¿De dónde eres? Es que tienes acento ha sido y es una pregunta a la que muchos nos hemos enfrentado durante años. Hasta hace relativamente poco, era una frase que podía formar parte de una conversación cotidiana sin que nadie le diera demasiada importancia. No era más que una simple curiosidad ante una manera de hablar diferente, una forma de iniciar una conversación o incluso de intentar averiguar si existía algún vínculo con otra ciudad o comunidad. Sin embargo, las palabras adquieren significados diferentes dependiendo del contexto en el que se pronuncian y de la intención con la que se utilizan. Y en una sociedad cada vez más polarizada alrededor de la identidad, el origen y la pertenencia, que la extrema derecha enarbola como bandera, una pregunta aparentemente inocente puede acabar resultando incómoda para quien la recibe y, en mi caso, no ha sido la excepción.
Conviene aclarar que preguntar de dónde es una persona no es, por sí mismo, un comportamiento racista o xenófobo. Pero, a tenor de la propagación de los discursos de odio y de la vinculación entre delincuencia e inmigración que realizan determinadas fuerzas de ultraderecha, así como de la normalización de parte de estos discursos en el debate político, la pregunta puede dejar de ser una muestra de curiosidad para convertirse en una manera de señalar al otro porque esa persona no encaja en la imagen de alguien “de aquí”. En definitiva, no es lo mismo preguntar por un acento que utilizarlo como prueba de que alguien no pertenece al lugar en el que vive, para marcar distancias, para dejar en evidencia al otro y transmitirle, aunque sea de manera implícita, un “tú no eres de aquí”. Tampoco es lo mismo interesarse por el origen que insistir en él cuando la respuesta recibida no parece suficiente.
He perdido la cuenta de la cantidad de veces que, al responder “Soy de Madrid”, me he encontrado con que el interlocutor, no satisfecho con la respuesta, repreguntaba: “Sí, pero ¿de dónde eres realmente?”. En ese momento, la pregunta ya no busca información, sino establecer una diferencia. Lo que comenzó como una conversación de aparente normalidad puede acabar provocando ofensa e incomodidad en el interpelado. Y, en mi caso, la situación se ha repetido más de una vez con una afirmación todavía más reveladora: “Ya me parecía a mí que no eras de Madrid porque seseas”, como si mi primera respuesta hubiera sido un supuesto engaño que hubiera quedado finalmente al descubierto.
Es precisamente en ese territorio donde adquieren sentido conceptos como microrracismo o microdiscriminación. No estamos hablando necesariamente de insultos, agresiones o comportamientos abiertamente discriminatorios, sino de actitudes mucho más sutiles que pueden transmitir a una persona que es percibida como diferente, extranjera o menos perteneciente al grupo. Comentarios sobre el color de piel, preguntas reiteradas sobre el origen, observaciones sobre el acento o la sorpresa ante la utilización de un determinado idioma pueden parecer anecdóticos cuando se contemplan de manera aislada. Pero cuando una persona los recibe una y otra vez, la acumulación deja de ser anecdótica. El mensaje implícito puede terminar siendo: “tú no eres exactamente como nosotros”.
Y hay una particularidad española que hace todavía más interesante este fenómeno: no hace falta ser extranjero para experimentar esa sensación de ser «de fuera». Basta, en ocasiones, con proceder de otra comunidad autónoma. Un andaluz puede escuchar en Madrid que «tiene mucho acento» y hasta encontrarse con que esa característica se convierte en objeto de comentario en prime time en una cadena de alcance nacional como Antena 3. Es lo que ocurrió en 2020, cuando Pablo Motos preguntó a Roberto Leal, tras su reciente designación como presentador de Pasapalabra: “Lo del acento andaluz, ¿qué vas a hacer? ¿Lo vas a suavizar o lo vas a dejar?”. El sevillano respondió: “Creo que no tiene nada que ver el acento con la pronunciación o con la dicción”. Un madrileño puede recibir exactamente el mismo comentario en Andalucía, y un gallego, un canario, un catalán o un extremeño pueden encontrarse con situaciones similares cuando se desplazan a otros territorios. Lo preocupante es que se pueda llegar a normalizar, entre risas y bromas, la estigmatización de una forma de hablar en programas destinados supuestamente a las familias y emitidos por cadenas de alcance nacional.
España es un país extraordinariamente diverso desde el punto de vista lingüístico y cultural, pero esa diversidad también puede convertirse en una forma de clasificación cuando el acento deja de ser una riqueza y pasa a funcionar como una etiqueta de pertenencia, como una frontera entre “tú y yo”, entre “nosotros y vosotros”, entre lo que supuestamente debe ser un español —o, mejor dicho, la imagen estereotipada de lo que debe ser un español— y aquello que no encaja en ese modelo: el extranjero, la persona morena, quien tiene acento catalán, extremeño, gallego o andaluz. La cuestión no es el acento en sí, sino la utilización de determinadas características para decidir quién encaja y quién queda fuera de una determinada idea de identidad.
