La odisea de un verano destructor

La película de Nolan inspirada en el relato de Homero levanta pasiones entre quienes la admiran y quienes la critican por su escaso rigor histórico

30 de Julio de 2026
Actualizado a las 15:25h
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Fotograma de La odisea de Nolan. Foto: Universal Pictures
Fotograma de La odisea de Nolan. Foto: Universal Pictures

La odisea de Christopher Nolan se ha convertido en el taquillazo del verano pese a las críticas de los historiadores más puristas y los cinéfilos más tiquismiquis por la supuesta falta de fidelidad al relato de Homero. Una vez más, nos encontramos ante el eterno dilema del cine: ¿puede ser una película una genialidad saltándose a la torera la obra adaptada? Nosotros creemos que sí.

El cine tiene su propio lenguaje, sus propios códigos, es un espectáculo total además de una maravillosa expresión de creación artística, y la cámara no tiene por qué replicar lo que otros escribieron antes, ya sea hace tres mil años o anteayer. Unos directores son meticulosos y fieles al texto anterior; otros se inspiran en relatos previos para ir más allá en la imaginación creando algo nuevo (en eso precisamente consiste el arte, en romper las reglas establecidas y los falsos tópicos para darle una nueva dimensión a la historia, una nueva interpretación, una nueva perspectiva temporal). Y ambas formas de trabajar, ambas escuelas, son igualmente lícitas siempre que el resultado final –artístico y comercial–, sea exitoso (el juez que dicta sentencia no es otro que el espectador soberano, que levanta el pulgar o lo baja condenando la película o elevándola a los altares).

La historia del arte está llena de ejemplos de creadores que le dieron una vuelta de tuerca al mito para amoldarlo a un nuevo discurso artístico, intelectual, social o político. Y esa libertad es la que hace grande al cine. Nolan no comete ningún delito, pecado, ni atentado contra nada ni contra nadie por inventarse una armadura futurista para Agamenón que parece salida del guardarropía de Batman; ni por recurrir a un barco vikingo (cedido por un mecenas privado) para recrear la nave en la que Ulises y su tropa surcaron el Mediterráneo –infestado de seres monstruosos y brujas– en su viaje de vuelta a Ítaca; ni por encarnar a Helena de Troya en la piel negra de Lupita Nyong'o (hasta hoy todas las versiones habían retratado a la mujer más hermosa de todos los tiempos como una joven rubia de ojos azules y quizá sea esa trasgresión racial de Nolan la que ha molestado a los críticos más conservadores, sin duda influidos por la ola antiwoke de xenofobia que nos invade). Poco importa que el director de la inolvidable Interstellar haya dejado a un lado el ingenio y la astucia de Ulises ensalzados por Homero; ni que se haya olvidado del misticismo y la intervención de los dioses griegos del Olimpo que impregnan el relato original; ni siquiera que se haya permitido la licencia (para algunos la herejía) de modificar el final escrito por el gran autor del siglo VIII antes de Cristo, ya que le parecía “demasiado sombrío y misógino”. Todos los presuntos “fallos”, inexactitudes y anacronismos que se le quieran sacar a la película tras compararla con el que quizá sea el relato de aventuras más fascinante de todos los tiempos quedan en simples anécdotas al lado del festín de acción trepidante de la película, del permanente estado de peligro y tensión que transmite y de su innegable derroche de magia, esa magia exclusiva del cine que Nolan, sin duda, logra conjurar al hacer que el público esté pegado a la pantalla (entretenido y entregado) durante los 172 minutos de proyección.

La odisea es cine en estado puro. Y cine artesanal con personas y animales de carne y hueso, tal como se hacía en los años cincuenta. Un barco de madera es un barco de madera no un artificio construido por ordenador (aunque sea vikingo, eso qué más da). Y navega por el agua con el espectador dentro empapado por las olas, lo cual le da un realismo estremecedor y apabullante a la cinta. La cámara es el ojo del que está sentado en la sala y ese ojo vive, padece y siente el sufrimiento de Odiseo y los suyos como uno más de la tripulación. Y luego dicen que no existe la máquina del tiempo. Claro que existe, la inventaron los hermanos Lumière bajo el nombre de cinematógrafo.

La historia nunca fue tal como nos la contaron (en este caso ni siquiera sabemos si los hechos que se relatan ocurrieron realmente o fueron simplemente material para lo épico o poético). Nunca estaremos seguros de nada, tampoco de que la guerra de Troya con su caballo tramposo sucedió realmente, y en el caso de que hubiese ocurrido es más lógico pensar que estalló por lo mismo de siempre (oro y riquezas, control de las rutas comerciales), más que por el romance a la fuga de Paris y Helena. Así que tan lícita es esta versión del mito como otra cualquiera. Para quien decida pagar la entrada y evadirse un rato de la pesadilla cotidiana, de esta realidad insoportable y de este verano infernal y triste rebosante de incendios apocalípticos y políticos mediocres que no nos dejan en paz ni en vacaciones, el consejo que le damos es que se olvide del rigor histórico de la película, que deje de mirar con suspicacia los cascos, armaduras y embarcaciones, que no se fije tanto en el acento yanqui de Matt Damon (un Ulises humano y mortal más que conmovedor y convincente en el que todos podemos vernos reflejados de alguna manera, ya que todos somos un poco Ulises naufragando por los mares de la vida). A ese espectador en busca de su Ítaca personal y existencial, le recomendamos que se relaje y disfrute de una tarde de domingo y de un espectáculo total. Ya llegará el lunes y el caprichoso y gamberro Zeus para azotarnos con su rayo cruel y para recordarnos que no somos más que un barco a la deriva en medio de la tempestad.

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