La vida en cuenta atrás: por qué estamos deseando que termine un verano que aún no ha acabado

Medios de comunicación, publicidad y nuestra propia psicología han convertido el presente en una sala de espera: el lunes esperamos el viernes, en agosto hablamos de septiembre

30 de Agosto de 2026
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La vida en cuenta atrás: por qué estamos deseando que termine un verano que aún no ha acabado
Día sereno de playa en septiembre

El 10 de agosto, en Más de uno, alguien saludaba la mañana con una frase aparentemente inocente: “Es lunes, pero ya queda menos para el viernes”. Apenas había empezado el primer día laborable de la semana y la buena noticia consistía en que ya estaba terminando.

Es una frase cotidiana, casi simpática. Pero encierra una manera bastante inquietante de relacionarnos con nuestra propia vida.

Porque desde mediados de agosto está ocurriendo algo parecido con el verano. El día 18, Telemadrid anunciaba que “la vuelta al cole ya llama a la puerta”, aunque reconocía inmediatamente que todavía quedaban semanas de verano. El 21, laSexta presentaba el regreso de Aruser@s asegurando que “las vacaciones llegan a su fin”. El 25, Antena 3 hablaba de septiembre, la rutina y de dejar atrás playa y vacaciones. Un día después, el Ayuntamiento de Madrid afirmaba que “el final del verano está a la vuelta de la esquina”.

Hay un pequeño problema: el verano no se ha acabado. Según el Observatorio Astronómico Nacional, el otoño comenzará en España el 23 de septiembre a las 02.05 horas. Y, sin embargo, hemos empezado a enterrarlo.

Vivir esperando que llegue otra cosa

No ocurre solamente en agosto. El lunes esperamos el viernes. En enero esperamos la primavera. Durante la primavera esperamos las vacaciones. En cuanto empiezan las vacaciones hablamos de cuándo terminarán. En noviembre comenzamos la Navidad. Antes de Navidad ya estamos pensando en Nochevieja y, cuando todavía quedan restos de turrón, aparecen los mensajes sobre la cuesta de enero, las dietas y los nuevos propósitos.

Parece que hemos convertido la vida en una sucesión de prólogos. El presente nunca es exactamente el lugar donde queremos estar. Es un espacio que debemos atravesar para alcanzar el acontecimiento siguiente. Y esa conducta tiene una explicación psicológica.

Hengchen Dai, Katherine Milkman y Jason Riis demostraron en una investigación publicada en Management Science la existencia del llamado “fresh start effect”, el efecto del nuevo comienzo. Descubrieron que determinados hitos temporales —un lunes, el comienzo de mes, Año Nuevo, un cumpleaños, el inicio de un semestre— aumentan nuestra disposición a proponernos objetivos. Las búsquedas relacionadas con dietas, las visitas al gimnasio y los compromisos personales aumentaban después de esas fronteras imaginarias del calendario.

Septiembre funciona exactamente así. No necesitamos realmente septiembre. Necesitamos la sensación de que septiembre nos permitirá empezar otra vez.

La industria comercial lo conoce perfectamente: vuelta al cole, nueva temporada, colección de otoño, gimnasio, organización, alimentación saludable, nuevos hábitos. Incluso Vogue publicaba el 25 de agosto las tendencias que “estarán por todas partes este otoño”, vinculándolas explícitamente con “la vuelta a la rutina”. El calendario deja entonces de medir el tiempo y empieza a venderlo.

La extraordinaria industria del después

No hace falta imaginar una conspiración. Es algo mucho más sencillo y eficaz. Los medios necesitan ciclos narrativos. El comercio necesita temporadas. La publicidad necesita generar deseos nuevos antes de que los anteriores se hayan agotado. Septiembre debe comenzar en agosto porque, comercialmente, esperar al verdadero septiembre sería llegar tarde.

