Trump desmantela el pilar legal contra el cambio climático y abre la mayor desregulación ambiental en décadas

La revocación del hallazgo científico que permitía limitar los gases de efecto invernadero elimina la base jurídica de buena parte de la política climática federal y anticipa una batalla judicial de gran alcance

13 de Febrero de 2026
Actualizado a las 11:59h
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Trump desmantela el pilar legal contra el cambio climático y abre la mayor desregulación ambiental en décadas

La Casa Blanca ha decidido desmontar uno de los fundamentos regulatorios más relevantes de la política ambiental estadounidense. La medida no solo redefine la relación entre economía y clima en Estados Unidos; también tensiona el tablero internacional en un momento de urgencia científica y diplomática.

Hay decisiones que no se anuncian como una ruptura histórica, pero lo son. La Administración de Donald Trump ha optado por revocar el llamado endangerment finding, el dictamen científico aprobado en 2009 que establecía que los gases de efecto invernadero representan un peligro para la salud pública. Aquel informe permitió durante más de una década justificar límites federales a las emisiones contaminantes. Sin él, el edificio regulatorio queda seriamente comprometido.

La operación tiene una dimensión jurídica clara: eliminar la base legal de las restricciones federales sobre emisiones abre la puerta a una retirada regulatoria de gran escala, especialmente en sectores como el automóvil o la industria pesada. Desde la propia Agencia de Protección Ambiental se ha presentado la iniciativa como el mayor movimiento de desregulación en la historia del país.

No es un gesto aislado ni improvisado. La decisión responde a una lógica política sostenida que combina competitividad industrial, reducción de costes y una lectura escéptica del intervencionismo ambiental.

El hallazgo de 2009 no era solo un documento administrativo. Funcionaba como la columna vertebral legal que permitía al Gobierno federal regular emisiones bajo la Ley de Aire Limpio. Sin ese soporte, buena parte de la arquitectura climática queda en suspenso.

La Casa Blanca sostiene que aquella política había perjudicado a la industria automovilística y encarecido los productos para los consumidores. Pero el alcance real va más allá del mercado: implica revisar el papel del Estado en la transición energética.

El plan, según fuentes federales, se centra especialmente en los estándares de emisiones de vehículos, aunque sus efectos podrían irradiar a otras áreas regulatorias.

El movimiento, además, no está exento de riesgos jurídicos. Expertos anticipan litigios inmediatos, en parte porque el Tribunal Supremo ya se pronunció en el pasado sobre la capacidad del Gobierno para regular estos gases.

Economía frente a clima

Lo verdaderamente relevante no es solo la norma que se retira, sino el modelo que se sugiere. La Administración defiende que los combustibles fósiles han sido motores de prosperidad y desarrollo, un argumento clásico en los debates energéticos. Sin embargo, la pregunta de fondo permanece intacta: ¿puede una potencia industrial desacoplar crecimiento y regulación ambiental sin trasladar costes al futuro?

La decisión también dialoga —aunque sea de forma indirecta— con la posición internacional de Estados Unidos. El país ya abandonó el Acuerdo de París y ha incentivado la producción de petróleo, gas y carbón, reforzando una estrategia energética orientada a la autosuficiencia y la competitividad.

No se trata únicamente de ideología. Hay una disputa material por el ritmo de la transición energética y por quién paga su factura.

Una señal hacia dentro… y hacia fuera

La revocación llega en un contexto global marcado por la aceleración de políticas climáticas en Europa y por el creciente peso económico de las tecnologías limpias. En ese escenario, Washington parece optar por un camino distinto: menos regulación inmediata a cambio de mayor margen industrial.

Paradójicamente, incluso parte del sector empresarial observa el movimiento con cautela. La incertidumbre normativa —sobre todo si los tribunales frenan la medida— puede ser tan costosa como la regulación que se pretende eliminar.

La política climática estadounidense ha sido, históricamente, un péndulo. Cada giro altera inversiones, estrategias energéticas y compromisos internacionales. Este no es una excepción.

Lo que se dirime ahora no es solo una norma técnica. Es el tipo de liderazgo que Estados Unidos quiere ejercer en la economía del siglo XXI: uno basado en la desregulación como palanca de crecimiento o en la adaptación a un paradigma energético distinto.

De momento, el mensaje es inequívoco: la lucha contra el cambio climático deja de ser el eje regulatorio central para convertirse, otra vez, en un terreno de disputa política.

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