El lenguaje elegido por Benjamin Netanyahu no es casualidad. Hablar de “diez plagas” en plena escalada militar no busca describir una situación, sino imponer una narrativa. La cuestión es hasta qué punto esa narrativa resiste el contraste con los hechos.
La política tiene una relación antigua con la épica. La guerra, aún más. Netanyahu ha decidido inscribir la actual ofensiva en ese registro, apropiándose de un símbolo religioso para presentar una secuencia de ataques como si fueran episodios de una liberación. No es un desliz retórico, es una estrategia deliberada.
El problema es que ese relato simplifica lo que ocurre sobre el terreno. Reducir la complejidad de Oriente Próximo a una cadena de “plagas” permite presentar como inevitables decisiones que son, en realidad, profundamente controvertidas. Bombardeos sobre infraestructuras, ataques selectivos, expansión de operaciones en varios frentes. Todo queda absorbido en una lógica de acumulación de golpes.
Netanyahu sostiene que Irán ya no representa una amenaza existencial. La afirmación, más que un análisis, funciona como cierre narrativo. Si el enemigo deja de serlo, cualquier acción previa queda justificada. La victoria se declara antes de que el conflicto termine.
La épica como cobertura
El recurso a un lenguaje casi bíblico tiene un efecto inmediato. Desplaza la discusión. Ya no se debate sobre proporcionalidad, consecuencias o legalidad, sino sobre eficacia. Cuántos golpes se han dado, cuán debilitado queda el adversario. El marco cambia y con él cambia también lo que se considera relevante.
Mientras tanto, las decisiones concretas dibujan otra realidad. La creación de zonas de seguridad en Gaza, Siria y Líbano implica en la práctica una presencia prolongada y un control territorial que difícilmente puede presentarse como transitorio. El anuncio de destruir viviendas en el sur del Líbano para impedir el retorno de desplazados introduce una dimensión aún más problemática. No es solo una operación militar, es una alteración duradera del terreno y de la población que lo habita.
En paralelo, la ofensiva se extiende a múltiples actores. Hamás, Hezbolá, milicias en Cisjordania, los hutíes en Yemen. Agruparlos bajo una misma categoría permite justificar una respuesta homogénea, pero ignora las diferencias entre ellos y las especificidades de cada escenario. La guerra se convierte así en un bloque continuo donde todo cabe.
Netanyahu insiste en que Israel está más fuerte que nunca. Puede ser cierto en términos militares inmediatos. Pero esa fortaleza convive con una erosión interna creciente y con una presión internacional que no desaparece. La oposición lo señala sin matices. No hay estrategia de salida clara, solo una prolongación del conflicto bajo distintos nombres.
El dato económico que introduce el propio Netanyahu, ese billón invertido por Irán que “se ha ido por el desagüe”, responde a la misma lógica. Traducir la guerra en cifras sirve para cuantificar el daño infligido, pero no para medir sus consecuencias. El coste nunca se reparte de forma simétrica.
Hay, además, una petición que resume bien el momento. Pedir a la prensa y a la oposición que “levanten la moral del bando propio” no es una apelación a la unidad, sino un intento de delimitar el discurso. La crítica se convierte en un problema de lealtad.
El relato de las “diez plagas” busca fijar una idea simple. Israel actúa, el adversario retrocede, la región se reconfigura. Pero la realidad no sigue esa línea recta. La acumulación de frentes abiertos, el desplazamiento de población y la ausencia de una solución política convierten esa supuesta victoria en algo más inestable de lo que el discurso admite.
La guerra puede narrarse como una sucesión de logros. Otra cosa es que esa narración explique lo que deja detrás.