La guerra suele empezar con decisiones tomadas lejos de los lugares donde después caen las bombas. En el caso del conflicto abierto entre Estados Unidos, Israel e Irán, el guion vuelve a repetirse con precisión inquietante: ataques preventivos justificados en nombre de la seguridad, respuestas militares en cadena y una región entera situada al borde de una escalada de consecuencias imprevisibles. Mientras los gobiernos implicados hablan de estabilidad, el balance humano y político del conflicto sigue ampliándose.
La guerra entró en una nueva fase cuando Washington y Tel Aviv decidieron ampliar su ofensiva militar sobre territorio iraní. La operación fue presentada como una intervención dirigida a neutralizar amenazas estratégicas, pero en la práctica ha abierto un escenario mucho más amplio y peligroso.
Los ataques a instalaciones militares y a infraestructuras vinculadas a la seguridad del Estado iraní marcaron el inicio de una campaña que desde entonces no ha dejado de intensificarse. Las autoridades estadounidenses sostienen que la operación busca desmantelar el aparato militar iraní. En los informes difundidos por el mando central de Estados Unidos se contabilizan miles de objetivos alcanzados en los primeros días del conflicto.
La cifra habla por sí sola del alcance de la ofensiva. Mientras los comunicados militares enumeran objetivos estratégicos, el balance humano sigue creciendo. Las autoridades iraníes cifran en más de mil los muertos y en varios miles los heridos desde el inicio de los bombardeos. En paralelo, Estados Unidos reconoce también decenas de militares heridos en ataques de represalia contra intereses estadounidenses en la región. La guerra tiene siempre esa doble contabilidad, la que se mide en objetivos militares y otra que se mide en vidas humanas.
El discurso de la guerra preventiva
La administración de Donald Trump ha defendido la ofensiva como una operación necesaria para evitar amenazas futuras. Es el argumento clásico de las guerras preventivas: atacar antes de que el adversario pueda hacerlo. La historia reciente ofrece suficientes ejemplos de los riesgos de esa lógica.De sde la invasión de Irak hasta otras intervenciones militares en Oriente Próximo, el resultado suele ser el mismo. Conflictos que se prolongan mucho más de lo previsto y una región que sale de ellos más inestable que antes.
Trump ha insistido en que la operación responde a la necesidad de proteger a los aliados de Estados Unidos y de contener la capacidad militar iraní. El problema es que cada nueva intervención militar suele producir exactamente el efecto contrario al que promete. La reacción de Teherán no se ha hecho esperar. Irán ha respondido con ataques contra objetivos israelíes y contra instalaciones vinculadas a Estados Unidos en el Golfo Pérsico. Cada acción militar genera una respuesta, y cada respuesta justifica una nueva acción. En ese mecanismo, la diplomacia queda relegada a un papel secundario.
Una región al borde
El conflicto ha reactivado uno de los temores recurrentes de la geopolítica energética: el impacto sobre el estrecho de Ormuz, una de las principales rutas de transporte de petróleo del planeta. Por esa vía marítima circula cerca de una quinta parte del crudo mundial. Cualquier interrupción prolongada tendría efectos inmediatos sobre los mercados energéticos y sobre la economía global.
Las tensiones en la zona ya han provocado episodios de ataques con drones y misiles en varios países del Golfo, que han activado sus sistemas de defensa aérea ante el riesgo de que el conflicto se extienda ya que la guerra rara vez se queda dentro de las fronteras que la iniciaron.
En medio de esta escalada, algunos actores internacionales empiezan a intentar abrir canales diplomáticos. Rusia ha planteado la necesidad de una salida política al conflicto y ha mantenido contactos tanto con Washington como con Teherán. La diplomacia, sin embargo, suele llegar tarde cuando las decisiones militares ya están tomadas. La guerra en Irán refleja una dinámica que se repite en demasiadas ocasiones en la política internacional contemporánea. Las potencias que la impulsan la presentan como un instrumento para restaurar el orden o garantizar la seguridad. La experiencia demuestra que el orden que dejan las guerras raramente se parece al que prometían quienes las iniciaron.