El PP lleva años dando la matraca con el asunto del chavismo venezolano. Primero Rajoy, luego Casado y ahora Feijóo han tratado de identificar a Pedro Sánchez con el Maduro europeo, el gran autócrata, el dictador socialcomunista. A ese juego de puro trumpismo a calzón quitado se ha sumado también Isabel Díaz Ayuso. Son famosas sus diatribas de tres al cuatro y discursos de cuñado en los que, forzadamente, ha tratado de hacernos tragar que entre el régimen chavista y el Gobierno de coalición español no hay ninguna diferencia. Esa ha sido su forma de alimentar el odio antisanchista y de paso tratar de atraerse el voto de la diáspora y el exilio venezolano (en Madrid hay empadronados 210.408 personas de ese país, un granero electoral que la lideresa ha sabido explotar en las urnas).
Miles de abducidos han comprado el relato de la derecha patria, lo cual da que pensar que en España hay un serio déficit de cultura democrática, de libros y también de sentido común. La distopía ayusista ha llegado al culmen del delirio y el disparate el pasado fin de semana, con el arresto de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, en la mansión familiar de Caracas, un golpe de Estado en toda regla, descarado y sin complejos, diseñado por los asesores militares de la Casa Blanca (no por el señor Dorito, que él no tiene luces ni para cambiar una bombilla de su mansión de Mar-A-Lago). Desde el primer momento, en Génova 13 hicieron palmas con las orejas. Por fin los Delta Force se llevaban al forajido a suelo yanqui para ser juzgado por terrorista y narco. Por fin el relato distópico que habían construido durante tanto tiempo concordaba más o menos con la realidad. Por fin la historia les iba a dar la razón y a confirmar que las relaciones de Sánchez y Zapatero con el régimen de Maduro eran, más que políticas, espurias, sospechosas, criminales.
Esa noche Feijóo y los suyos siguieron la operación militar al segundo y tuiteando, sin perderse nada y dando por hecho que tras el derrocamiento del tirano emergería la figura por la que ellos siempre habían apostado: la líder opositora antichavista y reciente premio Nobel de la Paz María Corina Machado. Todo estaba saliendo a pedir de boca. Maduro esposado, en chanclas y con una botella de agua mineral entre las manos, como un camello de Vallecas; Venezuela liberada del yugo comunista; y Sánchez derrotado donde más le duele, en política exterior, esa parcela de la gobernación que se le da tan bien. ¿Qué más se podía pedir, que Ábalos tirara de la manta también, que Trump enviara a sus comandos a Ferraz para detener al Maduro hispano y llevarse a Washington los papeles de la financiación del PSOE? Feijóo y Ayuso brindaban con champán, tiraban confetis rojigualdas al aire y babeaban de gusto mientras daban cuenta de la pizza de madrugada frente al televisor, mayormente siguiendo los acontecimientos a través de la CNN madrileña, o sea Telemadrí.
Sin embargo, algo se torció en el último momento, justo cuando el presidente de los Estados Unidos (por llamarlo de alguna manera) convocó una rueda de prensa para explicar los pormenores de la operación bélica: cómo los marines le habían hecho a Maduro un Bin Laden justo antes de irse a dormir. En un momento de su intervención propia del Club de la Comedia (sublime ese instante en que Donald Trump recomendó al presidente colombiano Gustavo Petro que cuidara “su trasero” porque él podía ser el siguiente), el magnate neoyorquino descartó que María Corina Machado vaya a ser la elegida para liderar el proceso de transición a la democracia porque ”no tiene el apoyo ni el respeto” del pueblo venezolano. A Feijóo se le atragantó la cuatro quesos, Ayuso tuvo que escupir el postre (esa pieza de fruta que tanto le gusta y que siempre lleva en el bolso) y a la marquesona Cachetana casi le da un parraque. “Esto que ha dicho POTUS [la cuenta oficial del President Of The United States] es manifiestamente falso. María Corina ya es la líder indiscutible del pueblo venezolano”, tuiteó Álvarez de Toledo visiblemente contrariada y con la vena del cuello hinchada.
En apenas un minuto, toda la farsa urdida por el Partido Popular en los últimos años se venía abajo como un escenario de cartón piedra y ni siquiera las ocurrencias de Bendodo (que acusa a Sánchez de haber estado en el lado malo de la historia junto a los chavistas cuando el propio PP ha abierto la puerta de las instituciones al nuevo fascismo posmoderno de Vox), podían rescatar al partido de la vergüenza. Trump les había fallado, algo lógico por otra parte si tenemos en cuenta que se trata de un personaje ambivalente y ciclotímico que hoy dice blanco y mañana negro, que hoy promete a sus votantes el aislacionismo y la no intervención y mañana se pone a invadir países como un loco y según la doctrina Monroe, un señor, en fin, que es de poco fiar. Desde el fin de semana ni Feijóo ni Ayuso han visto la ocasión para explicar todo este desaguisado ni para referirse a ese minuto en que Trump, su admirado Trump, su idolatrado papá Trump, dejó tirados como una colilla y en la estacada a los conservadores españoles. María Corina Machado ya no es la musa de la libertad venezolana, tendrán que buscarse a otra candidata que lidere la transición. ¿Y por qué no, ya puestos, la propia Ayuso? Ya la estamos viendo jurando en plan libertadora, con la banda tricolor, la vara de mando y la espada de Bolívar. Esta gente del PP siempre tan patética.