No hace mucho, Donald Trump declaró al prestigioso medio de comunicación Político que para él no es ningún problema si la selección de fútbol de Irán rechaza participar en el Mundial a celebrar este verano en Estados Unidos. “Realmente no me importa. Creo que Irán es un país muy derrotado. Están al límite”, aseguró el presidente de los Estados Unidos de América. Ciertamente, parece claro que los iraníes no estarán presentes en la cita mundialista; sería de aurora boreal que sus jugadores se dedicaran a darle patadas a un balón, para negocio yanqui, mientras los aviones norteamericanos siguen bombardeando Teherán y dejando cientos de muertos. Pero hay otra derivada de este conflicto a gran escala en Oriente Medio: la participación de la selección española también peligra tras la amenaza de Trump de romper todo tipo de relación comercial con nuestro país.
Aunque oficialmente la Federación Española de Fútbol no se ha pronunciado al respecto, empieza a haber cierto runrún y algo de preocupación en las altas instancias federativas. Y no sería de extrañar que los Lamine, Pedri y Fermín tuvieran que decir adiós al torneo, bien porque el magnate neoyorquino decida vetar a la Roja, bien porque Sánchez dé la orden de no acudir al campeonato mundial como medida de protesta por la guerra de Irán. Ambas posibilidades están encima de la mesa y no son descartables. El primer escenario, que Trump prohíba pisar suelo americano a nuestros jugadores no es nada improbable. El archimillonario no tiene ni idea de fútbol, ni le interesa ese deporte europeizante que amenaza con comerse al béisbol (gran deporte nacional norteamericano), ni le importa para nada el hecho de que la principal candidata al título se quede fuera del calendario de partidos, lo que supondría una devaluación y una adulteración de la competición. Si algo ha demostrado Trump es que es un tipo antisistema, rupturista, alérgico a las organizaciones supranacionales como la ONU, la OMS, la UE, la OTAN y la propia FIFA. Se ha propuesto dinamitar todo foro internacional, sea político o deportivo, y va camino de conseguirlo. Por tanto, entraría perfectamente en la lógica delirante del Señor Naranja echar del campeonato a esos europeos sureños que para él deben ser poco menos que venezolanos chavistas amigos del Eje del Mal.
En todo caso, la paranoia belicista del presidente de USA ha llegado a tal nivel que, aún en el caso de permitir la participación de los chicos de Luis de la Fuente en los diferentes partidos, sería capaz de ponerle un agente de la CIA a cada uno de nuestros muchachos para hacerles un estrecho marcaje al hombre como sospechosos de espías al servicio del régimen de los ayatolás. El bueno de Mikel Oyarzabal podría terminar con sus huesos en Guantánamo por pacifista, proiraní y vasco. Cualquier cosa. Tal como está la situación, es peligroso mandar a nuestro equipo a aquellas tierras distópicas y profascistas.
Además, es algo conocido que Trump es un auténtico experto en fabricar mentiras, bulos, montajes y pruebas falsas. Que se lo pregunten si no a los iraníes, a los que les ha adjudicado una bomba nuclear que no aparece por ninguna parte. Es así, engañando y estafando, como Míster Dorito se ha ido de rositas de cada uno de los casos de corrupción y escándalos en los que se ha visto envuelto a lo largo de su patética vida de nuevo rico con ínfulas. Es así como se ha escaqueado de las investigaciones de los tribunales federales por delitos gravísimos de fraude, falsificación, robo de documentos clasificados de la Casa Blanca, chantaje a una actriz porno, obstrucción, conspiración para revertir los resultados de las elecciones, golpismo y pederastia en la red Epstein. En cuanto al Premio Nobel de la Paz, qué vamos a decir. Sus presiones al tribunal para que le dieran el galardón fueron insoportables, hasta el punto de que el jurado estuvo a punto de concederle el diploma por pesado y plasta. Los pacíficos vejetes suecos ya no lo aguantaban más y al final le regalaron el premio a una amiga, María Corina Machado, para que esta se lo hiciera llegar a Su Excelencia el dictador del mundo. Por tanto, conviene no descartar que el Tío Sam nos eche a patadas del Mundial, así podrá comprar árbitros y partidos y que sus jugadores, en realidad marines disfrazados de futbolistas dispuestos a romper piernas y partir cabezas, se alcen con la preciada copa chapada en oro.
Y luego está el segundo escenario: que Pedro Sánchez, en un nuevo arrebato de dignidad y defensa de los derechos humanos, decida retirar a nuestros ejércitos futboleros de una mascarada bajo sospecha de manipulación política a mayor gloria del ciberfascismo y de tongazo grave. Si Hitler organizó las Olimpíadas de 1936, los denominados Juegos Nazis, como arma de propaganda para promover sus asquerosas ideologías de superioridad racial y nacionalismo, el gran dictador contemporáneo ha visto el filón del Mundial para hacer ostentación de su supremacismo imperialista, de las redadas xenófobas del ICE y de sus delirios MAGA. No hay que darle ese altavoz. Lo ideal sería que todas las potencias futbolísticas se retiraran del campo para dejar solo al megalómano. No ocurrirá y uno ya solo espera que Vinícius Junior clave la rodilla en el césped, se ponga la mano en el pecho y, como el nuevo Muhammad Ali, haga el último alegato antirracista mientras siguen sonando los tambores de guerra.
