La política sucia de Feijóo

Una concejala popular grita "hijo de puta" al presidente del Gobierno y el Partido Popular guarda silencio sin condenar los hechos

02 de Febrero de 2026
Actualizado a las 10:29h
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Militantes socialistas aplauden a Sánchez tras ser increpado por una concejala popular. El PP de Feijóo guarda silencio
Militantes socialistas aplauden a Sánchez tras ser increpado por una concejala popular. El PP de Feijóo guarda silencio

El PP se está refocilando en un barro de inmoralidad difícilmente imaginable. El domingo, en un mitin de Pedro Sánchez en Teruel, una concejala valenciana de la localidad de Vallanca se plantaba en el acto y se despachaba a gusto con crudos insultos contra el presidente del Gobierno. No es un hecho aislado. El suceso es un episodio más de aquel “me gusta la fruta” con el que Isabel Díaz Ayuso abrió la veda de la injuria como forma de hacer política. ¿Dónde estaba Feijóo en ambos casos? ¿Puso orden en el gallinero? ¿Se desmarcó y condenó los hechos posicionándose como un demócrata de verdad que respeta las normas del juego democrático? Aún estamos esperando.

El Partido Popular ha entrado en una peligrosísima deriva ultra en su enloquecida competición con Vox. Y ahí sigue, cayendo en lo más bajo. Deshumanizar al adversario político es el primer paso hacia el fascismo. Es de manual. El totalitarismo destruye la democracia denigrando y vilipendiando, escarneciendo y vejando, retirándole la condición humana al que piensa diferente. La historia demuestra que más allá de programas políticos, de planes económicos y de una idea de país, el plan ultraderechista siempre arraiga de la misma manera: convirtiendo al enemigo en una cucaracha sin derechos. Este fin de semana, durante la entrega de los Grammy, el cantante puertoriqueño Bad Bunny, rey de la música del mundo distópico de hoy, se posicionaba valientemente contra el trumpismo que reduce a la categoría de caca a quien no se somete al poder fascista: “Fuera el ICE. No somos salvajes, no somos animales, no somos aliens. Somos humanos y somos americanos”.

Hay que volver a explicarlo todo. Hay que volver a las vocales de la democracia, al principio. Hasta hoy, Belén Navarro Cañete, así se llama, según el PSOE, la exaltada que se puso a destilar su bilis en un acto de partido, era una perfecta desconocida. Hoy es una superfamosa más del polarizado mundo de las redes sociales: una heroína para unos, una villana para otros. Hay que tener muy poca vida interior y estar muy amargado para dejárselo todo en mitad de un fin de semana, meterse el manual de la secta ultra MAGA bajo el brazo y presentarse en una reunión del partido rival para gritarle “hijo de puta” al presidente del Gobierno. Y aunque luego haya pedido perdón al calificar sus palabras de “inapropiadas”, ya que “no están a la altura del respeto que debe presidir el debate político”, la escena no puede caer en saco roto ni ser tomada como un caso aislado. Es un síntoma alarmante de las cosas que están ocurriendo en un partido que evoluciona hacia el lado oscuro, abandonando la senda de la moderación, para coquetear con maneras y formas neofascistas.

Podríamos pensar que la señora Navarro tuvo un mal día, que venía de discutir con su pareja, que estaba fuera de sí porque había perdido su equipo de fútbol o que la había invadido esa sensación de aburrimiento, de tedio o vacío existencial dominguero, ese no saber qué hacer con el tiempo libre que a veces nos lleva a emprender aventuras más bien disparatadas. Pero mucho nos tememos que no nos encontramos ante alguien que ha perdido los papeles por un bajón personal o anímico pasajero. Hay todo un ideario estructurado detrás (el odio contra el sanchismo), una estrategia política impartida desde Génova 13, la orden de movilización general que dio Aznar en su momento para que, quien pueda hacer, que haga y ayude a derrocar al Gobierno.

Ese aullido animalesco, atávico y cavernícola, ese “hijo de puta” (ya ni siquiera disimulan, como hizo Ayuso después de que la pillara una cámara mentándole a la madre a Pedro Sánchez en el gallinero del Congreso de los Diputados), es el síntoma más claro del mal del trumpismo que se extiende como un cáncer por todo el mundo. Así empezó Trump, dando rienda suelta a sus más bajos instintos contra Joe Biden y miren ustedes cómo ha terminado: apaleando latinos y negros en las calles de Minneapolis.

Fue Baudelaire quien dijo aquello de que el odio es un borracho al fondo de una taberna que constantemente renueva su sed con la bebida. El mundo se está lleno de enfermos etílicos que arremeten contra el vecino o el prójimo sin razón alguna. La violencia verbal ha adquirido tintes de pandemia y ya da igual si el causante es la crisis, la red social del goebelsiano Elon Musk (que funciona con el combustible del rencor) o la influencia política de un millonario americano que trata a la gente a patadas. Hace tiempo que la buena educación saltó por los aires, ese haterismo ciego y feroz ha llegado para quedarse.

Sea como fuere, debería ser Feijóo el que parara esto. Mucho nos tememos que no lo hará. Desde el PP ya se ha filtrado que “no saben nada” del episodio y que “no conocen a esa señora” de la que usted me habla. Se remiten al PP de la Comunidad Valenciana, que por ahora no dice ni mu. Nada podemos esperar de un hombre que, en lo peor de los violentos asedios a Ferraz, cuando los falangistas alentados por Vox forcejeaban con la policía para entrar en la sede socialista y prenderle fuego a la casa del pueblo, ni siquiera tuvo el valor y la decencia de condenar los hechos. No moverá un solo dedo contra la violencia política y mira que es fácil, basta con levantar el índice y poner un tuit de rechazo a la barbarie. Él ya está en otra onda: en la política sucia que degrada la democracia.

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