, casi siete de cada diez identificaron el precio excesivo como principal obstáculo.

Por eso resulta insuficiente explicar esta crisis exclusivamente como el resultado de una determinada ley o del Gobierno de turno. España acumula un parque público de alquiler insuficiente, construcción concentrada de forma deficiente respecto a las zonas donde crece la población, dificultades de acceso a la compra para los jóvenes, crecimiento de la demanda en las grandes ciudades y competencia de otros usos de la vivienda, desde el alquiler turístico hasta el temporal y por habitaciones.

El Banco de España identifica precisamente una demanda que ha crecido por encima de una oferta incapaz de responder con suficiente rapidez, pero añade otros elementos que a menudo desaparecen de la discusión política: el reducido parque de alquiler social y el crecimiento de usos alternativos como el alquiler turístico, temporal y por habitaciones también limitan la disponibilidad residencial.

Esto importa porque desmonta la comodidad de los dos argumentos absolutos que dominan demasiadas veces la discusión. Construir más no puede proteger mañana a una familia cuyo contrato termina dentro de dos meses y congelar contratos tampoco puede fabricar las viviendas que España necesitará dentro de cinco años.

Una política de vivienda que aspire a funcionar necesita hacer las dos cosas: aumentar considerablemente la oferta residencial, especialmente la asequible y pública, y actuar sobre un mercado actual en el que una parte de los hogares soporta esfuerzos difícilmente sostenibles.

La vivienda tampoco es una rareza española. En 2025, el 7,7% de la población de la Unión Europea vivía en hogares que destinaban al menos el 40% de su renta disponible a los costes residenciales, con situaciones especialmente graves en algunos Estados. Durante el primer trimestre de 2026, los alquileres volvieron a subir un 3% interanual en la UE y el precio de compra de la vivienda lo hizo un 5,1%.

España comparte, por tanto, una crisis que recorre buena parte de Europa, aunque presenta una vulnerabilidad especialmente acusada entre quienes dependen del alquiler de mercado. Según los datos europeos recogidos por el Banco de España, el 26,8% de esos hogares españoles se encontraba en situación de sobresfuerzo en 2025, frente al 22,3% de Italia, el 18,7% de Francia y el 13,2% de Alemania. A estas alturas, presentar la emergencia del alquiler como una exageración política resulta difícil de sostener.

Votar no elimina la obligación de explicar

El decreto coloca a todos los grupos ante una responsabilidad política que va más allá del sentido de su voto. Quien considere equivocadas las medidas tiene derecho a rechazarlas, pero la gravedad del problema obliga también a explicar con qué las sustituiría, en qué plazo produciría efectos su alternativa y qué ocurriría entretanto con quienes no pueden esperar varios años a que aumente la oferta.

El PP defiende que la respuesta fundamental debe pasar por construir más vivienda, movilizar suelo y reducir impuestos, y rechaza los controles sobre los alquileres. Vox mantiene una posición contraria a la intervención del mercado. Junts ha reclamado proteger especialmente al pequeño propietario y ha condicionado la negociación a la incorporación de incentivos fiscales, diferenciando entre particulares y grandes fondos.

Son posiciones políticas que forman parte de un debate legítimo. Los datos permiten, sin embargo, formular una pregunta bastante menos ideológica: qué solución ofrecen durante los años necesarios para que la construcción adicional consiga traducirse en una reducción significativa de la presión sobre los alquileres.

Construir más es necesario. El propio Banco de España advierte de que la producción de vivienda nueva resulta insuficiente en las áreas donde se concentra la demanda y recomienda aumentar el parque público de alquiler asequible. Reconocer el déficit de oferta no pertenece ideológicamente a la derecha ni desmiente la necesidad de intervenir ante situaciones de sobresfuerzo.

La izquierda afronta una responsabilidad diferente. Sumar, Podemos, ERC, EH Bildu y BNG reclaman ampliar las protecciones del decreto, con diferencias sobre su alcance. Sumar ha presionado para regular también el alquiler por habitaciones y reforzar la renovación de los contratos; otras fuerzas reclaman mayor estabilidad y protección ante los desahucios.

También esas posiciones deben superar la prueba de la eficacia. Proteger al inquilino sin aumentar la oferta asequible puede aliviar una urgencia, pero no resolverá por sí solo la escasez estructural, del mismo modo que una regulación mal diseñada puede provocar efectos no deseados sobre la oferta que deben medirse y corregirse.

El PSOE tampoco puede presentar el decreto como si la crisis hubiera aparecido con el desahucio de Maricarmen. Lleva ocho años al frente del Gobierno y tres desde la aprobación de la Ley por el Derecho a la Vivienda. Ha impulsado medidas relevantes, pero el acceso continúa deteriorándose y la aplicación de la ley ha quedado fragmentada territorialmente porque algunas de sus principales herramientas dependen de las comunidades autónomas.

