Los datos del paro dan una de cal y una de arena al Gobierno

La regularización extraordinaria y el impulso estacional de la educación propulsan la afiliación a cumbres históricas, pero la sombra simultánea del desempleo desvela las costuras de un mercado laboral exhausto

04 de Noviembre de 2026
Actualizado a las 9:38h
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Mercado Laboral Paro Juvenil Pedro Sánchez Gobierno
Cola de jóvenes para optar a un empleo

La liturgia de los grandes números suele funcionar como un narcótico infalible. Cada inicio de mes, los ministerios competentes despliegan gráficos rutilantes y titulares triunfalistas diseñados para certificar que la maquinaria productiva del país marcha a velocidad de crucero. Los últimos registros oficiales difundidos por las carteras de Trabajo y Seguridad Social vuelven a exhibir con orgullo esa narrativa de éxito macroeconómico. El empleo en España ha pulverizado todas las marcas históricas al superar la barrera infranqueable de los 22,6 millones de afiliados tras sumar 186.612 cotizantes en el mes de octubre.

Sin embargo, bajo el barniz brillante de estas estadísticas récord se agita una realidad poliédrica e incómoda. Acompasando este hito de ocupación, el paro registrado se ha disparado en 43.128 personas. Duplica el incremento registrado a estas alturas del ejercicio precedente y marca el peor repunte en un mes de octubre desde el aciago año de la pandemia.

Esta aparente contradicción entre la euforia de la afiliación y la persistencia de la herida del desempleo dibuja el diagnóstico de un mercado de trabajo sostenido de forma artificial por factores exógenos y dinámicas estacionales. El repunte del empleo descansa casi en exclusiva sobre dos pilares muy concretos. Por un lado, la reactivación del sector educativo, que tras el paréntesis estival recupera de golpe a miles de profesionales para ajustar las bolsas de trabajo al compás del nuevo curso escolar. Por otro lado, y de manera determinante, la inyección demográfica y económica derivada del proceso de regularización extraordinaria de inmigrantes impulsado por el Gobierno. Ha incorporado de forma legal a cientos de miles de trabajadores al sistema de contabilidad oficial de la Seguridad Social. Cuando se despojan los datos de este potente maquillaje coyuntural, el andamiaje laboral comienza a mostrar síntomas evidentes de fatiga material y desaceleración estructural.

La trastienda estadística

Es imposible descifrar la verdadera dimensión de los registros actuales sin atender al impacto colosal que ha tenido la regularización de trabajadores extranjeros. Los datos facilitados por el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones revelan que cerca de medio millón de personas procedentes de fuera de nuestras fronteras se han integrado formalmente en el régimen de cotización. Con contingentes significativos originarios de naciones como Colombia y Venezuela. Este fenómeno explica que los ciudadanos de otros países representen ya el 16,4 por ciento del total de afiliados en España. Aglutinan prácticamente tres de cada cuatro nuevos puestos de trabajo creados a lo largo del último año.

Sin esta inyección masiva de legalidad administrativa, que ha permitido aflorar una economía sumergida preexistente, la progresión de la afiliación media habría dibujado una curva sensiblemente más plana. El propio Ministerio califica de «especialmente dinámico» el comportamiento de la ocupación extranjera. Un fenómeno que dota de músculo financiero a las arcas de la Seguridad Social a corto plazo. Pero que simultáneamente desplaza el foco de debate hacia la capacidad real de absorción del tejido productivo. El hecho de que la economía sea capaz de sumar cotizantes a un ritmo interanual superior al tres por ciento mientras el descenso del paro se estanca en porcentajes testimoniales evidencia una desconexión preocupante. Una desconexión entre la creación de empleo nominal y la reducción efectiva de las listas de desempleo.

España expulsa talento

Mientras los grandes agregados macroeconómicos celebran la conquista de los veintidós millones y medio de trabajadores, los sectores tradicionales y los colectivos más vulnerables sufren las consecuencias del cambio de ciclo estacional. Octubre ha vuelto a poner de manifiesto la extrema dependencia del modelo productivo patrio respecto al turismo y la estacionalidad. La hostelería se desploma con la pérdida de casi 45.000 afiliados, secundada por el retroceso en las actividades sanitarias. En la otra cara de la moneda, el desempleo no deja de cebarse con los eslabones más frágiles de la cadena laboral. Golpea con especial crudeza al colectivo sin empleo anterior. Y dispara de manera alarmante el paro entre los jóvenes menores de 25 años, que experimenta un repunte superior al ocho por ciento en un solo mes.

Este desgarro generacional sitúa el debate político ante un espejo incómodo. Un país que presume de crear empleo a un ritmo histórico pero que es incapaz de ofrecer horizontes de estabilidad a su juventud encierra una contradicción sistémica insostenible. El incremento simultáneo de cotizantes y de parados demuestra que el mercado laboral actúa como una puerta giratoria. La entrada masiva de mano de obra extranjera regularizada convive con la destrucción neta de oportunidades para sectores enteros de la población nativa y juvenil. Las políticas activas de empleo y las reformas estructurales del mercado de trabajo vuelven a fracasar en su misión de dotar de resiliencia a un sistema. Un sistema que sigue temblando cada vez que caen las hojas del calendario y finalizan los contratos vinculados al ocio estival.

El récord de afiliación esconde la fragilidad

En el terreno del análisis político, la lectura de estos datos de octubre trasciende con creces el ámbito técnico de la economía laboral. Se instala de lleno en la pugna por la credibilidad del Ejecutivo. Para el Gobierno, la superación de la barrera de los 22,6 millones de afiliados constituye el argumento estelar con el que defender la bondad de sus reformas. Y la justicia social de un modelo de regularización que dota de derechos a cientos de miles de personas invisibles hasta la fecha. Sin embargo..., para la oposición y los observadores críticos, el repunte abrupto del paro actúa como la prueba irrefutable de que el milagro laboral es un espejismo estadístico. Una burbuja sostenida por la inercia demográfica y la contabilidad creativa de la Seguridad Social. Mientras los problemas estructurales de desempleo crónico y precariedad continúan intactos.

El verdadero desafío al que se enfrenta la economía española no radica en la capacidad de batir marcas nominales de afiliación mediante decretos de regularización o pulsos estacionales. Radica en la productividad y en la solidez del tejido empresarial para sostener esos empleos a largo plazo. Si el ritmo al que se incorporan personas en búsqueda activa de trabajo supera de forma sistemática la capacidad real del mercado para absorberlas con estabilidad, los récords estadísticos acabarán evaporándose bajo el peso de la frustración social. La política económica de un país no puede fiar su éxito exclusivamente a la aritmética de los grandes totales. Mientras permite que la espiral del desempleo juvenil y la precariedad sigan marcando el pulso cotidiano de las familias trabajadoras.

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