Lo que sí resulta evidente es cómo el debate político ha contribuido a reforzar una determinada concepción de la identidad y cómo la extrema derecha ha colocado en el centro de su discurso conceptos como “los de aquí” y “los de fuera”, vinculando con frecuencia el origen con la pertenencia, la identidad con la legitimidad y determinadas características culturales con una idea concreta de lo que significa ser español. La asociación de “los de fuera” con la delincuencia y la criminalidad, sin más razón que haber nacido en otro país, y la progresiva normalización de ese discurso en una parte del debate público han contribuido a abrir una grieta en el seno de una sociedad en la que españoles y extranjeros han convivido, con sus dificultades y excepciones, durante décadas.
Si hasta hace relativamente poco era social y políticamente reprobable mostrar determinados comportamientos abiertamente racistas o xenófobos, hoy asistimos a una mayor normalización de algunos discursos que señalan al otro por ser diferente, por tener unas determinadas raíces familiares o simplemente por no responder al prototipo que se considera representativo de una determinada idea de españolidad. Y esa lógica, que inicialmente se dirigía fundamentalmente hacia quienes procedían de otros países, también puede terminar reproduciéndose entre los propios españoles: por no hablar, comportarse o incluso pensar como se espera que lo haga alguien que cumple ese supuesto prototipo.
La pregunta entonces deja de ser únicamente “¿de dónde eres?” y pasa a ser «¿quién tiene derecho a ser considerado de aquí?”. Y esa cuestión puede adquirir dimensiones absurdas cuando se traslada al interior de un mismo país. ¿Es menos español alguien nacido en Sevilla que alguien nacido en Madrid? ¿Es menos madrileño quien llegó a la capital hace veinte años? ¿Es menos gallego quien perdió parcialmente su acento después de vivir durante décadas fuera de Galicia? Evidentemente, no. Sin embargo, las identidades colectivas pueden convertirse en mecanismos de exclusión cuando se utilizan para establecer jerarquías de pertenencia.
Por eso resulta tan importante distinguir entre preguntar por el origen y exigir una explicación sobre el origen. “¿Eres andaluz? Me suena tu acento” puede ser simplemente una conversación. Pero si alguien responde que vive en Madrid y la conversación continúa con un “ya, pero tus padres, ¿de dónde son?”, el significado cambia. Y cambia todavía más cuando la persona lleva toda su vida en ese lugar y sigue teniendo que explicar por qué habla de una determinada manera o por qué tiene unos determinados apellidos.
Y no hay mejor manera de ilustrarlo que con un ejemplo personal. Allá por 2007, cuando apenas habían transcurrido unos meses desde mi llegada a Madrid, en una entrevista con la directora de una empresa a la que había acudido como demandante de empleo, me preguntó: “Veo que tienes nacionalidad española, pero por tu acento no eres de aquí, ¿no? ¿De dónde eres?”. Aquella pregunta provocó una situación incómoda y un interrogatorio que hoy resultaría difícilmente justificable en un proceso de selección. Lo relevante, además, no era descubrir de dónde venía, sino establecer una diferencia a partir de mi acento y de mi supuesto origen. La pregunta no pretendía conocer una historia personal: pretendía recordarme que existía una distancia entre mi identidad y la del grupo al que, aparentemente, se suponía que debía pertenecer.
Esto no significa que debamos convertir cualquier comentario sobre acentos, procedencias o culturas en un episodio de racismo, puesto que sería tan injusto como contraproducente. Sin embargo, tampoco podemos desconocer que el contexto político, en el que la extrema derecha ha situado a los inmigrantes en el centro de discursos que los relacionan con delincuencia, criminalidad e inseguridad, ayuda bien poco. El discurso político no se queda siempre en los parlamentos, en las redes sociales o en los mítines; también puede acabar apareciendo en una conversación aparentemente trivial. Entre risas, bromas, chascarrillos y carcajadas se pueden llegar a normalizar determinados comportamientos racistas y xenófobos y, con ellos, la discriminación.
Quizá por eso deberíamos recuperar el sentido más sencillo de una pregunta como “¿de dónde eres?”. Puede ser una forma de conocer a alguien, de descubrir una historia personal o de encontrar una conexión inesperada. Lo que no debería convertirse es en un examen de identidad. Nadie tendría que demostrar que es suficientemente español, suficientemente madrileño, suficientemente andaluz o suficientemente de cualquier otro lugar para ser reconocido como parte de la sociedad en la que vive.
El acento no debería ser una frontera y el origen tampoco. Ante una respuesta como “Soy de Madrid”, antes de repreguntar “Sí, pero ¿de dónde eres realmente?” o añadir “Ya me parecía a mí que no eras de Madrid porque seseas”, quizá el interrogador debería detenerse un segundo y preguntarse cómo va a percibirlo la persona que tiene delante: ¿Como una simple muestra de curiosidad por su origen o como un elemento de discriminación? He de reconocer que, en varias ocasiones y también recientemente, he percibido ese “¿de dónde eres?” como una pregunta incómoda e inoportuna ante la que uno termina sintiéndose obligado a justificarse.
Que una pregunta como “¿de dónde eres?”, que debería servir para abrir una conversación y conocer mejor a otra persona, haya terminado convirtiéndose en determinadas ocasiones en un factor de discriminación puede interpretarse como una consecuencia preocupante de la normalización de los discursos identitarios y de exclusión. Y, personalmente, me han llegado a hacer sentir culpable incluso “por sesear”. El acento, una forma de pronunciar o una manera de hablar no deberían convertirse nunca en una prueba para determinar quién es de aquí y quién no.
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