Esa fragmentación tampoco puede desligarse de las decisiones autonómicas. Las comunidades gobernadas por el PP han rechazado utilizar la declaración de zonas de mercado residencial tensionado prevista por la ley estatal, de modo que algunas de sus herramientas más relevantes ni siquiera se han aplicado en buena parte del territorio.

El Gobierno puede exigir responsabilidad parlamentaria, pero también tiene que responder por el tiempo perdido, la insuficiencia del parque público y unas medidas que demasiadas veces han llegado por detrás de los precios. Esa exigencia no desaparece porque otros gobiernos autonómicos hayan decidido no utilizar los instrumentos disponibles.

La prórroga compra algo que escasea, el tiempo

Uno de los elementos centrales de la negociación afecta a la prórroga extraordinaria de determinados contratos. También se ha planteado extender la protección frente a desahucios de personas vulnerables sin alternativa habitacional.

Ninguna de esas medidas construye una sola vivienda, pero esa constatación, repetida frecuentemente como argumento contra la regulación, tampoco significa que carezcan de utilidad. Una prórroga contractual compra tiempo, y el tiempo tiene un valor económico considerable para una familia que afronta la posibilidad de abandonar una vivienda y buscar otra en un mercado mucho más caro.

El debate serio debería centrarse en determinar durante cuánto tiempo debe operar esa protección, a quién debe beneficiar, qué excepciones necesita, cómo se protege al pequeño propietario vulnerable y quién asume económicamente las cargas derivadas de una política social.

Porque existe una cuestión que tampoco debería ocultarse, y es que el derecho a la vivienda es responsabilidad de los poderes públicos y no puede descargarse ilimitadamente sobre un propietario particular por el mero hecho de poseer una vivienda alquilada. Si el Estado impide temporalmente un desahucio por razones de vulnerabilidad social, debe garantizar mecanismos eficaces de compensación y una alternativa habitacional. Convertir a un pequeño arrendador en sustituto involuntario de los servicios sociales tampoco constituye una política pública sostenible. Precisamente por eso la discusión sobre el decreto exige bastante más precisión que la habitual división entre caseros e inquilinos.

La negociación intenta combinar ambas dimensiones, con protecciones para arrendatarios y beneficios fiscales para propietarios que mantengan o reduzcan las rentas, además de medidas destinadas a intervenir sobre otras modalidades de alquiler y determinadas operaciones de grandes inversores.

Se podrá discutir si esas bonificaciones son eficaces, demasiado generosas o insuficientes. Lo difícil de justificar es abandonar cualquier intento de acuerdo como si el mercado residencial pudiera permanecer otros años esperando a que la política encuentre una mayoría más cómoda.

El Congreso no votará sobre Maricarmen

El desahucio de Maricarmen Abascal ha acelerado una negociación que llevaba tiempo bloqueada. Una mujer de 87 años ha conseguido colocar delante de las instituciones una realidad que las estadísticas llevaban mucho tiempo describiendo. Pero el Congreso no votará sobre Maricarmen.

Votará sobre qué hacer con contratos que vencen, familias vulnerables, alquileres temporales, viviendas turísticas, incentivos fiscales, fondos de inversión y un mercado en el que millones de personas dependen de decisiones políticas que tienen consecuencias económicas muy concretas.

Tampoco votará entre regulación u oferta, por mucho que resulte cómodo reducir el debate a esa dicotomía. España necesita construir más, multiplicar su parque público, movilizar vivienda existente y evitar que el alquiler residencial continúe perdiendo unidades hacia usos más rentables. Al mismo tiempo necesita decidir qué ocurre hasta que esas viviendas existan y ahí empieza la responsabilidad de cada grupo.

Quien vote a favor tendrá que responder por la eficacia de las medidas que apruebe. Quien reclame endurecerlas tendrá que demostrar que sus propuestas son jurídicamente viables y no terminan reduciendo todavía más la oferta. Quien las considere excesivas deberá presentar una alternativa capaz de proteger a quienes sufren la emergencia actual. Y quien vote en contra tendrá que explicar qué parte concreta rechaza y, sobre todo, qué solución propone en su lugar.

Porque un voto puede tumbar un decreto en una tarde, pero no reduce el alquiler de una familia, no levanta una vivienda pública y tampoco proporciona una alternativa habitacional a quien acaba de perder la suya.

La crisis seguirá ahí después de la votación y ningún cálculo parlamentario debería servir para fingir que la responsabilidad termina al pulsar un botón en el Congreso.

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