Durante años, una parte importante del debate económico español se ha desarrollado como si el futuro del país dependiera exclusivamente de las grandes compañías tecnológicas, de las multinacionales capaces de mover miles de millones de euros de un mercado a otro o de las decisiones que se toman en despachos situados a cientos o miles de kilómetros de distancia. Mientras tanto, casi sin hacer ruido, se ha ido consolidando un proceso mucho más silencioso y probablemente mucho más determinante para la vida cotidiana de millones de personas, el progresivo envejecimiento del tejido empresarial que sostiene buena parte de la economía real.
La cuestión apenas genera titulares y tampoco suele inspirar grandes debates parlamentarios, sin embargo, cada semana bajan persianas que ya no volverán a levantarse, no porque los negocios sean inviables o porque hayan sido derrotados por la competencia o por una crisis económica, sino porque sus propietarios alcanzan la edad de jubilación y descubren que nadie está dispuesto a continuar una actividad que en algunos casos lleva formando parte del paisaje local desde hace décadas.
Quien observe esa escena desde una óptica exclusivamente económica verá el cierre de una empresa. Sin embargo, quien conozca mínimamente la realidad de los pueblos, de las pequeñas ciudades o incluso de muchos barrios urbanos comprenderá inmediatamente que está ocurriendo algo más profundo. Cuando desaparece una pyme no desaparece solamente una actividad económica. También desaparece una parte de la memoria productiva de un territorio.
Empresas que sostienen comunidades
Existe una tendencia bastante extendida a contemplar las pequeñas y medianas empresas únicamente a través de indicadores económicos. Se analiza cuántos trabajadores emplean, cuánto facturan o cuál es su aportación al producto interior bruto. Son datos imprescindibles, pero insuficientes para comprender su verdadera función social.
Una carpintería familiar, una pequeña empresa industrial, una explotación agraria, un taller mecánico o un comercio abierto durante varias generaciones desempeñan un papel que va mucho más allá de la producción de bienes y servicios. Son espacios en los que se transmite conocimiento profesional, donde se forman trabajadores, donde se establecen relaciones humanas duraderas y donde se construye una parte importante del tejido social que permite que una comunidad siga funcionando. Por eso el cierre de una pyme tiene casi siempre consecuencias mucho más amplias de lo que sugieren las estadísticas. Allí donde desaparece una pequeña empresa se reducen oportunidades laborales, se debilita la actividad económica local y se deteriora lentamente esa red de relaciones que hace posible la vida colectiva. Hay negocios que generan beneficios. Y hay negocios que, además de generar beneficios, sostienen comunidades enteras y durante demasiado tiempo hemos infravalorado esta segunda dimensión.
La economía que no aparece en las portadas
En un momento histórico marcado por la digitalización, la inteligencia artificial y los grandes procesos de transformación global, puede resultar tentador pensar que el futuro pertenece exclusivamente a las actividades económicas más innovadoras. Sin embargo, basta recorrer cualquier comarca para comprobar que la realidad es bastante más compleja.
Gran parte de la riqueza que mantiene vivas numerosas poblaciones sigue vinculada a pequeñas empresas familiares, cooperativas, talleres y actividades productivas construidas a lo largo de décadas. Son negocios que difícilmente protagonizarán una conferencia internacional sobre innovación, pero cuya desaparición tendría consecuencias inmediatas sobre el empleo, la cohesión social y la calidad de vida de miles de personas.
España cuenta con un tejido empresarial formado mayoritariamente por pequeñas y medianas empresas. Esa realidad no constituye una anomalía ni una debilidad en sí misma. De hecho, buena parte de la fortaleza económica de muchos países europeos descansa precisamente sobre empresas de tamaño reducido profundamente integradas en sus territorios, el problema aparece cuando ese tejido envejece y el relevo generacional deja de producirse con normalidad.
No siempre ocurre porque los negocios sean inviables. En muchos casos simplemente sucede que las nuevas generaciones han seguido otros caminos profesionales, han emigrado a grandes ciudades o no están dispuestas a asumir unas condiciones laborales y personales que perciben como excesivamente exigentes y la decisión es comprensible, lo que ya no resulta tan razonable es que las consecuencias colectivas de ese fenómeno apenas formen parte de la conversación pública.
Un desafío también progresista
Tradicionalmente, la izquierda ha prestado una enorme atención a las condiciones laborales, a la protección social y a la defensa de los servicios públicos, todo ello sigue siendo imprescindible. Sin embargo, quizá haya llegado el momento de incorporar otra reflexión a ese debate. Porque una sociedad más justa no se construye únicamente redistribuyendo riqueza, también necesita ser capaz de generarla, y para generar riqueza hacen falta empresas, hace falta actividad económica hace falta mantener vivos territorios que no pueden depender exclusivamente de transferencias públicas o de decisiones adoptadas desde grandes centros económicos alejados de su realidad. Defender el tejido productivo local no es una causa conservadora, es una causa profundamente progresista porque está ligada al empleo, al arraigo y a la igualdad territorial. Cada vez que una pequeña empresa viable desaparece por falta de relevo, el coste termina repartiéndose entre toda la sociedad. Lo asumen los trabajadores, los proveedores, los ayuntamientos y, en última instancia, los territorios que ven cómo se reduce lentamente su capacidad para construir futuro.
Mucho más que una persiana bajada
Quizá por eso convendría mirar estos cierres con otros ojos. La imagen de una persiana que baja por última vez puede parecer un hecho menor frente a los grandes asuntos que dominan la actualidad política. Sin embargo, detrás de cada una de esas persianas suele existir una historia de esfuerzo, de conocimiento acumulado y de compromiso con una comunidad concretan y también existe una advertencia.
Porque un país no se vacía únicamente cuando pierde habitantes, también empieza a vaciarse cuando pierde capacidad para producir, para emprender y para mantener viva la red económica que sostiene su vida cotidiana. Cuando cierra una pyme no solo desaparece una empresa, también se apaga una parte de ese país que rara vez ocupa titulares, pero sin el cual resulta imposible imaginar un futuro equilibrado y próspero para todos.
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