La sola posibilidad de un boicot europeo al Mundial de fútbol de 2026 habría parecido impensable hace apenas unos meses. En 2026, sin embargo, la pregunta circula con creciente naturalidad en los pasillos del poder futbolístico y diplomático del continente. La causa no es el deporte en sí, sino la incertidumbre geopolítica generada por Donald Trump, cuya ambigüedad sobre una posible anexión de Groenlandia ha colocado al fútbol mundial en una posición incómoda, atrapado entre la neutralidad institucional y la presión moral de los acontecimientos.
El Mundial de 2026 en Estados Unidos, concebido como una celebración global del fútbol, se ha convertido de forma silenciosa en un posible escenario de confrontación política. Reuniones informales entre dirigentes de federaciones europeas, como las celebradas recientemente en el entorno de la Asociación Húngara de Fútbol, revelan una inquietud creciente: qué hacer si la retórica del presidente estadounidense se traduce en hechos que vulneren la soberanía de un territorio europeo perteneciente a Dinamarca, miembro de la UEFA.
El problema no es únicamente Trump, sino el lugar que ocupa el fútbol en el tablero del poder blando internacional. La estrecha relación entre Gianni Infantino, presidente de la FIFA, y la administración Trump ha alimentado la percepción de que el máximo organismo del fútbol ha optado por una politización de facto, aunque siga reivindicando formalmente su neutralidad. Esta cercanía impide a las federaciones europeas mirar hacia otro lado si Estados Unidos cruza una línea que, en otros contextos, habría activado sanciones deportivas inmediatas.
El precedente más incómodo es reciente. Tras la invasión rusa de Ucrania en 2022, Rusia fue excluida de las competiciones internacionales no por una decisión unilateral de la FIFA, sino porque otros países se negaron a competir. La pregunta que flota ahora en el ambiente es tan simple como explosiva: si Estados Unidos empleara la fuerza militar contra Groenlandia, por qué debería tratarse de manera distinta. Y si no se trata igual, qué valor real tiene entonces el discurso del fútbol como espacio de valores universales.
Por ahora, la mayoría de las federaciones europeas prefieren el silencio estratégico. Ninguna desea precipitar una crisis institucional de enormes proporciones, ni enfrentarse abiertamente a un país anfitrión que concentra poder político, económico y mediático. Sin embargo, existe un consenso incipiente en que la UEFA debe al menos preparar una posición común, incluso si nunca llega a activarse. En política internacional, la preparación suele ser tan importante como la acción.
Los gobiernos europeos, mientras tanto, avanzan con cautela. Francia ha descartado un boicot “en las circunstancias actuales”, Alemania ha trasladado la responsabilidad a las asociaciones deportivas y otros países observan con atención la evolución de los acontecimientos. Este desplazamiento de la decisión hacia el ámbito deportivo no es casual: el fútbol ofrece una cobertura política que los gobiernos, atados a compromisos diplomáticos y económicos, no siempre pueden permitirse.
Para Trump, el Mundial no es un evento menor. Forma parte de su legado político y de su narrativa de grandeza nacional, impulsada desde su primer mandato. Un cuestionamiento europeo visible al Mundial de 2026 supondría un golpe simbólico difícil de digerir, precisamente porque afectaría al escenario donde el poder blando estadounidense pretende mostrarse en su máxima expresión. Algunos dirigentes europeos confían en que esta vulnerabilidad podría convertirse en una herramienta de presión indirecta.
La tensión también atraviesa a la propia FIFA, donde el liderazgo de Infantino ha generado fricciones internas y desconfianza entre las confederaciones. Aunque las corrientes más moderadas temen una escalada que desestabilice aún más al fútbol global, otros consideran que el deporte ya ha entrado en aguas geopolíticas desconocidas, donde la inacción puede resultar más dañina que una postura clara.
La opinión pública empieza a moverse en paralelo. Iniciativas ciudadanas como las peticiones para boicotear el Mundial de fútbol en Países Bajos sugieren que, si ocurriera lo impensable, una respuesta contundente encontraría respaldo social. El fútbol, tradicionalmente refugio de consensos, se enfrenta así a una prueba de coherencia entre discurso y acción.