El problema no es Hitler, es la deriva del PP hacia Vox

La comparación de Diana Morant con Hitler ha eclipsado el verdadero debate: la creciente asunción por parte del Partido Popular de postulados que hasta hace poco eran patrimonio exclusivo de la extrema derecha

23 de Julio de 2026
Actualizado a las 10:28h
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El problema no es Hitler, es la deriva del PP hacia Vox

Las declaraciones de Diana Morant han provocado una reacción inmediata. La ministra de Ciencia afirmó que Alberto Núñez Feijóo está dibujando un futuro Gobierno que se parece "cada vez más a esos gobiernos criminales como el de Hitler". Bastaron esas palabras para que el Partido Popular exigiera una rectificación y situara el foco del debate sobre la comparación histórica.

Es una discusión legítima. Las analogías con el nazismo exigen siempre una enorme prudencia. Pero resulta llamativo que toda la conversación pública haya terminado girando alrededor de esa frase y apenas se detenga en aquello que la ministra pretendía denunciar.

Porque Morant no pronunciaba esas palabras en el vacío. Lo hacía después de que Les Corts Valencianes aprobaran unos presupuestos que incorporan por primera vez en España el principio de la "prioridad nacional", una exigencia de Vox asumida por el Partido Popular para sacar adelante las cuentas de la Generalitat. El Gobierno ya ha anunciado que estudiará su contenido para valorar un eventual recurso ante el Tribunal Constitucional si aprecia efectos discriminatorios. Ese es el verdadero acontecimiento político.

Durante años, el Partido Popular sostuvo que existía una frontera nítida entre el centro-derecha europeo y la extrema derecha. Hoy esa frontera resulta cada vez más difícil de identificar. No porque el PP haya dejado de ser un partido democrático, sino porque ha ido incorporando al debate público conceptos, prioridades y marcos políticos que hasta hace muy poco pertenecían casi exclusivamente al discurso de Vox.

La "prioridad nacional" constituye un buen ejemplo. Más allá del debate jurídico que pueda suscitar, introduce una idea profundamente política: que la pertenencia nacional debe convertirse en un criterio preferente para acceder a determinadas ayudas o prestaciones públicas. El lenguaje no es accesorio. Las palabras construyen marcos políticos y terminan condicionando la forma en que una sociedad entiende quién pertenece plenamente a la comunidad y quién debe demostrar constantemente que merece formar parte de ella. Eso explica la preocupación expresada por Diana Morant.

Puede discutirse la intensidad de la comparación elegida. Lo que resulta mucho más difícil de discutir es que el Partido Popular lleva meses desplazando su discurso hacia posiciones que hace apenas unos años rechazaba abiertamente. La normalización de los pactos con Vox, el endurecimiento del lenguaje sobre inmigración o la defensa de propuestas como restringir el acceso a determinados derechos mediante criterios de arraigo responden a una estrategia política evidente.

La historia nunca se repite de forma mecánica. Ninguna democracia contemporánea reproduce exactamente los procesos que condujeron a las tragedias del siglo XX. Precisamente por eso conviene no trivializar aquellos acontecimientos. Pero conocer la historia también obliga a prestar atención a los primeros desplazamientos del lenguaje democrático. Las sociedades no cambian de un día para otro. Cambian cuando determinadas ideas dejan de parecer excepcionales y empiezan a presentarse como soluciones razonables a problemas complejos.

Reducir todo el debate a si Morant debió mencionar o no a Hitler supone desplazar la conversación hacia un terreno mucho más cómodo para quienes prefieren no responder por el contenido de sus acuerdos políticos. La polémica sobre una frase termina eclipsando una decisión parlamentaria con consecuencias mucho más relevantes.

La pregunta que hoy debería responder Alberto Núñez Feijóo no es si se siente ofendido por las palabras de una ministra. La cuestión verdaderamente importante es otra: ¿hasta dónde está dispuesto el Partido Popular a asumir el marco ideológico de Vox para construir una alternativa de gobierno?

Porque las democracias no se deterioran únicamente cuando aparecen dirigentes extremistas. También lo hacen cuando fuerzas políticas que durante décadas ocuparon posiciones centrales empiezan a considerar asumibles ideas que antes rechazaban. Ese desplazamiento rara vez se produce mediante grandes rupturas. Suele llegar de forma gradual, envuelto en argumentos de oportunidad política y presentado como una simple adaptación a las demandas sociales.

Ese es el debate que merece atención. Y probablemente esa era, más allá de la comparación histórica, la advertencia que Diana Morant intentaba formular.

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