Un planeta en guerra no puede ganar la batalla contra el cambio climático

Frenar el calentamiento exige abandonar los combustibles fósiles, reducir el metano y transformar la economía, pero también recuperar una cooperación internacional que las guerras están destruyendo

16 de Agosto de 2026
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Cambio Climatico

Mientras científicos y organismos internacionales advierten de que queda cada vez menos margen para contener el calentamiento, el mundo dedica una cantidad gigantesca de recursos materiales, económicos y políticos a destruir infraestructuras, quemar combustible, fabricar armamento y reconstruir posteriormente aquello que acaba de arrasar. Rusia continúa su guerra contra Ucrania y, en agosto de 2026, Estados Unidos e Irán siguen enfrentados después del fracaso de los intentos de recuperar el alto el fuego, con el estrecho de Ormuz parcialmente alterado y nuevas amenazas de mantener indefinidamente el bloqueo naval estadounidense.

Sería un error científico afirmar que las guerras son la causa principal del calentamiento global. No lo son. El problema estructural sigue siendo un sistema energético, industrial, agrícola y de transporte construido durante dos siglos alrededor de los combustibles fósiles. Pero también sería absurdo fingir que podemos afrontar una transformación planetaria sin precedentes mientras las grandes potencias convierten enormes cantidades de petróleo, acero, cemento y dinero en instrumentos de guerra.

El Observatorio de Conflictos y Medio Ambiente calcula que los tres primeros años de la invasión rusa de Ucrania generaron alrededor de 230 millones de toneladas de CO₂ equivalente, incluyendo actividad militar y otros impactos relacionados con el conflicto, una cantidad comparable a las emisiones anuales combinadas de Austria, Hungría, República Checa y Eslovaquia. La propia organización advierte de que todavía no existe un sistema internacional suficientemente sólido para contabilizar las emisiones de las guerras.

Parar las guerras no basta, pero también es política climática

Terminar las guerras reduciría emisiones militares, incendios, destrucción de infraestructuras y necesidades futuras de reconstrucción. Liberaría además recursos financieros y capacidad diplomática. Pero la paz por sí sola no estabilizaría el clima.

El IPCC es rotundo: detener a largo plazo el calentamiento causado por el CO₂ exige alcanzar cero emisiones netas globales de dióxido de carbono y reducir profundamente el resto de gases de efecto invernadero. Si después se consiguieran mantener emisiones netas negativas, sería posible reducir gradualmente parte del calentamiento ya producido, aunque numerosos impactos no serían inmediatamente reversibles.

Eso significa acelerar la sustitución del carbón, petróleo y gas sin captura por electricidad y energías de muy bajas emisiones; electrificar transportes y calefacción allí donde sea posible; multiplicar la eficiencia energética; reducir el consumo innecesario; atacar las fugas de metano; transformar la industria pesada; detener la destrucción de ecosistemas y recuperar sumideros naturales de carbono. La eliminación de CO₂ será necesaria para compensar emisiones residuales difíciles de eliminar, pero no puede convertirse en la excusa tecnológica para continuar quemando combustibles fósiles durante décadas.

Estamos perdiendo un tiempo que ya no sobra

El último balance del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente es especialmente incómodo. Incluso si los países cumplieran completamente los compromisos climáticos que han presentado, la temperatura global se encaminaría actualmente hacia aproximadamente 2,3-2,5 ºC de calentamiento durante este siglo. Con las políticas realmente implantadas, la trayectoria ronda los 2,8 ºC. Naciones Unidas considera ya muy probable que el promedio climático multidecenal supere temporalmente 1,5 ºC durante la próxima década.

Es decir, ya no discutimos únicamente cómo impedir cualquier rebasamiento de 1,5 grados. Discutimos cuánto nos pasaremos, durante cuánto tiempo y cuántos daños irreversibles aceptaremos antes de conseguir volver a reducir la temperatura.

Y ahí la política internacional parece actuar con un reloj completamente diferente al de la física.

El problema no es simplemente la edad de los gobernantes

Resulta tentador mirar a algunos de los dirigentes más poderosos del mundo, muchos de ellos hombres de edad avanzada, y concluir que toman decisiones sobre un futuro que probablemente no llegarán a vivir. Existe una injusticia intergeneracional evidente: quienes hoy son niños sufrirán durante muchas más décadas las consecuencias de las emisiones actuales.

Pero convertir la edad en la explicación sería demasiado sencillo y además injusto. Hay dirigentes veteranos que han defendido políticas climáticas ambiciosas y políticos jóvenes profundamente vinculados a los combustibles fósiles. El verdadero problema no es biológico, sino institucional: elecciones cada cuatro años frente a inversiones cuyos beneficios aparecen en treinta; empresas que contabilizan resultados trimestralmente frente a infraestructuras que durarán un siglo; gobiernos que subvencionan energía barata hoy aunque el coste climático llegue mañana.

El planeta necesita exactamente lo contrario: una política capaz de representar también a quienes todavía no votan e incluso a quienes todavía no han nacido.

Una movilización comparable a la de una guerra, pero para conservar

La humanidad dispone de la tecnología necesaria para reducir una parte enorme de las emisiones. El problema fundamental ya no es descubrir cómo fabricar electricidad renovable o vehículos eléctricos, sino desplegar las soluciones conocidas a una velocidad compatible con la física climática, repartir equitativamente sus costes y terminar con inversiones que nos encadenen durante décadas a nuevas emisiones.

Paradójicamente, las guerras demuestran que los Estados sí son capaces de movilizar recursos gigantescos en muy poco tiempo cuando consideran que existe una emergencia. Pueden transformar presupuestos, industrias y cadenas de suministro en meses. La pregunta es por qué una amenaza que afecta simultáneamente a todas las fronteras sigue gestionándose como si pudiéramos negociar con ella.

No podemos.

El dióxido de carbono no distingue entre derechas e izquierdas, aliados y enemigos, democracias y dictaduras. Tampoco acepta treguas electorales. Cada tonelada acumulada contribuye al calentamiento y cada año de retraso estrecha las posibilidades futuras.

La humanidad todavía puede estabilizar el clima y, con enormes esfuerzos posteriores, reducir lentamente parte del calentamiento. Pero para hacerlo necesita algo que hoy parece revolucionario: dejar de invertir su enorme capacidad tecnológica en preparar el próximo conflicto y utilizar una parte mucho mayor de ella en garantizar que exista un planeta habitable cuando ese conflicto haya terminado.

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