Lo mismo sucede con la Navidad, que invade noviembre, o con las rebajas, las vacaciones, San Valentín y cualquier otro acontecimiento susceptible de convertirse en temporada de consumo. Pero hay una consecuencia cultural: acabamos interiorizando ese calendario promocional como si fuese nuestro calendario emocional. El verano deja de terminar cuando termina. Termina cuando los informativos deciden empezar a hablar de la vuelta al colegio.

El fin de semana comienza mentalmente el miércoles. Y el lunes se convierte en una especie de desgracia que debemos soportar hasta alcanzar el viernes.

El sociólogo alemán Hartmut Rosa lleva años estudiando esta paradoja. Su teoría de la aceleración social describe sociedades en las que hacemos cada vez más cosas en menos tiempo y, pese a ello, tenemos permanentemente la sensación de no llegar. La velocidad no nos proporciona necesariamente más vida: puede producir justamente lo contrario, una experiencia de desconexión respecto a ella.

Corremos para llegar antes a un sitio del que inmediatamente querremos marcharnos.

Pensar en el futuro también puede hacernos felices

Sería absurdo convertir el presente en una religión. Anticipar algo agradable puede producir felicidad.

Una investigación de Amit Kumar, Matthew Killingsworth y Thomas Gilovich mostró precisamente que esperar determinadas experiencias —un viaje, una cena, un concierto— puede generar placer incluso antes de disfrutarlas. El problema empieza cuando la anticipación deja de complementar la vida y comienza a sustituirla.

Porque nuestra capacidad para abandonar mentalmente el presente tiene también un coste. Killingsworth y Daniel Gilbert estudiaron a 2.250 personas mediante cientos de miles de registros de su actividad cotidiana. Encontraron que sus mentes estaban ocupadas pensando en algo distinto de lo que estaban haciendo en el 46,9% de las observaciones, y que esa divagación estaba asociada generalmente con menor felicidad.

Nuestro cerebro es extraordinariamente bueno fabricando futuro. También puede ser extraordinariamente malo permitiéndonos habitar el presente.

La anticipación negativa tiene además otra cara. La investigación neuropsicológica relaciona la ansiedad precisamente con la representación de amenazas futuras inciertas: esos interminables “¿y si...?” que permiten experimentar hoy el sufrimiento de algo que quizá nunca ocurra. 

Vivimos así entre dos anticipaciones: deseando que llegue rápidamente lo bueno y temiendo constantemente que llegue lo malo. Y mientras hacemos ambas cosas transcurre lo único que realmente tenemos: el día de hoy.

Todavía es agosto

Quizá por eso resulta tan revelador escuchar a finales de agosto que “llega el otoño”. No, todavía no llega.

Todavía hay tardes largas, piscinas abiertas, terrazas, fiestas, vacaciones para quienes las empiezan ahora y casi un mes completo antes del equinoccio. No existe ninguna obligación de sentir nostalgia anticipada simplemente porque un informativo haya decidido cambiar de temporada.

Tampoco un lunes es el obstáculo que nos separa del viernes. Es aproximadamente una séptima parte de nuestra vida. Si vivimos 80 años, tendremos unos 4.000 lunes. Desear sistemáticamente que desaparezcan quizá no sea la mejor estrategia para ser felices.

Planificar es imprescindible. Tener proyectos también. Esperar un viaje, una cena, septiembre o las Navidades puede ser maravilloso. Lo extraño es convertir todo lo demás en tiempo sobrante.

Tal vez nuestra verdadera obsesión contemporánea no sea únicamente vivir deprisa. Es algo todavía más paradójico: tenemos una enorme prisa por vivir mientras deseamos continuamente que pase nuestra vida.

Y puede que ese sea el gran engaño del calendario de la sociedad acelerada. Nos convencen de que lo mejor está a punto de llegar.

Septiembre. El viernes. Las vacaciones. Navidad. El próximo año. La próxima oportunidad. Pero todavía es verano. Y quizá no haya ninguna razón para echarlo antes de tiempo.

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