Carles Puigdemont está harto de Gabriel Rufián. Las diatribas antifascistas del portavoz de Esquerra Republicana en el Congreso han sacado de sus casillas al hombre de Waterloo, que ha pasado a la ofensiva. Y esta vez la cosa no quedará en un par de zascas de Míriam Nogueras. Junts se ha quejado amargamente a ERC del tono y las formas de su diputado, que se ha puesto el traje marxista con todas las de la ley para convertirse en el azote de la derecha y la patronal. ¿Cómo puede ser que un indepe de cuna se alinee tan descaradamente con la izquierda española antes que con sus hermanos catalanes en la lucha por la soberanía y la República? ¿Cómo puede ser que el portavoz de Esquerra en Madrid trate mejor a Maíllo, a Delgado y Yolanda Díaz que a sus compañeros de la futura nació catalana? Puigdemont está que trina y ha pedido la cabeza del incómodo Rufián.
Atrás quedan los años en que los dirigentes de ERC y Junts compartían la celda y el rancho de la cárcel tras ser condenados por el procés. A todos les unía la rabia antiespañola y el proyecto de desconexión con el Estado. Lo demás era secundario. Hoy, tras las medidas de desinflamación aplicadas por el doctor Sánchez (amnistía y refinanciación), las aguas han vuelto a su cauce, la independencia ha quedado aparcada hasta dentro de otros veinte años y uno y otro partido siguen líneas políticas diferentes. La Realpolitik ha terminado imponiéndose a las ensoñaciones irreales. Junts está a sus cosas, mayormente a “hacer mear sangre” al Gobierno de coalición, a tratar de superar la decadencia tras los años de pujolismo y al giro derechizante para no perder comba respecto a Aliança, el Vox catalán xenófobo e independentista. Esquerra, por su parte, ha puesto los pies en el suelo, ha desempolvado el viejo manual de la lucha de clases y ha pasado a hacer política útil, política social, política para la gente.
La ruptura ha llegado a tal nivel que unos y otros se miran con recelo y como rivales (por momentos como enemigos), dejando atrás los años del feliz agermanament frente al español opresor, una fraternidad que fue ficticia y por puro interés, ya que por encima de la independencia siempre estará la lógica de la lucha secular de los trabajadores contra la injusticia de las clases dominantes. Las tensiones entre ambos partidos alcanzaron su cota más alta durante el pasado pleno en el Congreso por la guerra de Irán y las medidas del escudo anticrisis. Rufián volvió a subir a la tribuna de oradores de las Cortes para repartir mandobles, no solo contra Sánchez, al que afeó su “potra” antes de exigirle un decreto mucho menos rácano, sino contra los de Puigdemont por negarse a aprobar la prórroga de las ayudas a los alquileres. “El decreto de vivienda, por mucho que diga la derecha catalana, en ningún momento habla de expropiación, ni de topes, ni de quitarle delitos a los okupas. Mienten, como casi siempre”.
Las andanadas de Rufián sentaron como cuerno quemado en las filas de Junts, pero aún había más cicuta letal. “¿Ustedes para quién trabajan?”, preguntó dirigiéndose a la bancada posconvergente y sugiriendo que entre los diputados puigdemontistas había alguno que otro con intereses inmobiliarios y con complicidades con los especuladores y los fondos buitre. O dicho de otro modo: lobistas y mafiosos sentados, codo con codo, en el hemiciclo. Una acusación ciertamente grave. “Si tumban este decreto, yo les deseo años de ostracismo político y me voy a esforzar mucho para que así sea”, concluyó rematando la faena. Fue como ver a Jesús dando latigazos en el sagrado templo ocupado por los mercaderes.
De alguna manera, el portavoz de Esquerra se ha comprometido a hacerle la vida imposible a Junts y esa amenaza no ha caído en saco roto. En la derecha catalana ya trabajan para cargarse al hombre generoso que pide unidad de la izquierda para frenar a la extrema derecha, al mirlo rojo (o mejor perico, que es del Espanyol). Waterloo está moviendo sus hilos para alimentar la semilla de la discordia, la rencilla, el comecome antirufianista en el sector más duro de Esquerra, ese que presiona para que Junqueras guillotine al molesto portavoz parlamentario. Un Puigdemont vengativo y maniobrero (y trabajando de rebote para la derecha española) podría dejar a Rufián en una posición delicada. Más allá del veterano Joan Tardà, que apoya sin ambages a su pupilo en su idea de Frente Amplio de izquierdas en toda España, la corriente dominante en ERC es el “no” a cualquier cosa que huela a unidad españolista. Muchos le han colgado el cartel de botifler y en las últimas semanas incluso se ha llegado a hablar de que la dirección del partido republicano le ha abierto la puerta de salida porque no comulga con su mesianismo. Más allá de amedrentarse, Rufián sigue hablando alto y claro y todavía resuena su antológico tuit tras las recientes elecciones en Castilla y León: “Cero escaños a la izquierda del PSOE. No hacer algo (o hacer lo de siempre) es pura negligencia”.
De momento, la guerra de secesión entre independentistas ya ha llegado a los periódicos de la caverna, que se han interesado por la historia y publican titulares a cinco columnas sobre los navajazos entre Junts y ERC. Algunos califican a Rufián de “misil extraviado” del soberanismo catalán y recuerdan que sus movimientos para formar un “Frente Popular” antifa han sido desautorizados por el propio Junqueras. El ángel Gabriel de la izquierda peligra. Van a por él, aunque lo tiene asumido. “Mientras yo siga por aquí, lo que me quede, me voy a esforzar para que así sea”, dijo anunciando guerra sin cuartel contra las derechas. Esto es la vieja historia de siempre sobre el mesías rojo crucificado (y perdón por el símil de Semana Santa). Los romanos son las élites.