Sánchez tiene el expediente de expulsión de Felipe González encima de la mesa

El presidente del Gobierno sopesa dar el paso crucial que podría abrir una guerra interna en el partido

17 de Febrero de 2026
Actualizado a las 14:02h
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Felipe González en una imagen de archivo
Felipe González en una imagen de archivo

Hay tensión en el PSOE. Mucha tensión. Y no solo por el caso Ábalos o por los nefastos resultados en las elecciones de Extremadura y Aragón. La tensión viene por el futuro del patriarca, del Matusalén del socialismo español, de Felipe González. Nadie sabe dónde poner el dichoso jarrón chino, que antes parecía decorativo pero que ahora incordia en cualquier parte de la casa. Lo colocan en la entrada de Ferraz y molesta. Lo ponen en el pasillo y estorba porque todo el mundo tropieza con él. Lo sacan a los jardines de Moncloa, para que se airee un poco con los bonsáis que él mismo plantó, y perturba. No hay quien sepa qué hacer con el fastidioso jarrón chino fuera de contexto. ¿Qué hacemos con él, dónde lo llevamos, dónde lo metemos? Esa es, aunque parezca mentira y con la que está cayendo en el país, la gran pregunta que se hace el PSOE de hoy.

Cada vez que el jarrón sale a pasear por Madrid o lo invitan a dar una charla, la arma. Se le calienta el morrillo y empieza a despotricar contra esto y aquello, contra Sánchez, contra los pactos con Bildu, contra la falta de respeto al legado de los padres fundadores, mayormente él. Se ha convertido en el abuelo Cebolleta, aquel personaje de cómic del gran Vázquez que, con su larga barba blanca, sus antiparras y su interminable verborrea daba la murga y la paliza a los demás con aquello de “en cierta ocasión, iba yo al frente de mis cipayos, cuando, bla, bla, bla....” Eso piensan ya los socialistas del aparato: que FG es el abuelo Cebolleta que con sus batallitas y diatribas letales está agotando y hasta desangrando al partido.

Felipe es una fuerza de la naturaleza. Un incombustible que no se pierde un sarao. Y no se limita a asistir en su papel de invitado, convidado de piedra o parte del mobiliario. Se para en los corrillos de periodistas, responde al canutazo, dice cosas y da opiniones a menudo polémicas. Toca los pies. Hoy mismo, se ha presentado en el Congreso de los Diputados para tomar parte en el acto de conmemoración de la Constitución del 78, la más longeva de la historia de España tras superar en vigencia a la de 1876. Y allí ha lanzado su último dardo envenenado contra Moncloa, esta vez a cuenta de Borja Cabezón y sus negocios aireados por la prensa de la caverna. “Yo nunca he dejado tirado a un amigo”, avisa Felipe. ¿Iba con segundas y hasta con terceras? ¿Otro zasca contra Sánchez? Habrá que seguir de cerca ese turbio asunto.

Pero más allá de las opiniones y análisis sobre los titulares de actualidad, lo que más ha escocido en Ferraz es el desprecio, más propio de un político del PP o de Vox, con el que FG se refiere últimamente al PSOE. Eso de que piensa votar “en blanco” en las próximas generales por sus desacuerdos con la actual dirigencia sanchista ha dolido y mucho. Algunos militantes han visto en sus palabras el colmo de los colmos, la gota que rebosa el vaso, la última intolerable deslealtad. La traición definitiva. Una canallada que solo puede provenir de alguien que sentimentalmente ya no forma parte de la gran hermandad de la izquierda española. Y han dicho basta ya a la voz de la conciencia crítica (al viejo resabiado y tocapelotas). El ministro Ángel Víctor Torres le ha abierto la puerta del partido para que se largue y hasta el siempre irónico y mesurado Patxi se ha mostrado inusualmente duro con el tótem al sentenciar que hace tiempo dejó de ser una “referencia” para los socialistas.

El ambiente en Ferraz está muy inflamado, cargado, enrarecido. Y puede estallar en cualquier momento. Por la sede madrileña corre el rumor de que Pedro Sánchez ya tiene el expediente de expulsión de Felipe sobre su mesa, tal como ya ocurrió con otros ilustres purgados por sus devaneos ayusistas (véase Joaquín Leguina y Nicolás Redondo Terreros). El informe está terminado, solo falta la firma del jefe y el sello con el puño y la rosa. Un amplio dosier donde se detalla cada una de las declaraciones antisocialistas, pullas descarnadas, pedorretas, cagaditas, burlas, mofas y befas hirientes que el expresidente del Gobierno ha ido soltando contra la jefatura en los últimos años. Todo un juicio sumarísimo contra el veterano expresidente que ya solo sigue una máxima en la vida: aquello de para cuatro días que me quedan en el convento...

Por descontado, todo ese expediente disciplinario es, no ya una patata caliente para Sánchez, sino una auténtica bomba de relojería. Felipe no es Leguina o Redondo, que se quedaron para las tertulias radiofónicas de brasero de Carlos Herrera y poco más. Hablamos del mito de los 200 escaños, del gurú de las mayorías absolutas, de la leyenda viva que colocó a España en la modernidad. Una parte de la historia sin la cual no se entiende el pasado reciente de este país. Una figura a la altura del rey emérito, Suárez o Carrillo. Lo que le pide el cuerpo a Sánchez es ponerlo de patitas en la calle. De esa forma daría gusto a los sectores más cafeteros del PSOE sanchista y también a los socios de coalición que como Esquerra o Bildu piden su cabeza. Sin embargo, no puede. Largarlo con viento fresco abriría una guerra interna en el PSOE de consecuencias imprevisibles. Aunque el felipismo ya no es la corriente mayoritaria, tiene sus adeptos, sus guardianes de las esencias, sus barones territoriales (y no miro a nadie) con sus respectivos votantes de siempre (la tercera edad del socialismo) que quizá no entenderían la medida disciplinaria. Matar al padre (en este caso al abuelo), puede que no sea una solución, sino el principio de nuevos males e infortunios para el partido.

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