Hay una forma bastante eficaz de medir la fortaleza de un liderazgo político y consiste en observar cuánto tiempo puede hablarse de su sucesión sin que exista todavía una sucesión. Óscar Puente ha entrado este fin de semana en ese terreno con una cautela mayor de la que sugieren algunos titulares. No ha anunciado una candidatura, tampoco ha pedido abrir unas primarias y ni siquiera considera próximo el relevo de Pedro Sánchez. Ha hecho algo bastante más interesante desde el punto de vista político. Ha colocado el debate sobre el futuro del PSOE después de 2030 y ha admitido que, llegado ese futuro, tampoco tendría demasiado sentido fingir que él no podría formar parte de él.
La precisión temporal importa. Puente parte de una hipótesis que coincide con la hoja de ruta defendida por el propio presidente del Gobierno. Sánchez ha reiterado que habrá elecciones en 2027 y lleva meses expresando su voluntad de continuar gobernando después de ellas, incluso con el horizonte de 2031. El ministro sitúa cualquier discusión sucesoria al final de ese recorrido. Su escenario pasa primero por una nueva victoria electoral del PSOE y otro mandato de Sánchez.
Eso permite leer sus palabras con algo más de sosiego que el habitual en la política española. Presentar la entrevista como el lanzamiento de una candidatura contra Sánchez obliga a ignorar prácticamente todo lo que Puente ha dicho junto a la frase que genera el titular. El ministro considera al presidente «el mejor líder posible» para el PSOE, cree que debe continuar y sostiene que el resto del partido tiene ahora la obligación de ayudarle. Horas después, ante la interpretación sucesoria de sus declaraciones, él mismo ironizó sobre la «obsesión» por abrir un debate que considera inexistente.
Lo interesante comienza precisamente ahí. Puede no haber carrera y, aun así, haber corredores que saben que algún día podría haberla.
Un dirigente que ya no necesita fingir que acaba de llegar
Puente ha utilizado el baloncesto para explicarlo. No cree ser el jugador llamado a lanzar la última pelota, pero tampoco la pasaría si la recibiera a falta de dos segundos. La metáfora tiene la virtud de evitar la falsa modestia que durante décadas ha acompañado las sucesiones políticas españolas, esa ceremonia un poco fatigosa en la que todos los posibles candidatos aseguran no haber pensado jamás en aquello sobre lo que llevan meses preguntándoles.
Que Puente no se descarte tampoco resulta extraño. Fue alcalde de Valladolid durante ocho años, ganó las municipales de 2023 aunque perdió la alcaldía por la suma de PP y Vox, ejerció como portavoz federal del PSOE y desde 2023 ocupa uno de los ministerios con mayor exposición pública. Su trayectoria pertenece ya a la primera línea nacional. Él mismo admite que su vida política ha tomado otro rumbo y prácticamente descarta volver a competir por Valladolid.
Tiene, además, perfil propio. Quizá demasiado para quienes consideran que un ministro de Transportes debería ocupar bastante menos espacio en la conversación política. Puente nunca ha parecido especialmente preocupado por ese reproche. Puede gustar mucho, poco o nada, pero resulta difícil confundirlo con otro dirigente socialista. Ha construido una manera reconocible de intervenir en la discusión pública, posee capacidad dialéctica y acepta el enfrentamiento político sin demasiados complejos.
Nada de eso lo convierte en sucesor. El PSOE de 2030 o 2031 probablemente será distinto del actual y nadie sabe todavía qué clase de liderazgo necesitará entonces. Cinco años dan para ganar elecciones, perderlas, fabricar favoritos y olvidarlos. La historia del propio PSOE contiene suficientes herederos aparentes que nunca heredaron nada como para tomarse demasiado en serio cualquier quiniela elaborada ahora.
Las palabras de Puente dicen más, en realidad, sobre el ciclo político que imagina que sobre sus aspiraciones personales.
Primero 2027
El ministro está defendiendo una estrategia bastante definida para lo que queda de legislatura. Quiere agotarla, intentar aprobar unos nuevos Presupuestos y llegar a las urnas después de las municipales y autonómicas de mayo de 2027. Sánchez ha confirmado que las generales se celebrarán ese año y que no coincidirán con las elecciones territoriales. Puente considera además que el PSOE debe evitar que los próximos comicios se conviertan exclusivamente en un plebiscito sobre el desgaste del Gobierno y plantearlos como una comparación entre dos modelos de país.
Hay una lectura política atendible detrás de esa estrategia. El Ejecutivo llegará a 2027 después de una legislatura extraordinariamente áspera y con una oposición que ha reclamado reiteradamente su final anticipado. Agotar el mandato permite reivindicar algo bastante elemental en un sistema parlamentario: las legislaturas no terminan cuando la oposición pierde la paciencia.
Puente introduce además una autocrítica sobre 2023 que merece atención. Cree que las municipales y autonómicas de aquel año fueron mal enfocadas y que el PSOE reaccionó tarde ante una campaña en la que cuestiones nacionales acabaron devorando buena parte de la discusión territorial. El resultado fue severo para los socialistas, que perdieron numerosos gobiernos autonómicos y municipales, aunque Sánchez consiguió después conservar la Moncloa.
Para 2027 propone otra cosa. Llegar hasta el final, defender la gestión acumulada y llevar la discusión electoral a la comparación de proyectos. Después decidirán los votantes. Antes de pensar en quién heredará el PSOE, Puente parece bastante más interesado en que exista algo que heredar.
Y solo después llegará la conversación que este fin de semana ha asomado antes de tiempo. Pedro Sánchez ha dicho que quiere continuar hasta 2031. Si los electores se lo permiten y ese termina siendo su último mandato, el PSOE afrontará una sucesión de enorme importancia después de más de una década organizada alrededor de su liderazgo.
Para entonces habrá candidatos que hoy parecen evidentes y probablemente otros que todavía no aparecen en ninguna quiniela. Puente se ha limitado a dejar una puerta abierta: si llegado el momento considera que puede ser útil y el partido mira hacia él, no piensa apartarse.
Cuatro o cinco años son muchísimo tiempo en política. Tanto que cualquier lista de sucesores escrita hoy probablemente provocará alguna sonrisa cuando llegue 2030. Óscar Puente lo sabe y por eso no ha presentado una candidatura.Simplemente ha evitado decir que nunca la presentará.
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