Transcurridas 24 horas de la desclasificación de los papeles del 23F, una conclusión parece más que evidente: la decisión de Pedro Sánchez de dar transparencia al episodio más oscuro de nuestra historia reciente solo ha servido para consolidar la versión oficial. O sea, una formidable y prodigiosa operación de blanqueo del Régimen del 78, de la monarquía, de Juan Carlos I.
La apertura de los 153 documentos secretos había generado una expectación inusitada. Sin embargo, la caja de Pandora (a buen recaudo durante 45 años en las cloacas del Estado) no ha traído los vientos huracanados que se auguraban para terminar de arrasar con el juancarlismo, sino más bien una ligera brisilla (quizá algo rancia) que ha venido a darle aire a la Corona. De todo lo publicado, no hay ni un solo documento que permita corroborar la teoría de que fue el rey quien planificó el golpe con sus militares más próximos y allegados. Ese documento en el que los conjurados reconocen que su gran error fue “dejar libre al Borbón” y que el monarca era el gran objetivo “a batir y anular” resulta definitivo y demoledor. Después de ese testimonio, todo el castillo de naipes construido sobre la base de rumores y especulaciones, “bulos y bolas”, como bien ha dicho el escritor Javier Cercas, se desploma sin remedio.
A esta hora, toda la documentación clasificada sigue siendo purgada y analizada, hasta la última línea, por legiones de periodistas ávidos por encontrar la pieza clave que recomponga el puzle que se nos resiste durante medio siglo. Se está mirando todo con lupa y habrá alguno que incluso esté utilizando sofisticados sistemas lumínicos para ver al trasluz los nombres y apellidos convenientemente tachados por el CNI. Sin embargo, nada de nada. Ni una sola grabación entre Juan Carlos y Tejero de la que pueda deducirse que el rey animó al picoleto ultra y baladrón a darlo todo por la patria al grito de Viva España, coño; ni un solo informe del CESID en el que quede acreditado que el rey lo organizó todo; ni un mal telegrama de Washington en el que quede claro que Ronald Reagan estaba al tanto de los planes golpistas del jefe del Estado español. Todo paja, todo morralla, todo viejos papelajos del pasado con la tinta tan borrosa que ya resulta imposible leer nada. Ni una sola prueba de que el monarca fuese cómplice de las ambiciones de Armada, o del delirio patriotero de Milans del Bosch, o del terror que pretendía imponer el nuevo Franquito Tejero. Han salido a la luz tres o cuatro misteriosas llamadas telefónicas entre Zarzuela y los tres principales conjurados, pero nada se sabe de lo que se dijo allí. Eso sí, se desprende que el Borbón quería cargarse a Suárez (también Felipe González, topo de la CIA), pero eso es algo conocido desde 1981. La excelente prensa de aquellos tiempos, con Diario16 a la cabeza, hizo todo el trabajo y desde entonces nada nuevo bajo el sol. Lo que se desclasifica hoy no es más que una maraña de papiros que bajo el sello desteñido del ministerio de turno no tienen otro objetivo que desinformar, confundir, apuntalar el relato oficial.
Han pasado 45 años y las cloacas han tenido tiempo de destruir el material más comprometedor, si es que alguna vez lo hubo. Se han perdido las conversaciones del Congreso de los Diputados, consideradas por los expertos como fundamentales para conocer la verdad; nada se dice sobre el atraco perpetrado tres meses después en el Banco Central de Barcelona, donde se encontraban custodiados muchos de los documentos sobre el 23F; y la investigación sobre el famoso “hombre del maletín”, sospechoso de haberse llevado informes al extranjero, también fue archivada. De todo este bluf, de toda esta novelilla negra de baja estofa, queda poco más que la grabación de la esposa de Tejero, Carmen Díez, indignada porque a su marido, el “tonto desgraciado”, lo habían dejado tirado como una colilla los amigachos del cuartel (ese momento almodovariano, reflejo de la España costumbrista y negra de la época, no tiene desperdicio) y la trama rosa del 23F con Carmen Polo, viuda de Franco, haciendo las veces de hermanita de la caridad y recaudadora de fondos para las familias de los golpistas.
La sensación es que esto ha sido un montaje más de la esperpéntica y folclórica democracia española. Es cierto que ha salido alguna cosita interesante, como que el PCE de Carrillo estaba preocupado por el intento de la extrema derecha de implicar en el golpe al rey Juan Carlos. Pero ese papel sin garantía de custodia ni firma tiene escasa validez. Alguien lo ha podido colocar ahí para terminar de darle la puntilla a la maltrecha izquierda española de hoy. De hecho, Enrique Santiago ya se ha apresurado a decir que ellos han mirado y remirado en todos los archivos del partido y no hay constancia de la famosa carta.
De toda esta decepcionante desclasificación queda muy poco potable que los historiadores puedan echarse a la boca para arrojar luz al 23F. Había que ser muy ingenuo para pensar que Sánchez abría la espita para acabar con la monarquía. Puede que vea con buenos ojos la operación Rufián para colocar a un indepe al frente de la izquierda española, pero el presidente aún no se ha vuelto tan loco como para dar el paso hacia la República. En realidad, es justo lo contrario: esto es el bipartidismo agarrándose a los rescoldos de la casa quemada del Régimen del 78. De hecho, Feijóo ya está pidiendo el retorno del Campechano, hoy en su exilio dorado en Abu Dabi. Y el PSOE no lo vería con malos ojos. El momento se ha preparado a conciencia. Todo atado y bien atado.
Y mientras se abren los archivos clasificados, va y se muere Tejero, de modo que muerto el perro se acabó la rabia. Ni los más brillantes guionistas de Netflix hubiesen ideado un final tan genial e impactante para esta película, la del 23F, que hoy miramos con distancia y escepticismo tras años de secretismos y ocultaciones, pero que pudo haber terminado en otro sangriento drama español.